Lunes 18 Enero 2021

El andalucismo y sus olas, una visión crítica

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Por Antonio J. Torres Lobilloinventan material que puede convertir olas mar electricidad 

Cuando se cumple el 200 aniversario del nacimiento del revolucionario alemán, Friedrich Engels, se vuelve de nuevo a (re) pensar en determinadas cuestiones siempre polémicas que rodearon la obra de Engels, especialmente todo lo relacionado con, en muchos casos, infundadas tendencias deterministas que tuvieron como consecuencia presuntamente una vulgarización del marxismo. Más allá de debates que no atañen ahora mismo a nuestro momento político por muy necesarios que sean, pensamos que nada ni nadie está predeterminado y que las visiones teleológicas y deterministas están alejadas de cualquier explicación del mundo desde la materialidad de los hechos y sus cambios. Las sociedades humanas, los pueblos, pueden avanzar y evolucionar, pero también pueden retroceder e incluso desaparecer, solo la acción consciente humana puede inclinar la balanza hacia un lado. Creemos que Engels, a pesar de carencias, de a veces cierta falta de habilidad en sus explicaciones o de limitaciones, era plenamente consciente de ello.


El pueblo andaluz ha sido víctima de visiones fatalistas y deterministas que le han venido negando de una u otra manera cualquier papel activo en tantas ocasiones que se ha distorsionado nuestra visión pasada y presente como pueblo, como nación.
Pero frente a ello, no podemos reaccionar con una sobredosis de voluntarismo y retorciendo los hechos para que coincidan con nuestra visión. Hoy día, y debido especialmente a la coyuntura política que vivimos en Andalucía, hacer un ejercicio crítico hacia determinados planteamientos teóricos o determinadas propuestas que suscitan cierto entusiasmo, pueden conducir a quien se atreva a ello al aislamiento o la incomprensión, a esa “decadencia to el mundo me da de lao” del Maestro Morente, sin embargo, pensamos que lo coherente y lo honesto con la lucha por la liberación de Andalucía es plantear la crítica y dar la batalla de las ideas, por supuesto, no contra enemigos de clase o del pueblo andaluz, sino con militantes compañeros y compañeras de lucha con la que compartimos trinchera con el fin de poder salir de esa fatalidad de miseria y opresión a la que quieren condenar a Andalucía.
Vamos al grano, duro y a la encía como en el boxeo, pero la división del andalucismo en olas es problemática y lo es mucho todavía más cuando hablamos de la llamada tercera ola andalucista, una ola que supuestamente estaríamos surfeando y que se trata de asimilar a la segunda, es decir, la que iría de 1977 a 1982, aproximadamente. Por ejemplo, el término ola hace referencia a aspectos principalmente cuantitativos, de masividad, algo de lo que por ejemplo careció la denominada primera ola andalucista, la de Blas Infante, sí tuvo la segunda, pero estaría por ver en el caso de la tercera. Por eso quizá, lo más apropiado sería considerar el andalucismo como un continuo, con sus momentos álgidos o picos, planos o depresiones, porque en definitiva, quizá el momento álgido no se pueda llegar a entender sin los momentos en los que parecía no ocurrir nada o lo que ocurría no tenía una suficiente capacidad de incidir socialmente, o no conseguía dar lugar a un proceso de acumulación significativo.
Es cierto que existe un resurgir del sentimiento andaluz y de valoración de lo andaluz, quizá centrado en un segmento de población muy concreta, en una juventud universitaria o post universitaria, en otros casos, por tanto formada, que ha visto profundamente frustrada sus esperanzas vitales con el estallido de la crisis y su prolongación en el tiempo; los hijos e hijas de una clase obrera que se sacrificó por tratar de dar un futuro mejor a su descendencia, esa misma clase obrera andaluza que participó den las manifestaciones del 4 de Diciembre de 1977, que votó “sí” el 28 de Febrero de 1980 y que a partir de 1982 acabó haciendo del PSOE andaluz un partido-país y un partido-régimen, en una mezcla de resignación, practicismo y falta de perspectivas políticas ante un eurocomunismo moribundo, un andalucismo –el del PSA- al que el PSOE hábil y fácilmente le robó la cartera, una izquierda revolucionaria desorientada y una izquierda soberanista extremadamente débil e idealista. Es verdad que existe un despertar andaluz, eso nadie debería negarlo, con referentes culturales potentes, especialmente musicales, con una importante incidencia en las redes sociales, y que políticamente se viene alimentando de un sentimiento de orfandad motivado por el rechazo frontal a la izquierda españolista -Podemos e Izquierda Unida- sobre todo desde que se participa junto al PSOE en el gobierno del Estado, pero también por una visión crítica de las diferentes opciones andalucistas realmente existentes por no haber encontrado el camino de una unidad, entendida ésta la inmensa mayoría de las veces de forma abstracta, indefinida y muy auto referencial, lo que lleva, a su vez, a confundir en muchas ocasiones sujeto político con herramienta política.

Que un sector de nuestro pueblo tome conciencia de nuestra situación de subdesarrollo y dependencia, se revuelva contra los intentos de manipulación e intoxicación cultural, ponga en valor su manera de hablar y la quiera dignificar escribiéndola, que nuestro viejo Al Andalus suscite interés y se asuma como propio, desechándose las viejas teorías nacionalistas españolas , o que se quiera destacar el papel y el protagonismo de la mujer en la Historia andaluza y en el actual momento andaluz, puede poner las bases para un verdadero movimiento político popular, democrático, de izquierdas, anti régimen post franquista del 78, feminista, internacionalista y antiimperialista, pero hablar de una ola, de una tercera en particular, es exagerar tanto que el concepto difícilmente puede reflejar la realidad, subestimando el poder de la colonización cultural que hemos sufrido y seguimos sufriendo.
Quizá lo más acertado y prudente sería hablar de la potencialidad o de la posibilidad de una “nueva ola” si todos los elementos señalados superan los marcos en los que ahora están insertos, y esa es una cuestión fundamentalmente política.
Y es sobre el momento político donde queremos aterrizar nuestra visión crítica. La llamada tercera ola andalucista vendría a justificar un excesivo peso de la opción electoral cuando los llamamientos y la retórica a la “unidad” empiezan y acaban, de una forma abierta o velada, en una opción electoral que estaría llamada a replicar los éxitos electorales reciente de fuerzas como el BNG, EH Bildu, Compromís, ERC o la CUP; da igual que todas esas opciones por otro lado sean muy distintas entre sí, o respondan a procesos internos y externos –propios de sus sociedades- muy diferentes, la cuestión es que Andalucía necesita su éxito electoral como sea, para ser “como la que más”, parafraseando a José Luis Serrano. Sin embargo, la cuestión es que difícilmente se va a conseguir éxito electoral alguno sin un pueblo y una clase obrera andaluza organizada y movilizada, y de conseguirse sin esa condición previa, mucho nos tememos que no pasaría de ser un éxito efímero y con escasa capacidad de incidencia real para superar o, como mínimo, paliar en algo nuestra situación de emergencia social, económica y también cultural; algo así como poner una tirita en una brecha que se desangra a borbotones. De nuevo, y para evitar, interpretaciones parciales, lo electoral puede llegar a ser importante, determinante y puede ser de utilidad siempre cuando se subordine a las dinámicas de organización y lucha obrera y popular.

Como consecuencia del excesivo peso que se le adjudica a lo electoral, se está dando la paradoja de dislocar la brújula y cargar las tintas en “llegar a Madrid” y “tener voz en Madrid”, parece que para determinados sectores el objetivo de esa unidad a la que tanto se apela sea crear una especie de lobby parlamentario en Madrid para pedir inversiones en Andalucía –que no negamos en absoluto que sean muy necesarias- en vez de un poder político andaluz que cuestione los marcos en los que Andalucía como nación está encajada o, mejor dicho, encarcelada. A veces da la sensación de que para determinados sectores es más importante la inserción de Andalucía dentro de España que conseguir un poder político propio –soberano- que solucione nuestros propios males. Para evitar interpretaciones equivocadas o malintencionadas, seguramente para conseguir ese poder político soberano tener presencia en Madrid ayude, o donde haga falta, la cuestión de nuevo es qué se prioriza en cada momento y por qué.
Es cierto que en la pluralidad de relatos de quienes sostienen la tercera ola andalucista, tenemos elementos de análisis que verdaderamente son interesantes y pueden ayudar a construir organización, especialmente los que tienen que ver con el agotamiento del rol del PSOE andaluz derivado del propio régimen postfranquista y su crisis, el fracaso del PSA-PA o de otras opciones como la CUT, pero igualmente nos encontramos otros elementos que solo pueden servir para la confusión y que los objetivos tácticos y estratégicos se distorsionen apelando más a la ilusión que al análisis. Por ejemplo, quienes apelan a un “andalucismo no soberanista” fiando el futuro de Andalucía a una situación federal del Estado español que actuaría como solución mágica para todos los males con solo nombrarla; por otro lado, si durante la Transición se hizo un uso y abuso del término “autonomía” hasta que finalmente acabó por no significar nada o si acaso, tristemente, el poder del PSOE andaluz en la Junta, hoy está ocurriendo algo parecido con el término “soberanía” sin saberse muy bien qué se quiere decir. El exceso de tocar y ya hasta manosear los sentimientos lleva a que por ejemplo se afirme que el 28 de Febrero de 1980 Andalucía ejerciera el derecho de autodeterminación, una afirmación disparatada desde el punto de vista de la política y de lo jurídico, o que el 4 de Diciembre fue el 15M de nuestros padres, asociando arbitrariamente momentos y situaciones, forzando un hilo histórico. Pero especialmente preocupa la falta de cuestionamiento en unos casos o la superficialidad en otros de los marcos institucionales en los que como nación nos vemos inmersos, ya sea la Constitución española del 78, la Unión Europea y la OTAN, o la faltade una visión global y del papel de Andalucía en el contexto internacional y más en un Mediterráneo plagado de conflictos que en absoluto nos son ajenos.
La situación se hace todavía más delicada cuando entramos en esa batalla que ha tenido lugar en estos meses en la izquierda andaluza; comprender la dificultad de construir espacios de unidad popular andalucista con la sobre exposición mediática de Teresa Rodríguez, con el ruido de fondo de unas peleas que han tenido lugar básicamente en el plano institucional siendo el pueblo y la clase obrera andaluza meras espectadoras, la insistencia en pelear por una marca electoral -Adelante Andalucía- ya tocada por esos enfrentamientos, es fundamental para llevar a cabo un proceso político que alumbre una alternativa política andaluza que sea capaz de ligar los problemas cotidianos del conjunto del pueblo trabajador con el objetivos estratégico de soberanía nacional para construir un país libre, socialista y feminista. Aunque la guerra por las siglas haya acabado y se haya abierto ya otro espacio, el olor a quemado del campo de batalla está en el ambiente.

Que no se nos entienda mal, la unidad popular es por definición un proceso abierto, sin sectarismos, pero más allá de diferencias ideológicas o más allá de que sea una organización de ámbito estatal, el temor a que Anticapitalistas pretenda no ser un legítimo referente más, sino el principal referente, con el componente político que eso supone, puede dar al traste con las mejores y más nobles intenciones. No es un temor gratuito, la mencionada sobre exposición de Teresa Rodríguez y de su organización y la falta de un contrapeso mediático del resto de organizaciones inducen a pensarlo.
Tener la habilidad política de ligar los graves problemas sociales y económicos, propios de ser un país periférico y dependiente, y exacerbados por la pandemia de la Covid 19, con la alienación cultural y la lucha por la dignificación de nuestras señas de identidad, aumentando y elevando la conciencia nacional y de clase, organizando y movilizando por nuestros derechos más básicos y proyectándolo todo en el objetivo estratégico de soberanía nacional rompiendo los marcos establecidos por el capitalismo en su fase imperialista, es el reto que tenemos que superar. Por otro lado, la habilidad política también va a residir en canalizar el descontento hacia un Gobierno español que se dice progresista pero que es incapaz de dar una verdadera salida de progreso y avance para la clase obrera y los sectores populares, y cuya actuación respecto a Andalucía reproduce esquemas anteriores de otros gobiernos. Que el fascismo no avance va a depender de que verdad haya una ola andalucista popular que acabe como decían los versos de Alberti “hasta enterrarlos en el mar”. Por eso, para que haya ola y hasta un tsunami, primero tiene que haber mar, corrientes y movimientos.

Antonio J. Torres Lobillo

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