Miércoles 19 Septiembre 2018

Orígenes históricos y porqués sociopolíticos del españolismo en Andalucía

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

1930Si alguien sostiene la existencia de un país andaluz o de una nación andaluza, inmediatamente será calificado como andalucista, como un nacionalista andaluz. Si además propugna la conformación de un Estado Andaluz soberano será ipso facto catalogado de “nacionalista radical”. Esas mismas etiquetas serán colocadas a cualquiera que  defienda idénticas consideraciones con respecto a cualquier país peninsular. Y tendrán razón. Es un nacionalista todo aquel que defiende la existencia de una nación, sea cual sea el país de referencia. Y todo aquel que abogue por su conformación o permanencia como Estado soberano, sean cuales sean sus características o forma de Estado, es un “nacionalista radical”, aunque su “radicalidad” en realidad es mera coherencia nacionalista con respecto a su país. Pero aquellos que adjudican estas adjetivaciones dentro de la progresía del régimen, de su izquierda domesticada y colaboracionista, aun refiriéndose a España como su nación o su país, incluso calificándose ellos mismos como “patriotas” españoles, o defendiendo la existencia y permanencia de estados españoles soberanos, no se reconocen como lo que son, nacionalistas españoles, menos aún como nacionalistas radicales, hasta se ofenden si les señalan como españolistas. ¿Qué causa esta negación de la obviedad? ¿Por qué ésta práctica de españolismo encubierto o vergonzante?

Cuentan que Antonio Cánovas del Castillo, líder de la derecha española durante el último tercio del siglo XIX e impulsor de la segunda restauración borbónica tras acabar con la I República Española y entronizar a Alfonso XII en 1874, precisamente cuando se debatía el articulado de la Constitución de 1876 que consolidaba el nuevo régimen, y los diputados se atascaron en la redacción de aquel que debía definir el quiénes y el que eran los españoles, en una insuperable mezcla de cinismo ideológico y realismo político sin parangón zanjó el debate pronunciando aquella conocida frase de: “son españoles los que no pueden ser otra cosa”.

Aunque se sobreentiende que tal afirmación la realizó en tono sarcástico, lo cierto es que esta sentencia contiene una verdad indiscutible. De hecho, tal ha sido la dificultad para definir a lo largo de los últimos siglos que y quiénes son los españoles, incluso que es la propia España o sus límites fronterizos, que ninguna de las constituciones españolas históricamente aprobadas, desde la de 1812 hasta la actual de 1978, no es que no lo hayan logrado, es que, a excepción de la primera, ni tan siquiera han llegado a intentar unas definiciones clarificadoras con respecto a estas cuestiones, que paradójicamente deberían de ser prioritarias y primordiales de resolver para el constitucionalismo español y el propio nacionalismo español.

Fuera aparte el historicismo españolista más ultramontano, que retrotrae la existencia de España y los españoles como nación y pueblo a la época de los “reyes católicos”, unos reyes tan españoles que murieron como Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, no como reyes de España, e incluso mucho más atrás, a la etapa de los reyes godos, una élite militar mercenaria germánica invasora, tan española que se autoimponía por ley no mezclarse con las poblaciones peninsulares, el discurso histórico españolista más “moderno” y renovado, el de la intelectualidad pequeño-burguesa “progresista” actual, que ha sido desde el XIX la hacedora, difusora y mantenedora del mito español, creado a base de desempolvar y readaptar viejas leyendas medievales castellano-aragonesas y eclesiásticas para justificar la pervivencia de los restos del Imperio bajo la forma de falsos Estado-nación al servicio del imperialismo capitalista regional, subsidiario al europeo-occidental, dada la insostenibilidad de ese supuesto ancestral pasado común, en un intento de hacerlo más creíble y asumible, señalan la contemporaneidad de la Guerra de la Independencia como origen de la “nación española” y el “pueblo español”, así como a las “Cortes de Cádiz” y su constitución como el de sus estados y su “democracia”.

Pero basta con un somero repaso a aquellos acontecimientos y una simple lectura superficial de dicha constitución para comprobar lo baldío del intento. En la Península no hubo una Guerra de la Independencia, sino tantas como pueblos la habitan. Durante la misma, en cada territorio había grupos resistentes que actuaban autónomamente, apenas coordinados, y que fueron los que realmente hicieron posible la derrota napoleónica, por encima de un “ejército español” que más que como “nacional” actuaba como legión extranjera de los británicos. Por otro lado, la Constitución de 1812 no es la primera de la “nación española”, sino la primera y única, del Imperio Español. Prueba del hecho indiscutible de que no era “nacional”, lo es su misma definición de España como “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”, y la de los españoles como “todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas”. De ambas afirmaciones se deduce que el concepto aún prevaleciente entre esos “constituyentes” de España no era “nacional” sino imperial, de ahí que su España abarcase “ambos hemisferios” y los españoles a todos los habitantes de “los dominios de las Españas”.

Además, la Constitución de 1812 no se autocalificaba como Constitución de España, sino “de la Monarquía Española”. No era la de un estado-nación sino a la de un reino-imperio. El de todos esos “dominios de las Españas”. Y esas “Españas” eran los diversos países que abarcaba el Imperio bajo la monarquía borbónica. Las constituciones que la siguieron, a excepción de la liberal de 1869, la republicana de 1931 y la actual de 1978, tampoco se han titulado como constituciones españolas, sino también como “de la Monarquía Española”, o “del Reino de España” en el caso de la fascista. Tampoco ninguna otra volverá a intentar definir qué es la nación española y cuáles sus fronteras. Y sobre los españoles, hasta la de 1869 se mantendrá el definirlos como los habitantes de los “dominios de España”. Serán las de 1869 y 1876 las primeras que sustituirán el término “dominios de España” por “territorio español”, signo del paso político-ideológico del viejo imperialismo aristocrático del Imperio Español del antiguo régimen al nuevo imperialismo burgués capitalista de los estados españoles contemporáneos.

España como nación, una idea generalizada muy recientemente

Por otra parte, el tránsito de la España reino-Imperio a la del Estado único imperialista nunca ha concluido totalmente. Prueba de esa España política inacabada sería por ejemplo la llamada “crisis del 98”, una crisis de identidad española desencadenada en 1898 precisamente a raíz de la pérdida de las últimas colonias caribeñas y del Pacífico, y que no por casualidad conllevaría el surgimiento del reformismo regeneracionista, ideología de la progresía pequeño-burguesa españolista que, desde la asunción del mito nacional español y ante la incomprensión del carácter intrínsecamente opresor y esquilmador, origen mismo de carencias y desigualdades, de España y sus estados, como es propio de todo imperialismo, defiende la posibilidad de otra España y otros estados españoles, más benéficos y beneficiosos para las mayorías sociales de los pueblos sojuzgados, obviando a la propia dominación española como causa de injusticias y perjuicios. El republicanismo español se asentaba y asienta en ese ideario regeneracionista, y hoy formaciones como IU o Podemos enarbolan ideas y proyectos de carácter fundamentalmente regeneracionistas. Otro ejemplo, más que significativo, de permanencia de lo imperial, lo constituye el que el régimen neofranquista actual escogiese como “Día Nacional”, como festividad representativa de España y lo español, el 12 de Octubre, la fecha del inicio de la etapa intercontinental del “Imperio donde no se ponía el Sol”, con la llegada de Colón a tierras americanas y el consiguiente latrocinio y genocidio posterior sobre las poblaciones indígenas.

Como vemos, aún a finales del S.XIX no se había concretizado del todo que eran la “nación española” y el “pueblo español”, cuando ya otros pueblos entre los ocupados hacía tiempo que lo hicieron con respecto a sí mismos y sus países, y ni tan siquiera se había terminado de superar la vieja idea imperial, de ahí que la pérdida de unas colonias conllevara una crisis de identidad “nacional”. Todavía hace apenas poco más de un siglo España seguía siendo de facto sinónimo de Imperio, de esa suma de los “dominios de las Españas”, ya reducidos a su mínima expresión geográfica. Y no sería hasta entrado el S.XX cuando el Sistema lograría comenzar a generalizar la concepción política “nacional” de España, incluso entre las clases populares, gracias al impulso de la pequeña burguesía intelectual “progresista”, ayudada en la tarea por la “aristocracia obrera”, sector social socioeconómicamente privilegiado de trabajadores, por ello mayoritariamente imbuido de mentalidad pequeño burguesa y también de españolismo por la influencia que ejercía sobre ellos esa clase social.

El primer régimen plenamente catalogable de “nacional” español sería el de la II República Española. Los siguientes serán el de la Dictadura y el neofranquista actual. El republicanismo español, representante político de esa pequeña burguesía “progresista” y de la “aristocracia obrera”, intentaría dar forma definitiva a la “nación” española. Ejemplo de ello sería su bandera. Mientras que la monárquica surge de un concurso donde lo único valorado era el que fuese lo más llamativa posible en alta mar, de ahí los colores escogidos, no siendo oficializado su paso de estandarte naval y militar a bandera española hasta principios del S.XX, durante el reinado de Alfonso XIII, la republicana española sí se diseñaría ex proceso para simbolizar a España. Rojo y amarillo por el reino de Aragón y morado por el de Castilla, cuya fabulada unión conllevaría la conformación de España según la mitología españolista. Es por tanto la “tricolor”, no la “rojigualda”, la auténtica “enseña nacional” española, al ser la primera ideada con ese fin.

También el origen del españolismo en la práctica totalidad de las izquierdas decimonónicas, de las que las actuales son continuadoras orgánicas o herederas ideológicas, se encuentra en la influencia ideológico-cultural ejercida en ellas por la pequeña burguesía intelectual “progresista”, que engrosaba sus filas, y en la de la “aristocracia obrera” que ocupaba puestos en sus direcciones. Ambos sectores sociales se proponían “educar” a las clases populares, y dado su españolismo contribuyeron sobre manera a su extensión sobre las mismas y sus diversas organizaciones.

Pero será a partir de la dictadura franquista cuando finalmente se impondrá la idea de España como “nación”. Salvaguardar la “España nacional”, el sacrosanto Estado único español, junto al control del Capital, constituirán los porqués del Golpe de Estado, e inculcar a las futuras generaciones la “España, una, grande y libre”, junto a su desclasamiento social, las razones de ser de la Dictadura. Todos los medios del Sistema se pusieron al servicio de lograr la interiorización del españolismo por parte de las clases populares. Una labor que no concluirá con la muerte del dictador sino que, muy por el contrario, el régimen neofranquista del 78 la proseguirá, aumentará y culminará. Son por tanto estos ochenta últimos años de franquismo y neofranquismo los que finalmente conseguirán inocular un españolismo sociológico entre amplias capas populares de la mayoría de países bajo dominio de los estados españoles. Ese patrioterismo de Estado irracional, reaccionario y retrógrado. Ese “¡a por ellos!” equivalente actual del “¡vivan las cadenas!” de los que arrastraban la carroza de Fernando VII. Puede por eso afirmarse que el españolismo de masas, esa visión popular generalizada de los estados españoles como su “nación”, es una idea que, además de inducida desde instancias educativo-culturales del Estado, es muy reciente. Cuenta con menos de un siglo de antigüedad.

Algo más que una sentencia ingeniosa

Como vemos, la frase de Cánovas era algo más que un intrascendente chascarrillo. Que una sentencia ingeniosa. Contenía una realidad expresada por boca de uno de los políticos que más contribuyeron a la configuración de los imperialistas estados españoles y sus monarquías “constitucionales”. Dada la artificialidad de la “nación” española y del “pueblo español”, una nación y un pueblo sin base histórica ni étnico-cultural real, ideados con el único propósito de justificar la negación de las naciones sí existentes, el dominio sobre las mismas y la apropiación de las soberanías de sus pueblos, lógicamente sólo se pueden considerar españoles “los que no pueden ser otra cosa”, ya sea por mero condicionamiento sociocultural, por ignorancia, o por adopción auto-impuesta por mezquinos intereses y aspiraciones personales o de grupo.

Hay por tanto varias diferencias sustanciales y diferenciadoras entre el nacionalismo español y el de las naciones sojuzgados por los estados españoles. La primera es que el de los países sometidos es un nacionalismo popular, originado y sustentado en sus correspondientes pueblos, mientras que el español es un nacionalismo de Estado, originado y sustentado por éstos dada su necesidad de justificar la tiranía y el robo de sus libertades a los pueblos. La segunda es que mientras que el nacionalismo de los países sojuzgados es un nacionalismo liberador, pues nace del conocimiento de los pueblos de su propia identidad y conlleva la consiguiente reivindicación y lucha por la libertad colectiva, el nacionalismo español es invariablemente opresor, pues parte de la necesidad del capitalismo regional peninsular de mantener su poder sobre las naciones aún bajo yugo imperial en el XIX para el control monopolístico sobre sus materias primas, mercados, finanzas, manos de obra, etc. La tercera es que mientras que los nacionalismos de los países negados son hijos del discernimiento y el conocimiento, de la existencia de poblaciones conscientes de sí y de sus patrias, el nacionalismo español es hijo de la alienación. Se apoya en sectores populares adormecidos y desarraigados, desconocedores de sí mismos y de sus tierras. Y, como derivación de las otras tres, la cuarta es que los nacionalismos populares de los países bajo control español son intrínsecamente progresistas y socialmente transformadores, por tanto revolucionarios, como todo proceso de liberación nacional, mientras el nacionalismo español es consustancialmente burgués y explotador, e inamoviblemente despótico y antidemocrático, por tanto contrarrevolucionario, como todo proceso imperialista de ocupación y expolio de un país.

Por consiguiente, y volviendo a la frase de Cánovas, sólo “son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Exclusivamente desde el más profundo de los desclasamientos y desarraigos, por una apuesta consciente por trabajar a favor de la alienación y opresión popular al servicio del Sistema, o desde la picaresca de la aspiración a medrar dentro del régimen español, se puede entender que alguien se pueda considerar o proclamar español, y defienda la nación o los estados españoles. Los existentes o los venideros. En el caso del españolismo asumido por inducción sociocultural nos encontraremos ante un mero patrioterismo de carácter superficial y muy reaccionario, como toda ideología de mimetización con el opresor, de “mentalidad colonizada” como la llamaba Fanon, mientras en el adoptado como opción para posibilitar escaladas políticas, sociales, culturales, económicas, etc., ante un españolismo impostado y oportunista. De ahí que sea sostenido de forma velada y vergonzante, parapetado tras justificaciones encubridoras como pretendidos sentidos prácticos o realismos socio-políticos, eufemismos como el “constitucionalismo”, nomenclaturas hueras como “la España federal” o sofismas intelectualmente insostenibles como la “plurinacionalidad” del “país” español. Por eso les disgusta a los propagadores de estas entelequias que les califiquen como lo que son, como españolistas, porque se saben culpables de defender España o el Estado único no por convicción sino por conveniencia. Para asegurarse una carrera institucional o profesional.

Imperialismo, españolismo y burguesías autóctonas

El nacionalismo de estado español fue contemporáneo, cuando no posterior, al resurgir de los sentimientos e identidades nacionales populares de los diversos países bajo dominio de los restos del moribundo Imperio a lo largo del XIX. Y allí donde existía una gran burguesía propia y dominante en una de dichas naciones, también en los “territorios ultramarinos” donde las élites criollas habían adoptado ese papel, éstas contrarrestarían todo intento de difusión de la idea de España y los españoles contraponiéndole la propagación de la de sus propios países, pueblos y culturas entre sus poblaciones. En cambio, en aquellos donde se carecía de gran burguesía autóctona y sólo existía una burguesía local débil y dependiente, como en el caso andaluz, no sólo no fue contrarrestada la propaganda españolista sino que su burguesía contribuyó a la extensión e interiorización de esa “españolidad” entre la población, tanto en su propio interés como en el del Imperio-Estado al que se debían y al que servían.

El españolismo político y sociológico está tan extendido en nuestra tierra, entre otras razones, precisamente por la inexistencia de una gran burguesía propia y autónoma, interesada en marcar distancias y territorialidad con respecto a la española, dado que, como en toda colonia, nuestra burguesía autóctona es subsidiaria de la del colonizador. Ha sido creada por el ocupante y ha crecido a su sombra. Lógicamente, al no ser más que una clase social subalterna del colonialismo, nacida del viejo Imperio Español y al servicio después de un imperialismo capitalista regional, ni es ni puede ser refractaría a lo español, ni estar interesada en el despertar nacional, identitario o cultural andaluz. Iría contra sus propios intereses, pues ella misma forma parte de las estructuras coloniales. El dominio español sobre nuestro país le beneficia, por lo que no aspira a cambiar la situación colonial. El Imperio la parió y sabe que gracias al imperialismo y el estado de dependencia de Andalucía mantiene su estatus social.

En cualquier país conquistado, los invasores se constituyen en clase dirigente y élite socioeconómica del lugar, desplazando en su papel dominante y depredador a la oligarquía nativa. Pero los ocupantes necesitan a la población autóctona no solo para trabajarle y extraer las riquezas del lugar, aunque si principalmente, de ahí el que sean etiquetados como pueblos trabajadores, sino también para llevar el día a día de la propia colonia. Todos los imperialismos coloniales europeos han utilizado a los habitantes autóctonos de los países ocupados para constituir el grueso de sus ejércitos, policías, capataces, maestros, profesionales liberales y administradores coloniales. La élite ocupante se limitaba a detentar los puestos directores superiores. Mandos inferiores militares, burocráticos, de las grandes propiedades, el comercio, la industria, etc., estaban formados mayoritariamente por población nativa. Y ese sector social, nacido de las necesidades cotidianas de abastecimiento, vigilancia, control, represión, etc., del colonizador sobre los colonizados, estaba plenamente integrado en el engranaje de la ocupación y completamente identificado con el colonizador y el propio colonialismo. Y lo estaba, y lo está, además de por asunción del hecho colonial, por razones meramente prácticas. Nacieron a la sombra del Imperio y su estatus social depende de su permanencia.

Esa clase social autóctona, que podría denominarse a efectos prácticos como burguesía auxiliar colonial, con la independencia de sus respectivos países se transformará en las nuevas élites burguesas de los mismos, pero sin perder su condición de clase subordinada al antiguo colonizador. Los suboficiales de los ejércitos coloniales serán los nuevos generales de los ejércitos nacionales, sus antiguos burócratas los nuevos dirigentes políticos del país, sus antiguos capataces en los nuevos empresarios, sus antiguos tenderos en los nuevos grandes comerciantes, etc. Obviamente esto es sólo aplicable a las naciones que obtuvieron sus independencias de forma pactada, concedida por el ocupante, en los que por tanto no hubo ruptura sino continuidad envuelta de independencia formal, no en aquellos otros donde se logró la independencia a través de procesos de liberación popular, y por tanto de ruptura con lo anterior. Y sería, y es, esa “mentalidad colonizada”, inducida por el ocupante anteriormente a esas nuevas élites sociales, tan interiorizada en éstas que constituiría, y constituye, un factor decisivo a la hora de que sus antiguos conquistadores mantengan el dominio sobre los nuevos estados, sólo aparentemente independientes, a través del neocolonialismo sociocultural, económico y financiero. Algo semejante ocurre con nuestra burguesía auxiliar, que con la “autonomía”, otro proceso pactado concedido por el ocupante, pasará a ser la nueva élite gestora, en nombre del imperialismo español, como capataces al servicio del dueño impuesto.

El que la burguesía andaluza posea ese mismo carácter subalterno y subordinado de burguesía auxiliar colonial, explica el que nuestra “clase empresarial”, esa que algunos consideran erróneamente como nuestra gran burguesía, sea tan dependiente e incapaz de constituirse en burguesía nacional, siendo por el contrario sostenedora del imperialismo y su oligarquía foránea. También el porqué de que nuestra pequeña burguesía intelectual y administradora; nuestra clase política, cultural, educativa, etc., sea tan españolista que sólo vea, sienta y piense en, desde, por y para Madrid. Han sido educados y condicionados para ver España no como entelequia y problema, sino como realidad y solución. Al igual que las mentalidades colonizadas del “tercer mundo” con respecto a sus antiguos dueños, son incapaces de superar España, de darle la espalda y combatirla, como esos otros dirigentes lo son con respecto a Occidente.

Nuestras élites socioeconómicas, políticas, empresariales, educativas, culturales, etc., todos los diversos componentes que conforman nuestra burguesía auxiliar colonial, solo han sido, son y podrán llegar a ser andaluzas por origen de nacimiento, pero estructural e ideológicamente son españolas y forman parte del engranaje de la ocupación, como aquellos administradores nativos del Imperio decimonónico británico o francés, que tras la supuesta independencia de sus países en el S.XX continuaban siendo mentalmente “siervos de la casa del señor”, como denominaba Malcolm X en el contexto de la esclavitud estadounidense a los negros sirvientes, y cuyos herederos sociológicos actuales son los “Tío Tom”, como sus propios hermanos les denominan en referencia al personaje literario servir y complaciente de Mark Twain; esos afroamericanos estadounidenses ansiosos por ser aceptados y premiados por el régimen continuador del de sus antiguos amos, que en lugar de luchar por su liberación de la esclavitud socioeconómica contemporánea, lo hacen por su “integración” en el Sistema que provoca su discriminación y marginación. En la misma sociedad blanca, supremacista y capitalista origen de su opresión. Los “agravios comparativos”, que Andalucía “no sea más pero tampoco menos” que otras “comunidades” o la reivindicación de la “autonomía de primera”, son ejemplos andaluces de planteamientos integracionistas defendidos por nuestros “Tío Tom”.

La Andalucía andalusí

Para comprender la Andalucía colonial y entender a nuestra burguesía auxiliar, hay que remontarse muy atrás, a etapas incluso anteriores a la conquista y ocupación de Andalucía por Castilla, y derribar algunos falsos mitos historicistas españolistas sobre aquella Andalucía, la sociedad andalusí. Discernir tanto acerca de las causas y motivaciones de la invasión como del desarrollo de la posterior ocupación y sus singularidades, todas las cuales nos han conducido a la situación actual. Realidades que sólo podrán ser enunciadas sucintamente, pues exponerlas más detalladamente requeriría de extensos artículos monográficos respecto a cada una.

Al Ándalus no era la “España musulmana” ni parte de un imperio islámico intercontinental del que formaría parte desde una supuesta conquista árabe en el 711. Al Ándalus era la Andalucía andalusí, un país libre desde que venciera definitivamente a los invasores godos en el 711, que junto a otros igualmente independientes y autogestionados, formaban una confederación de estados autónomos que recibía igual denominación a la de nuestra nación por ser Andalucía la preponderante dentro del conjunto. La denominación Al Ándalus poseía por tanto un doble significado. Correspondía a nivel nacional al nombre de nuestro país en aquella etapa histórica, como por ejemplo antes lo había sido La Bética, y a nivel político-administrativo al de una alianza libre de pueblos soberanos e interdependientes peninsulares bajo órbita andaluza.

La Andalucía andalusí estaba habitada por andaluces, no por árabes ocupantes, judíos asentados y cristianos sometidos. Aquellos andaluces conformaban una población nativa, étnico-culturalmente única y uniforme, aún siendo diversa, que venía evolucionando en nuestra tierra desde hacía ya entonces varios milenios. En el Al Ándalus andaluz no había más habitantes originarios de otras latitudes que una minoría inmigrante, esencialmente magrebí y fundamentalmente militar mercenaria, que constituía el grueso de las fuerzas profesionales de sus ejércitos, por otro lado plenamente integrada socialmente. En la Andalucía andalusí no “convivían” por tanto tres culturas, sino que se desarrollaba y vivenciaba una única cultura andaluza que compartía la totalidad de la población, incluida la foránea, fuese cual fuera su confesión religiosa o ideas filosóficas. Una civilización netamente autóctona que no poseía más influencias ajenas que las lógicas y habituales derivadas de contactos y transferencias mutuas entre pueblos que comparten ámbitos de interrelación. En nuestro caso el mediterráneo.

La consecuencia de la existencia de independencia nacional, del dominio soberano sobre sí mismos, su tierra y los recursos que contenían por parte de aquellos andaluces, les conllevó tal grado de expansión agrícola, comercial, financiera, de desarrollos en infraestructuras e incluso preindustrial, que originó unas prosperas clases populares y una oligarquía que fue conformando la clase dominante del país, cuyos componentes estaban destinados a constituir en etapas posteriores nuestra burguesía nacional, la futura gran burguesía andaluza, si no se hubiese producido la drástica ruptura social que conllevo la conquista castellana. La inexistencia actual de una gran burguesía autóctona se origina en ese hecho trascendental.

Tanto a niveles socioeconómicos como políticos, aquella Andalucía poseía muchísima más semejanza con la Bética, de la que era continuadora, pues tampoco ésta era “romana” sino andaluza, que con el medievo europeo. También a nivel cultural y educativo, contando con elevados índices de alfabetización, grandes bibliotecas y avanzados centros formativos, los primeros y mejores del occidente, incluso superiores a los existentes en la Andalucía Bética.

En sus últimos periodos de existencia, esa prosperidad económica y los perfeccionamientos tecnológicos derivados del florecimiento educativo y cultural, produjo situaciones socio-políticas y culturales que se adelantaron en el tiempo al renacimiento europeo. Baste como ejemplo, en época califal, el desarrollo urbanístico y artístico de sus ciudades o el incremento del comercio exterior y el manufacturero en la producción textil, continuados durante la época de las taifas, que no eran “reinos” sino repúblicas oligárquicas al estilo de las ciudades-estado del norte peninsular italiano, y a las cuales precedieron ampliamente. Precisamente sería por sus adelantos, riquezas y prosperidad generalizada por lo que los invasores arremetieron contra Andalucía. Unos, los más, exclusivamente por el botín de las razias, como vascos o cántabros, otros para acabar con la competencia de nuestras industrias y exportaciones, como genoveses  o catalano-aragoneses, mientras que las empobrecidas aristocracias castellano-leonesas lo harían para, apoderándose de más tierras y súbditos, poder superar su paupérrima situación. Nada que ver con supuestas reconquistas nacionales o contiendas religiosas.

La conquista castellana

Cuando las tropas cruzadas castellano-aragonesas-europeas entraron por Despeñaperros, aprovechando la debilidad político-militar andaluza del momento, se encontraron con un país que mantenía unos altos grados de bienestar socioeconómico colectivo pero sumergido en plena descomposición sociopolítica, debido tanto a las contiendas inter-oligárquicas por el poder como a las luchas derivadas de los contradictorios e irreconciliables intereses y divisiones de clase entre esas élites y las capas populares. Por tanto, la invasión no fue una “gesta heroica” sino el mero oportunismo de unas razias que pudieron ir más allá y culminar con éxito, incluso con una ocupación permanente en cuanto a la conquista y asentamiento castellano, sólo gracias a las circunstancias excepcionales que se vivían en aquel Al Ándalus.

La aristocracia castellana, ociosos señores de la guerra rentistas acostumbrados a obtener y acumular riquezas a través de conquistas militares, mediante el expolio de tierras otorgadas u ocupadas y la explotación de sus habitantes, había iniciado una política expansionista hacia el sur a partir de finales de XI, no por ansia de “reconquista” sino de ganancia. Para acrecentar poder y fortuna. Prueba de ello lo ejemplificará la ocupación de Toledo por Alfonso VI, tras la que se hará coronar “Imperator totius Hispaniae” (“Emperador de toda España”), lo que demuestra cómo no se consideraba esa expansión como recuperación de lo perdido sino como dominio sobre los diversos países peninsulares para configurar un Imperio que, por otro lado, no sólo se limitaría a la Península sino que pretendía extenderse por África, otra demostración de inexistencia de relación con el concepto de “reconquista”. Ocupar el sur de la Península suponía para los castellanos, además de acumular nuevos territorios y rentas, apoderarse de una base estratégica que sustentaría la conquista del norte de África, que les supondría aún mayores beneficios gracias a su control sobre sus rutas del oro, piedras preciosas y espacies. Prueba de ello fue que Alfonso X, tras dominar el valle del Guadalquivir, murió mientras preparaba la siguiente campaña, que no estaba dirigida a “reconquistar” el resto de Andalucía, como hubiese sido lo lógico si las actuaciones castellanas tuviesen por objeto expulsar a los “moros” y recobrar lo arrebatado a sus antepasados, sino a apoderarse del Magreb, sobre el que ya se habían repartido tierras, títulos y derechos antes de desembarcar en el continente.

Cuando entraron en Andalucía, los invasores se encontraron con una feroz oposición por parte de sus clases populares. Fueron ellas las que se les enfrentaron con las armas a su alcance, junto a las escasas tropas profesionales, mientras que las oligarquías autóctonas, con algunas notables excepciones, pactaban entrega de territorios y localidades a cambio de conservar sus riquezas. Fueron estas élites andalusíes las que marcharon en gran parte al exilio o se integraron con las del conquistador. Las clases populares, en cambio, no tenían riquezas que preservar, privilegios que negociar, ni lugar donde marchar, pues no poseían más que su tierra y su trabajo. Sus vidas estaban unidas a aquellos lugares, por lo que optaban por la lucha y la defensa mientras sus dirigentes genéricamente lo hacían por la traición y la rendición para así poder salvaguardar sus patrimonios. La conquista se convirtió, por todo ello, en una guerra prolongada de resistencia de carácter nacional-popular que perduraría, en sus diferentes fases y formas, a lo largo de más de quinientos años, esos “siglos de guerra” a los que hace referencia nuestro Himno Nacional. Desde comienzos del S. XIII hasta los del S. XVIII.

Ni expulsión ni repoblación

La aristocracia castellana, que ocupó nuestro país para vivir de nuestras tierras y sus riquezas como élite rentista, nunca pretendió expulsar a sus habitantes, pues les hubiese resultado antieconómico. ¿Quiénes iban entonces a trabajar esas tierras arrebatadas?, ¿quiénes explotar los recursos naturales usurpados? Llegados aquí, junto al de “reconquista”, surge otro mito españolista, el de la “repoblación”. Pero para sustituir la numerosa población andaluza por habitantes equivalentes o tan siquiera suficientes procedentes de sus dominios castellanos, mucho menos abundantemente poblados, tendrían que haber sido prácticamente vaciadas amplias zonas de estos, algo a lo que lógicamente los señores lugareños no se hubiesen prestado y que, además, de haberse producido hubiese provocado unas crisis socioeconómicas de características catastróficas en los mismos, al igual que habría ocurrido en los países de arribada de los cientos de miles de huidos andaluces, como ha sucedido en otros casos históricos semejantes, por ejemplo actualmente con los refugiados sirios. Pero de ninguna de estas situaciones provocadas por la supuesta masiva “expulsión” y posterior “repoblación” existe la menor referencia histórica solvente. Lógico, ya que esos sucesos nunca acontecieron.

Efectivamente, tanto la “expulsión” como la posterior “repoblación” de territorios o localidades realmente nunca se dieron más que en forma puntual, excepcional y ocasional. Exclusivamente en lugares concretos y de forma esporádica, ante casos específicos de resistencia numantina. Las clases populares andaluzas simplemente, una vez vencidas en un lugar, permanecieron en ellos como trabajadores de sus propias tierras, como jornaleros, y en las urbes como trabajadores manuales y artesanales al servicio de las necesidades de los nuevos dueños, ignorados en los escasos documentos castellanos de la época, en los que sólo interesaba la conquista y el reparo del botín, y por ello sólo se mencionaba y se trataba acerca del ocupante y sus problemáticas, algo a lo que se agarra la historiografía oficial para “probar” el supuesto cambio poblacional tras las conquistas. En realidad sólo fueron expulsados, perseguidos y asesinados aquellos andalusíes que se negaban a someterse y ser súbditos fieles y útiles de los señores de la guerra castellanos. Y sólo fueron arrasadas y despobladas aquellas zonas y localidades que se resistían hasta el final a la ocupación y la subordinación. E incluso en esos casos, la “repoblación” fue efectuada en su inmensa mayoría con andaluces procedentes de otras zonas de nuestro propio país ya “pacificadas” y posteriormente castellanizadas.

Tanto la “reconquista” y la posterior “repoblación”, como la previa “invasión árabe”, tres pilares fundamentales de la mitología españolista y antiandaluza, no constituyen más que sendas  falsas “verdades históricas” ideadas para negar la existencia de Andalucía y otros países como entidades específicas, y el de sus habitantes como pueblos diferenciados, justificando así, en nuestro caso, el mito de que Andalucía nace a raíz de la invasión y su repoblación, a partir del “crisol de razas”, de una supuesta mezcla étnica, unida a las ya precedentes, puesto que igualmente nos venden, como complemento a lo anterior, que esa amalgama poblacional venía de antiguo en nuestra tierra. Antes que Castilla Novísima y castellanos nuevos habríamos sido árabes, godos, romanos, fenicios, etc. Cualquier cosa menos andaluces y Andalucía. Todas ellas son fábulas negacionistas de nuestra identidad nacional y popular creadas para de asegurar la alienación y perpetuar la ocupación.

La resistencia andaluza a la ocupación

Una vez ocupada y dominada una zona de Andalucía por los castellanos, como ha ocurrido a lo largo de la historia en cualquier otra ocupación y/o colonización, conforme esta situación se prolongaba indefinidamente en el tiempo, aquellas clases populares andaluzas vencidas se fueron dividiendo en tres sectores, uno forzado a la servidumbre, otro colaboracionista voluntario y un tercero resistente al ocupante. La mayoría del campesinado fue forzado a su transformación en siervos, atados a la tierra y obligados a trabajarlas en beneficio de la aristocracia conquistadora. Parte de los trabajadores urbanos, los artesanos y lo que hoy se denominaría “profesionales libres” optó por la claudicación y la colaboración como forma de supervivencia. Pero un conjunto numéricamente importante de elementos procedentes de los diversos estamentos de esas capas populares, a los que se unirían antiguos militares profesionales e incluso una parte minoritaria de la oligarquía andalusí, optó por la resistencia. Esa Andalucía resistente se adentró en sierras, bosques y marismas, iniciando una guerra de guerrillas, o se aprestó a iniciar una lucha marítima de hostigamiento, así como de apoyo y abastecimiento a sus compatriotas en lucha, calificados respectivamente como “bandoleros” y “piratas” por el ocupante y la historiografía oficial, mientras otros muchos continuarían la defensa armada de Andalucía engrosando las filas de los ejércitos en los territorios aún libres.

La tipología de sumisión y subordinación exigida por la aristocracia castellana en los territorios ocupados, en un principio muy laxa, con el paso del tiempo fue cada vez más estricta y rigorista. Conforme se fueron asentando en los nuevas regiones y localidades andaluzas conquistadas y consolidaban su poder en ellas, para asegurase el control de sus nuevos súbditos cada vez fueron mayores los grados de exigencia de integración y asimilación castellanista de los sectores populares autóctonos. Si en un principio se conformaban con su subordinación posteriormente exigirían el abandono de costumbres, idiosincrasias y particularidades, incluso de sus propias identidades, para formar parte de la nueva sociedad y sus “oportunidades”. Una parte de los andaluces, los más “realistas”, acataron y fueron metamorfoseados en “cristianos nuevos”. No se pretendía “convertir infieles”, aunque se envolviese en catolicismo, sino provocar desarraigo para asegurar y perpetuar el dominio. El objetivo no era religioso sino socioeconómico y político, consistía en hacer “castellanos nuevos”. Los que se negaban eran marginados como extranjeros en su propio país, etiquetados como “moros” o “judíos”, y arrinconados en guetos en los que tendrían cada vez más entorpecidos los movimientos, así como limitados los oficios a los que podrían acceder.

Transcurridas centurias, la descendencia de estos “conversos” crecieron en el desconocimiento de sus orígenes, como castellanos, engrosando las filas de los futuros falsos “cristianos viejos” andaluces en los territorios conquistados en la primera gran oleada, la del S.XIII, quedando los resistentes reconvertidos en “moros” y “marranos”, y posteriormente en “moriscos” herejes y traidores, en las zonas más recientemente conquistadas de la penibética en la segunda, la del S.XV, donde las “conversiones” ya no serían “voluntarias” e individuales sino forzadas colectivamente manu militari. Fueron esos “cristianos viejos” andaluces, descendientes de aquellos andaluces “realistas” castellanizados siglos antes, los que repoblaron muy mayoritariamente las zonas y localidades despobladas por la acción represiva castellana contra los resistentes en la antigua Taifa de Granada. Andaluces sustituidos por otros andaluces, en eso consistió realmente la “repoblación”. En cuanto a los expulsados, muchos fueron trasladados a otras zonas de Andalucía, y en mucho menor medida a otros países de la Península, asentados en comunidades “moriscas” en los lugares de destierro, y en las que mantuvieron su identidad y su resistencia contribuyendo a su permanencia entre los “moriscos” de esos otros pueblos, incluso engrosando las filas de sus combatientes. Otros serían instalados en zonas agrícolas donde permanecerían sobreexplotados y utilizados como competencia económica del campesinado local. Por último algunos, como forma de ocultamiento y subsistencia, acabarían uniéndose a poblaciones marginales, como los gitanos, practicando oficios mal vistos y poco controlables, como buhonero o carretero, o se situaron al margen de la ley, sumándose al lumpen de la picaresca “gente de mal vivir”. En estos últimos casos sus descendencias, dada la clandestinidad paterna, irían también olvidando identidades.

Tras la conquista de la totalidad del país, en la etapa Imperial, se acentuaría la persecución y el extermino de resistentes. No sólo llegó la conversión masiva forzosa sino el establecimiento de una sociedad policiaca dirigida por la Inquisición. De nuevo no se trataba de hacer “buenos cristianos” sino nuevos “castellanos” mansos y útiles. Basta leer autos de fe para ver que había más preocupación por la sumisión y absorción social que por la “evangelización”. Cualquier signo social diferenciador, por nimio que fuese; como hábitos alimentarios, higiénicos o de vestimenta, eran suficientes para resultar sospechoso e incluso culpable, para ser delatado y condenado por “hereje”, lo que prueba que los fines perseguidos no eran religiosos sino que, amparados en ellos, eran socioculturales y por tanto políticos. Entonces, como ahora, se trataba de lograr mediante el desarraigo, la aculturización y el terror de Estado súbditos dóciles y trabajadores dúctiles al servicio de oligarquías foráneas. Llegaron a crearse los primeros campos de internamiento masivos, e incluso a fundarse escuelas forzosas de reeducación para los hijos de los “moriscos”, unas actuaciones que algunos historiadores han comparado con el régimen nazi, sus campos de exterminio y el adoctrinamiento de los hijos de las clases populares en las Juventudes Hitlerianas e instituciones educativas. Como en aquella Alemania, se llegaron a dar casos de hijos que vigilaban y denunciaban a sus padres. También la población andaluza castellanizada o sometida fue utilizada para espiar y controlar a sus compatriotas resistentes, como los kapos judíos en los guetos y campos de concentración.

Tras el decreto de expulsión del XVII fueron sólo unos pocos miles de “moriscos” los que abandonaron Andalucía y otros países peninsulares, los últimos resistentes, y no porque el resto ya hubiese huido o sido desterrado con anterioridad en forma masiva, como afirma la historiografía oficial, sino porque permanecieron, ya fuese como esclavos y siervos de señores, exentos de expulsión, o aceptando el abandono definitivo de su identidad e integrándose por completo, u ocultándose en parajes recónditos. Muchos, la mayoría poblacional, a esas alturas de la historia ya formaban hacía tiempo parte de la masa de los asimilados y desarraigados por lo que tampoco formaban parte de los expulsables. Incluso gran parte de esos pocos miles que si lo fueron retornaron con posterioridad e igualmente se integraron u ocultaron, sumiéndose desde entonces el pueblo andaluz, ya de forma genérica, en el más absoluto de los silencios y olvidos desde comienzos del XVIII. Una prolongada noche de sueño inducido perpetuada hasta nuestros días. Prueba de la permanencia o el regreso fueron los miles de “moriscos” que,  décadas después de su supuesta expulsión, bajo la dirección de Taher Al Hur, aún llevarían a cabo un último intento de liberación en 1641, levantándose en armas y sumándose al complot independentista andaluz de una parte de la aristocracia, aquella cuyos intereses estaban en nuestra tierra y por ello chocaban con los de la Corte, encabezado por el Duque de Medina Sidonia. A lo largo del XVIII se iría diluyendo la resistencia abierta, aunque no por ello desapareció en forma pasiva u oculta, como lo muestra que en lugar de “moriscos levantiscos” se empezase a perseguir criptojudaismos y criptoislamismos clandestinos por la Inquisición.

La burguesía auxiliar andaluza

Dentro de este contexto de conversión forzosa y autoreconversión más o menos voluntaria de andaluces sometidos en nuevos castellanos se encuadran los orígenes históricos del surgimiento de la burguesía andaluza contemporánea. Como ya se expuso, los elementos destinados a conformar la gran burguesía autóctona fueron erradicados o subsumidos tras la conquista. Pero tras ésta, y sobre todo a partir de la etapa imperial, las necesidades del ocupante harían que éste reclutara, de entre aquellos andaluces ya asimilados, de entre esos “castellanos nuevos” con el paso del tiempo reconvertidos en nuevos “castellanos viejos”, a toda una clase auxiliar que colaborase en el día a día de la Andalucía colonizada. El filtro utilizado para asegurarse de la idoneidad de los elementos a formar parte de ella serían los llamados “estatutos de limpieza de sangre”. Aunque oficialmente se tratasen de documentos que pretendidamente demostraban ser “cristiano viejo”, o sea el no poseer antecedentes familiares “marranos” o “moros”, lo cierto es que cumplían la función real de ser un “certificado de buena conducta” de la época, que aseguraba la carencia de rebeldías más que una supuesta pureza racial o religiosa, pues su utilidad para sus poseedores era el permitirles poder detentar privilegios o practicar determinados oficios. No se trataba por tanto de acreditar orígenes y creencias tanto como el ser utilizados para efectuar una criba legal que garantizase la fidelidad imprescindible para formar parte del régimen. De demostrar grados de integración y castellanización en el sistema colonial e imperial. De avalar y confirmar lealtades en el caso de las élites, y de asegurar aculturización y obediencia en el de las clases populares.

Como en otros países colonizados, mientras que durante el antiguo régimen el papel de la oligarquía dominante lo desempeñaría la aristocracia guerrera castellana, a la que se habían unidos miembros de la antigua élite social andalusí, posteriormente, una vez transformado el Imperio del antiguo régimen a medidos del XIX en imperialismo capitalista, lo conformaría esa misma aristocracia pero unida a las grandes burguesías foráneas, muchos de cuyos elementos asentados en nuestra tierra llegarían a entremezclarse conformando una nueva oligarquía rentista, cuya base económica, igualmente latifundista, ya no procedería sólo de antiguas conquistas sino también de apropiaciones legalizadas por las “desamortizaciones” liberales. De Igual manera, los elementos que habían superado la prueba de la “limpieza de sangre” conformadores de una clase subalterna de burócratas, comerciantes, profesionales de diversidad de oficios, etc.,  al servicio del Imperio, se irá transformando en nuestra actual burguesía auxiliar colonial en la etapa contemporánea. Una burguesía igualmente subordinada y dependiente del ocupante, y que, como en el caso de otras clases auxiliares en etapas neocolonialistas del “tercer mundo”, hoy constituye un factor decisivo a la hora de que el imperialismo español mantenga su capacidad de dominio y control sobre Andalucía

Con el transcurrir del siglo XVIII, y sobre todo a partir del XIX, se inicia la etapa contemporánea de la alienación popular andaluza. Andalucía, aún no siendo una excepción a la regla colonialista, sí que conforma un caso singular en sus características. La mentalidad españolista y la conducta dependiente y estatalista, de políticos, intelectuales, empresarios, etc., de la Andalucía “autonómica” actual es equiparable y equivalente, en ese sentido y porqués, a las pro occidentales y pro capitalistas de las élites dirigentes contemporáneas del “tercer mundo”. Pero en el caso andaluz, nuestra burguesía auxiliar colonial actuaba y actúa en un contexto de condicionamiento social colectivo previo que facilitó y sigue facilitando su tarea al Sistema. El genocidio ejercido contra el pueblo andaluz fue de tal magnitud y tan global en el antiguo régimen que no sólo conllevó persecución, exilio y muerte para la población resistente, y la adopción impuesta de la cultura y el ideario del conquistador por parte del resto, que con el paso del tiempo será asumido como propio como en otros casos colonizadores, sino la más completa erradicación de todo rastro de identidad específica, conservando exclusivamente retazos inconexos y desarraigados, inconscientes e incompresibles para la misma población. Por primera vez en la historia un pueblo pervive completamente anulado identitariamente. Esa previa castellanización masiva facilitaría sobre manera la posterior españolización popular.

Como consecuencia, mientras en otros países bajo dominio español que sí conservaban una burguesía autóctona, ésta reflotaba, reconstruía e impulsaba la propia cultura, reprimida y ocultada pero nunca del todo extinta, eso sí, obviamente adaptándola a sus intereses de clase, en Andalucía, donde había sido completamente erradicada y los elementos llamados a constituir su burguesía e impulsar su renacimiento cultural habían igualmente desaparecido, la burguesía auxiliar colonial posteriormente surgida recrearía en el S.XIX, a partir de elementos introducidos por el conquistador, una supuesta cultura popular autóctona que en realidad sólo era y suponía continuidad del genocidio identitario, rellenado el vacío dejado tras la anulación de la singularidad y sustituyendo la identidad real. El resultado será un regionalismo cultural andaluz que en lugar de combatir la Andalucía castellanizada y españolizante, de remarcar y potenciar lo andaluz, defenderá y propagará como idiosincrasia propia lo que no era ni es más que inducción impuesta por dicha burguesía desarraigada al servicio del imperialismo español.

La Andalucía “de Frascuelo y de María”, de “charanga y pandereta”, la de la “gracia”, el toreo, las procesiones, las romerías, las ferias, etc., no surge libre y espontáneamente en el seno del pueblo andaluz como resultado de la evolución natural de lo propio, como en toda cultura popular genuina, sino que es la reinterpretación y actualización “regionalizada” de los elementos socioculturales introducidos por el colonizador, por parte de nuestra burguesía auxiliar, inyectada al pueblo andaluz para perpetuar su alienación, y con ella el mantenimiento de su estatus en la Andalucía dependiente. No es por tanto cultura popular andaluza actual, ni forma parte de un renacimiento cultural e identitario andaluz, más allá de que contenga elementos autóctonos en mayor o menor medida, sino que sólo es fundamentalmente cultura castellano-española adquirida, y no de forma voluntaria y escogida, condición sine qua non para que pudiese ser catalogable como parte de una cultura popular, con independencia de que sea más o menos multitudinaria, sino inducida e impuesta, por tanto ajena y antipopular. Precisamente de su carácter adormecedor y desarraigante, y por su éxito en introducirla en Andalucía, procede el intento españolista de extrapolarla al resto de países bajo su dominio como sinónimo de “lo español”. Como parte de lo “común”, fruto de la acción de esos supuestos quinientos años de “estar juntos”, mezclándonos como “pueblo español”.

La resistencia andaluza en el S.XIX

Durante el S.XIX la resistencia andaluza parecía a simple vista completamente erradicada, pero de alguna forma pervivirá en el inconsciente colectivo popular, trasluciéndose en forma de lucha por la libertad. Las heridas permanecen y duelen aunque se pierda el recuerdo de causas y autores. Andalucía se convierte a lo largo del XIX en uno de los principales focos de surgimiento e irradiación de gran parte de los movimientos transformadores y emancipadores de la Península. Desde los complots liberales de la primera mitad, pasando por los levantamientos campesinos e insurrecciones jornaleras, y culminando con la sublevación republicano-federalista del último tercio, Andalucía será tierra de rebeliones y cuna de movimientos revolucionarios. Es en Andalucía donde se producen pronunciamientos como el de Riego o el de la Junta Suprema, es aquí donde brota y desde donde se expande “La Gloriosa”, y será en esta tierra en la que se producirá una experiencia revolucionaria propia pero similar y en línea con la Comuna de París, la revolución cantonalista de 1873, que a su vez será semilla del renacimiento resistente, cultural  e identitario que surgirá a partir de comienzos del S.XX, encabezado por el andalucismo histórico liderado por Blas Infante.

No es casual que el ala izquierda del republicanismo federalista que  protagonizó la revolución cantonalista fuesen llamados “radicales” o “intransigentes” por las derechas republicanas o el “progresismo” españolista. Tampoco que ellos mismo se autodefiniesen como “federalistas sociales” o directamente como socialistas. De hecho, años después sus dirigentes más destacados llegarían a formar parte, por evolución ideológica, de los primeros colectivos libertarios y marxistas del país. Igualmente no lo es el que se levantasen en Andalucía en julio de 1873 enarbolando la misma bandera roja de La Comuna. La revolución cantonalista andaluza es hija de La Comuna de París. Se produjo apenas dos años después de la parisina y en su insurrección participó más de un futuro líder comunero andaluz. Dos revoluciones específicas, consecuencia de sus respectivas circunstancias sociopolíticas, pero que compartían visiones y fines, como la construcción federalista o la emancipación social. Y mucho menos es casual que ésta surgiese en nuestra tierra con unas características y extensión incomparables a otros puntos de la Península. En Andalucía será la práctica totalidad de las principales poblaciones del país las que se constituirán en cantones libres y proclamarán la “república social”, defendiéndola con las armas en la mano. Pero aquí no se contaba con fuerza militar, con una guardia nacional como la parisina, sólo milicias improvisadas y mal pertrechadas formadas por ciudadanos sin la más mínima experiencia militar, y que por ello fueron fácilmente derrotadas. Por eso lo que en París sería una resistencia de meses aquí lo sería de semanas. Y de ahí que no hubiese tiempo de debatir y plasmar por escrito ideas y proyectos. Apenas lo dio para elaborar algunas declaraciones de intenciones y decretos sobre cuestiones concretas. Por ello sería diez años después, cuando el régimen borbónico de la restauración se autoconsideró asentado y asegurado, permitiendo la salida de la cárcel o el regreso del exilio, cuando esos federalistas podrán redactar y aprobar en Antequera un proyecto constitucional en el que reflejarán su idea de país y sociedad, el Pacto Federal de Constitución para Andalucía de 1883.

Ejemplo innegable de esas características singulares y propias de la revolución cantonalista andaluza, además de su propia amplitud y radicalidad, lo será la proclamación de independencia nacional efectuada, sin parangón en otras tierras donde se produjeron levantamientos semejantes. El 21 de julio de 1873, reunidos en una  frontera natural de Andalucía por la que a lo largo de su historia habían penetrado sus invasores, lo cual ya en sí posee una obvia intencionalidad, representantes de los cantones andaluces y sus milicias suscriben un manifiesto que declara: “En Despeñaperros, histórico e inexpugnable baluarte de la libertad, se enarboló ayer, por las fuerzas federales que mandan los que suscriben, la bandera de la independencia del Estado Andaluz”, terminando con vivas a “la soberanía administrativa (política) y económica del Estado de Andalucía”, y a “la República Federal con todas su reformas sociales”. Tras cerca de 700 años de represión y alienación, la percepción de Andalucía como país diferenciado permanecía y la lucha de liberación social y nacional continuaba.

Blas Infante y el andalucismo contemporáneo

Será a principios del S.XX, siguiendo la senda de aquellos federalistas andaluces “radicales”, cuando liderado por Blas Infante el andalucismo histórico impulsará el renacimiento de la consciencia identitaria y se reanudará la actividad libertadora. Blas Infante no sólo volverá a religarnos con nuestro pasado y nuestra idiosincrasia, sino a hacernos discernir la interrelación inherente entre nuestra situación nacional de pueblo negado y país ocupado con la social de explotación y expolio sufrido por sus clases populares. La vinculación indivisible entre liberación nacional y revolución social, y consecuentemente la necesidad de unificar las luchas. Blas Infante retomará el carácter nacional-popular de la lucha de liberación andaluza, bregando para que ésta fuese obra del pueblo trabajador. Ejemplo de ello será el que la primera vez de la que se tiene constancia de que fuese usado públicamente el grito libertador del: “¡Viva Andalucía libre!” fuese durante una manifestación jornalera en 1919.  Recordemos también en ese sentido las palabras de Infante dirigidas a marxistas y libertarios durante una conferencia en un círculo obrero tres años antes: “¿No clamáis por la liberación absoluta de la personalidad individual (del ser humano), como medio de que ésta explaye el caudal de todas sus eficiencias? Pues por la misma razón debéis clamar por la liberación de la Patria (…) Vosotros que aspiráis al comunismo integral, a socializarlo todo, ¿por qué no empezáis a socializar la tierra (la patria)? ¿Es que la socialización de la tierra (la patria liberada bajo poder popular) os iba a impedir alcanzar la socialización absoluta (la sociedad socialista)? ¿No es verdad que al socializar la tierra habríais conseguido la parte principal de vuestro programa?”.

El proyecto de Blas Infante no era por tanto meramente regionalista y reformista, como pretenden hacernos creer, sino soberanista y transformador. Independentista y revolucionario. Algo que constituye una realidad indiscutible pues lo dejo vertido en sus escritos. Ya en la Asamblea Andalucista de Ronda de 1919, él y sus compañeros dejaron plasmados en el Manifiesto de la Nacionalidad la meta: “Declarémonos separatistas de este Estado (el español) que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la libertad”. Así como la vía política para lograrlo: “hacer efectiva la prescripción del artículo primero de la Constitución Andaluza, votada por la Asamblea Federalista de Antequera de 1883, que aspiró a constituir en Andalucía una Democracia Soberana y Autónoma, la cual subvenga exclusivamente a las necesidades desatendidas de este territorio y al progreso particular de sus habitantes (al servicio del pueblo)”. Un proyecto que mantendría a lo largo de toda su vida política.  Pocos años antes de su asesinato, en su texto  sobre Complot de Tablada lo ratificaría: “Nosotros aspirábamos y aspiramos y seguiremos aspirando a la elaboración de un Estado Libre en Andalucía”.

Por tanto, Blas Infante pretendía reconstruir la Andalucía Libre, el Estado Libre andaluz que propugnaba, sobre los basamentos ideológicos y los pilares organizativos de esa Constitución Andaluza elaborada por los revolucionarios cantonalistas del pasado siglo, seguidores de los ideales de la Comuna. Un texto que quedaba resumido, en su intencionalidad, ya en los principios contenidos en su primer artículo: “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior a la de las autonomías cantonales que le instituyen por este Pacto”. En el se proclama la soberanía andaluza como afirmación consustancial  e incondicional a su propia existencia. Equipara autonomía a soberanía, a independencia, pues esa soberanía se hace efectiva a través de la instauración de una república propia que entre sus objetivos primordiales posee el de “asegurar la independencia e integridad del territorio” andaluz. Y estableciendo que esa autonomía no es autorizada, concedida, subordinada o supeditada a ningún Estado Español. Su soberanía le pertenece por derecho propio, y sólo deriva de la voluntad de los propios andaluces. Un pueblo a su vez independiente: ciudadanos libres constituidos en municipios soberanos, que se agrupan en comarcas autónomas, que se federan en una república andaluza popular y socializante, pues posee también como fin declarado “preparar el advenimiento de la verdadera igualdad social, mediante la independencia económica del pueblo”.

Una Constitución Andaluza que además rompe con los principios filosóficos y constructivos de los estados burgueses y sus “democracias representativas”, levantando un andamiaje de poder que no es verticalista, en el que unos pocos “representantes” políticos gobiernan y deciden en nombre de todos, sino una estructura administrativa horizontalista, edificada de abajo arriba, donde el pueblo es el que determina su presente y su futuro de forma efectiva y cotidiana a través del ejercicio de una democracia directa y consejista (“comunal”), al asegurarle “el derecho a la gobernación pública y a la intervención pública por medio del sufragio universal permanente”, mediante asambleas de barrio, los “colegios comunales”, que se coordinan en una “asamblea comunal de ciudadanos” general en donde reside el “poder comunal” (popular) de cada localidad. Estamos por tanto ante una construcción sociopolítica heredera de la Comuna, que también contenía ese carácter “comunal” del poder, y que se adelanta en décadas a otra estructuración administrativa popular asamblearia y consejista, la soviética.

Pero Blas Infante sólo lograría parcialmente su objetivo de intentar concienciar a las clases populares y aunar luchas. Cuando el movimiento andalucista se estaba consolidando en los años veinte quedaría paralizado y disuelto por la dictadura de Primo de Rivera. En cuanto a la unión de las luchas de liberación nacional y obrera logrará atraerse a algunos marxistas y libertarios a la causa, prueba de ello sería la Candidatura Republicana Revolucionaria Federalista Andaluza de 1931, formada por la alianza de elementos comunistas, socialistas y andalucistas, apoyados externamente por anarquistas alienados alrededor del histórico dirigente cenetista andaluz Pedro Vallina, discípulo de Fermín Salvochea, uno de los líderes de la revolución cantonalista, cerrándose así un círculo simbólico entre pasado y presente. Pero los faistas lograrán expulsar de la confederación a Vallina, con lo que los lazos del andalucismo con el sindicalismo revolucionario, en el que se encuadraban entonces tanto anarquistas como comunistas, quedarán cortados. Más adelante surge otra oportunidad con la fundación del POUM en septiembre de 1935, primer partido obrero en pronunciarse a favor de la libración nacional andaluza, y con presencia en el país, pero sólo unos meses después el Golpe de Estado acabará con cualquier eventual posibilidad de conocimiento y acercamiento mutuos. En agosto de 1936 los fascistas asesinan a Infante, liquidando de paso al andalucismo histórico.

La “transición, el 4D y el “autonomismo” español

Tras la muerte del dictador en 1975 el panorama del andalucismo en general y del movimiento de liberación popular andaluz en particular no podía ser más desolador.  La obra política y sociocultural de Blas Infante había sido erradicada con su asesinato. En la cuneta donde fue abandonado por los fascistas su cuerpo también fue arrojada por sus seguidores sus ideas y pretensiones para con nuestro pueblo. Ninguno de los que sobrevivió al golpe levantó la bandera de la lucha o los ideales infantistas durante el franquismo. No hubo confrontación ni resistencia contra la Dictadura de estos andalucistas. El 10 de agosto de 1936 el andalucismo histórico murió junto a su líder, y el recuerdo de ambos se perdió en la memoria andaluza.

Tanto es así que un grupo de intelectuales y profesionales pequeñoburgueses, desconocedores de la obra de Blas Infante y sin el más mínimo interés en aplicar sus políticas de liberación nacional y social cuando muy posteriormente supieron acerca de ellas, logran parapetarse tras una versión caricaturesca de su figura y sus ideas, apadrinados por unos supervivientes de una inexistente Junta Liberalista, que durante cuarenta años nada habían hecho por mantener vivo el movimiento ni activa la lucha, así como por unos familiares de Blas Infante, hasta entonces igualmente mudos, y que no poseían más ligazón con él que el consanguíneo, para justificar políticas regionalistas pro-españolistas y  reformistas pro-capitalistas, a través del PSA, partido que de socialista y andaluz sólo poseía las siglas, y que proponía como proyecto estrella y meta finalista lo que para Infante sólo había sido una mera estrategia coyuntural y circunstancial de mínimos en un momento muy determinado y no extrapolable; un Estatuto de Autonomía.

En cuanto a la izquierda, heredera directa o indirecta, en sus organizaciones o idearios, de aquellos grupos que influenciados por la intelectualidad pequeñoburguesa “progresista” y la “aristocracia obrera” españolistas, que nunca habían entendido la esencia imperialista de España y el estado neocolonial de Andalucía, con la consiguiente interrelación dialéctica entre ocupación nacional y explotación social, y que por ello, con algunas pocas excepciones, ignoró y  menospreció a Blas Infante y sus ideas durante su actividad política, permanecía anclada en idéntica visión analítica errónea, cegadora de la realidad e incapacitadora para su transformación, a lo que había que añadir el hecho del colaboracionismo con el régimen de sus grupos mayoritarios (PSOE y PCE). Sólo un  puñado aislado, descoordinado y muy minoritario de activistas y colectivos de la izquierda andaluza intentaba, e intenta, entre la incomprensión de unos y la marginación del resto, continuar propagando su mensaje libertador e intentando avanzar en su proyecto transformador. Y no es casualidad que los regionalistas e izquierdas colaboracionistas les tachen de “radicales”, “intransigentes” o equivalentes, como antes fueron calificados los comuneros andaluces, en ambos casos igualmente por ser revolucionaros.

Durante el proceso de acuerdos y transacciones entre franquistas y “oposición democrática”, dentro de la cuales desempeñaron un papel trascendental el PSOE y el PCE,  para diseñar la continuidad del régimen ampliado a ellos, la “transición”, a través de efectuarle cambios meramente epidérmicos, la “reforma democrática”, el futuro consensuado para con nuestra tierra era el de mantener inalterada la Andalucía dependiente de épocas anteriores, que permitiesen la perpetuación de las políticas neocolonialistas. Para posibilitarlo resultaba imprescindible conservar al pueblo trabajador en un estado de permanente alienación identitaria y de clase, así como de resignación y quietud sociopolítica. El lograrlo sería el papel encomendado al regionalismo y la izquierda colaboracionista con el nuevo-viejo régimen del 78. Y lo cumplimentaron mediante cuatro elementos; primero implementando esa falsa cultura popular ideada por la burguesía en el XIX, segundo haciéndolo dormitar en el ensueño pequeñoburgues del “mundo feliz” de los “estados del bienestar” y la “justicia social” dentro del Estado opresor, tercero disociando explotación obrera y carencias sociales de la ocupación nacional, y en cuarto lugar apoyando ideas basadas en afirmaciones de compatibilidad entre ser andaluz y español, y de interrelación entre políticas andaluzas y españolas, en las que las primeras sólo eran y son posible a través o junto a las segundas. Estos cuatro elementos siguen hoy formando parte del mensaje esencial del regionalismo y la izquierda colaboracionista, tanto en las viejas fuerzas pervivientes del 78 como en las “nuevas” que aspiran a sustituirlas.

Es en este contexto en que se concebirá aquel  primer 4-D del 77. Sus organizadores, en su inmensa mayoría imbuidos por esas políticas regionalistas y reformistas colaboracionistas, o arrastrados inconscientemente por ellas, no pretendían más que utilizar al pueblo en sus luchas por el poder. Usar los procesos autonómicos para alcanzar sus respectivos objetivos políticos a nivel estatal. Surge así en nuestra tierra la defensa de la “autonomía andaluza”, al igual que la mitología de la “autonomía de primera” para lograr arrastrar a las clases populares, no hacia su consciencia y su libertad, sino hacia el clientelismo de las “organizaciones electoreras”, como tan despectiva como atinadamente definía Infante a los partidos y opciones políticas del Sistema. Pero ocurrió lo inesperado. Aquellas marchas, limitadas por sus convocantes a una mera reivindicación “autonomista” española para facilitarles la obtención de poder, los andaluces las transforman en masiva manifestación de autoreconocimiento y reivindicación de derechos. El pueblo no se condujo como masa dirigible sino como sujeto político. Salieron a la calle pidiendo autonomía y autogobierno, pero para aquel pueblo en marcha esas palabras eran sinónimo de decidir por sí mismos y gobernarse a ellos mismos. Por tanto de soberanía, fuesen o no conscientes de ello. Nada que ver con los significados de mera descentralización administrativa y gestión delegada de gobernación en nombre del Estado Español, que es lo que ofrece el autonomismo español y que es también el significado que le otorgan a “autonomía” los regionalistas y las izquierdas colaboracionistas.

Como afirmaba Blas Infante; “el único centro conspirador verdaderamente eficaz, es la conciencia de un país”. Y los “electoreros” lo sabían. Un pueblo despierto y en pie, “conspirando” como actor protagonista en la lucha por su libertad, era ingobernable, lo que imposibilitaba cumplimentar el plan diseñado para nuestra tierra. Resultaba imprescindible reconducir la situación hacia los cauces previstos, sustituyendo el protagonismo popular por el de los “representantes” y el escenario de la calle por el de los despachos. El plan se concretiza con la firma el Pacto de Antequera del 78, en que se autoimponen llevar a cabo esa canalización, comprometiéndose “a impulsar y desarrollar los esfuerzos unitarios encaminados a conseguir para Andalucía, dentro del plazo más breve posible, la autonomía más eficaz en el marco de la Constitución”. Un pacto que conlleva tres acuerdos esenciales. El primero sustituir al pueblo por los partidos, serán estos los llamados a “impulsar y desarrollar” el proceso. El segundo reducir autogobierno a descentralización y gestión delegada, esa “autonomía más eficaz en el marco de la Constitución”. El tercero, al colocar como límite el “marco de la Constitución”, es realizar una implícita reafirmación de sometimiento a España y acatamiento al mantenimiento de la Andalucía dependiente acordado durante la “transición”. La campaña pro referéndum por el 151 sería la materialización de lo acordado y el “éxito” popular del 28F su triunfo. Un referéndum que no se ganó en las urnas, como sostiene la mitología “autonomista”, se perdió. Sería después, en negociaciones entre políticos “electoreros” y al margen del pueblo, donde se decidirá otorgar la “autonomía de primera” y sus características.

Por otro lado, el autonomismo no es un invento reciente del españolismo. Ese autonomismo español concebido como mera descentralización administrativa y gestión delegada ha sido siempre el penúltimo cartucho en la recamara de los estados españoles cuando peligra su dominio sobre naciones y pueblos. El último es el ejército, como aún se mantiene en la actual Constitución, en la que el Estado Español le asigna la “misión” de “defender su integridad territorial”. Ya en 1893, cuando el imperialismo español veía aumentar el empuje soberanista en sus “posesiones ultramarinas” de Cuba y Puerto Rico, esas cuya posterior independencia le produciría aquella “crisis del 98”, para contentar a sus burguesías y que estas, a su vez, contuviesen a sus pueblos en sus luchas libertadoras, les propuso una “autonomía plena” que atendiese las “necesidades y demandas de la población”, pero con el objetivo real de “conservar íntegra la soberanía de la nación española” sobre las islas. La oferta se concretizaría en 1897 concediéndoles sus respectivas “cartas autonómicas”, equivalentes a los actuales “estatutos de autonomía”. Éstas incluían un Parlamento, la “Cámara de Representantes”, un gobierno, el “Consejo de Administración”, así como amplias capacidades en gestión de impuestos y en competencias sobre asuntos locales. A grandes rasgos la misma tipología de autonomismo que en la Constitución de 1978 contempla el “Estado de las autonomías”.

Por tanto, el autonomismo español no es ni un avance democrático ni una conquista popular, sino un instrumento de continuismo opresor y de contención popular bajo otras fórmulas. Para eso se ideo en el pasado y se sigue utilizando en la actualidad. Una vez más habrá que insistir en que autonomía es sinónimo de soberanía, de independencia, como se recoge en la Constitución Andaluza de 1883. Autonomía sin independencia no es autonomía sino dependencia. Una autonomía reducida mera descentralización de la gestión del poder inalterado de un Estado Español, en la que se actúa en nombre del Estado único, bajo su supervisión y a su servicio, sólo es una nueva denominación y una nueva forma del ejercicio de la ocupación. Hablar de existencia o posibilidad de autonomía real dentro del autonomismo español sólo puede ser fruto de la mayor de las ignorancias o de la más inicua de las traiciones.

Españolismo y alternativa al mismo en la Andalucía actual

El españolismo sociológico impregna a una amplia mayoría poblacional de la Andalucía actual. Ello es indudable e innegable. Pero, como en el caso de la  pretendida “cultura popular andaluza” con la que le mantienen sumergido en el ensueño, su españolidad no ha sido una opción elegida libremente, sino obligada e inducida, por lo que ésta mayoría social no pude ser contemplada y juzgada como responsable de una decisión para la que previamente ha sido condicionada, debiéndose, por el contrario, ser vista y considerada como víctima de una preferencia forzada e inculcada. Sólo son españoles porque “no pueden ser otra cosa”. Porque no les han dejado la más mínima opción de elección al respecto. Porque no les han permitido ni posibilitado ser andaluces a lo largo de los últimos ochocientos años. No hay mayor injusticia que condenar a un afectado por aquello de lo que es un damnificado. De igual manera lo es señalar y aún más menospreciar a un andaluz por su españolismo, inoculado desde la cuna y ante el que se ha encontrado en la más absoluta de las indefensiones, al carecer de elementos con capacidad de contrarrestar los ensueños y desinformaciones a los que ha sido sometido.

Como ya se ha expuesto, el pueblo trabajador andaluz actual desciende de unos antepasados que fueron víctimas del mayor y más global de los genocidios conocidos cometidos contra un pueblo perviviente. Muchos otros han sufrido exterminios físicos e identitarios, pero ninguno de tal magnitud que haya conllevado un completo olvido de sí mismos. A excepción del andaluz, todos los demás, aun sufriendo hasta en mayor medida el aniquilamiento físico y la erradicación sociocultural, sus descendientes se saben pueblo y reconocen como pueblo diferenciado. En ningún otro, a excepción del andaluz, se ha llegado a tales extremos de anulación que, como consecuencia, estos se lleguen a creer incluso formar parte de aquellos que persiguieron y masacraron a sus padres, que les suprimieron y borraron de la historia.

Cuando el imperialismo capitalista español inició el proceso de “españolización” de los pueblos peninsulares para amparar y asentar el Estado único a su servicio propagando el mito “nacional” español, de todos los países bajo su dominio era el andaluz el que se encontraba más desprotegido e inerme ante el desarrollo del mismo, dado los cientos de años de condicionamiento castellanista que le habían precedido. A esto se unió, como ya se ha expuesto, la inexistencia de una gran burguesía propia que lo neutralizara mediante el resurgimiento y potenciación de nuestra identidad diferenciada. Y, para colmo, con la llegada del régimen neofranquista el regionalismo se apoderó del andalucismo, convirtiendo una ideología y un movimiento concienciador y libertador, por tanto antiespañol, en un sucedáneo utilizable como herramienta al servicio de la “España nacional” que asesino a Blas Infante.

Un regionalismo que, como consecuencia de estar construido y dirigido por elementos pertenecientes a esa burguesía auxiliar colonial, ya fuese como clase social o como sector influenciado por ella, no niega la españolidad andaluza, por el contrario, uno de sus leitmotiv ideológicos es convencernos de la misma y de su defensa por parte de Blas Infante, y que reduce su oferta política a obtener mayores grados de gestión en la Andalucía colonial, en la administración “autonómica”, así como a gobernar la dependencia. A ser manijeros del amo. Y todo ello, claro está, sin aludir y eludiendo la opresión nacional y la explotación del Capital. Sin cuestionar el estado de ocupación y señalarlo como origen de las problemáticas sociales y económicas padecidas por nuestro pueblo. Sin hacer nada por despertarlo y levantarlo, al contrario, manteniéndolo entre ensueños de “estados del bienestar”, futuras buenas “autonomías” y aún mejores estados españoles. Traicionándolo en definitiva cada día.

Como en los tiempos de la resistencia a la conquista castellana e Imperial, la lucha de liberación en Andalucía no puede ser interclasista, “transversal” que dirían los “actualizados”, pues la inexistencia de una burguesía autóctona diferenciada y antagónica con respecto a la gran burguesía imperialista española lo imposibilita, y pretender contar con la burguesía auxiliar colonial para esa tarea es tan absurdo como esperarlo de cualquier otro elemento que vive del neocolonialismo y está al servicio de la ocupación. Una lucha de liberación que, además, tampoco puede ser encabezada o conducida por nuestros “Tío Tom”. Esas élites intelectuales y políticas supuestamente “andalucistas” y de “izquierdas”, que se dicen concienciadas con respecto a Andalucía y a su pueblo, pero que forman parte de esas “mentalidades colonizadas” incapaces superar España y lo español. De dejar de mirar a Madrid, a los estados españoles o a su sucursal “autonómica” andaluza. Menos aún por parte de los que conscientemente traicionan a nuestro pueblo con el pretexto de oportunidades y realismos. En definitiva, de todos aquellos que supeditan lo andaluz a lo estatal, o afirman que los intereses andaluces y españoles son complementables o hay que complementarlos. Esos que nos venden como “adaptación a los tiempos” lo que no es más que interés propio, derrotismo y engaño. Esos que son los mismos que defienden e impulsan como identidad y cultura propia todo aquello que forma parte de la falsa cultura popular andaluza inducida e impuesta para mantener la alienación colectiva y la ignorancia identitaria de nuestro pueblo.

La liberación andaluza, la revolución social y nacional en nuestro país, imprescindible e ineludible si realmente pretendemos o aspiramos transformar nuestra realidad, como en cualquier otra colonia contemporánea sólo puede ser emprendida por sus clases populares, por el pueblo trabajador andaluz, único sector social realmente interesado en su libertad y sus únicos beneficiarios. Los únicos que “no tienen nada que perder salvo sus cadenas” en el proceso y si, a cambio, todo por ganar. De ahí que la primera tarea no sea unirse a sus enemigos, a todos aquellos que por una u otra razón pretenden mantenerlo esclavizado a España, sino distanciarse y diferenciarse nítidamente de ellos como etapa inicial a cumplimentar si queremos coadyuvar al despertar de la consciencia popular. Algo que no lograremos mezclándonos con la confusión y menos aun formando parte de ella.

Tenemos que lograr interiorizar en nuestro pueblo aquello que afirma el conocido refrán portugués: “De Espanha nem bom vento nem bom casamento”. Solo así lograremos ponerlo en pie, levantarlo por su tierra y su libertad contra España. Y nunca lo conseguiremos con el apoyo de los “siervos de la casa del señor”, de los “Tío Tom” que les hablan de otras Españas y otras “autonomías” posibles y beneficiosas, sino contra ellos y muy pasar de ellos. Por eso, en lugar de unirnos a los estatalistas y los autonomistas debemos confrontarlos, en lugar de justificar su pretensión de conjugar proyectos y actuaciones andaluzas y españolas hay que denunciar su incompatibilidad y la falsedad de sus afirmaciones al respecto.

Por otro lado, el pueblo trabajador andaluz sufre, a un tiempo, un típico proceso de alienación colonial y un caso singular de genocidio identitario. Otros muchos pueblos han sido conquistados y sus culturas e idiosincrasias perseguidas y prohibidas, pero con ningún otro se ha llegado al extremo de acabar por completo con todas ellas. De erradicarlas de la consciencia colectiva. De lograr no ya que fuesen estas ignoradas sino incluso el hacerles olvidar quienes son y han sido. Desconocer su propia condición de pueblo. Y es esta característica la primera causa de su inmovilidad. ¿Cómo va a luchar por su liberación si ni tan siquiera se sabe y reconoce como pueblo diferenciado y colonizado? Por esta circunstancia Blas Infante impuso a sus actuaciones políticas y a las del andalucismo histórico un alto grado de pedagogía, y la más eficaz u primigenia pedagogía practicable es el ejemplo. La propia coherencia en planes y acciones. Sólo individuos y colectivos andaluces libres pueden impulsar una Andalucía libre. Sólo individuos y colectivos independientes de España y todo lo español; sus estados, sus “autonomías”, sus partidos, etc., podrán contribuir a la independencia popular andaluza.

“Sólo son españoles los que no pueden ser otra cosa”, decía la frase de Cánovas, y la mayoría de los andaluces son un buen ejemplo de ello. Se creen españoles porque no se les ha permitido ni han poseído la posibilidad  de saber lo que son y quiénes son. Porque no se les ha dado otra opción. Porque durante siglos se les ha condicionado y aun hoy se les sigue condicionando. Ese es el origen y porque de su acentuado españolismo. Crear las condiciones socioculturales y políticas para que puedan elegir, para que puedan volver a saberse y sentirse andaluces, separando el grano de la paja, el andalucismo infantista libertador del regionalismo “progre” y la izquierda reformista españolista, así como su identidad, su historia, etc., de la introducida por el españolismo, constituyen la únicas bases sólidas que permitirán iniciar la larga marcha que culmine con la restauración de una Andalucía Soberana. Con la construcción de una República Andaluza bajo el poder y al servicio del pueblo trabajador andaluz.

Por otro lado, poseemos dos clarificadores ejemplos históricos que acreditan el que, por difícil que sea la problemática, por prolongada que sea en el tiempo, por cuesta arriba que se nos haga, por amplio que sea el grado de desclasamiento y desarraigo de nuestro pueblo, por más extendido y absorbente sea el españolismo sociológico inoculado, revertir la situación es aún posible. Uno de ellos es el movimiento cantonalista de 1873 y su declaración de independencia nacional y social tras cerca de setecientos años de opresión y alienación, y otro el de las masivas manifestaciones del 4D de 1977 exigiendo autogobierno tras cerca de ochocientos. De los continuadores del camino emprendido por Blas Infante y el andalucismo histórico, de las izquierdas andaluzas coherentemente independentistas y revolucionarias, de su trayectoria y perseverancia, dependerá el convertir esa posibilidad cierta en una realidad palpable.

Recordemos las palabras del Padre de la Patria Andaluza: “Yo sé que el camino es largo, lleno de incomprensión y dificultades; pero sabed que a cada hombre que le hagáis llegar a conocer la historia de Andalucía, la personalidad de sus gentes, la manera de ser y de entender la vida, y la forma sobre todo de expresarla y desarrollarla, será una piedra firme de ese edificio que entre todos los andaluces, sin política falsa, sino con actuación legítima del querer hacia el pueblo, tenemos que levantar limpiamente y hacerlo relucir, con los valores que son propios de nuestra cultura, para ejemplo de esta humanidad perdida, hoy, en el caos de su conformismo. Será entonces, cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia y esencia, cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad, tan diferente de aquella que tratan de imponernos y, en cierta forma, la han hecho asimilar a nuestro desgraciado pueblo, indefenso y perdido, entre ambiciones de todo tipo: económicas, políticas y hasta culturales, tratando de matar previamente la nuestra.”

Francisco Campos López