Miércoles 14 Noviembre 2018

Paralelo 36: 36 vueltas a la noria. Contra el fraude del “andalucismo” autonomista y constitucionalista

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El artículo que sigue fue originariamente publicado en el número 51 la revista INDEPENDENCIA -editada por Nación Andaluza- en abril de 2010. La coyuntura política presente lo mantiene -por desgracia- plenamente vigente y por eso tras su aparición en aquella revista en formato papel volvemos a publicarlo en formato digital en la Revista de Pensamiento Andaluz para nuestras lectoras.51 portada chica

Recuerdo aquel 4 de Diciembre de 1977 en Andalucía. En realidad recuerdo los dos. Porque hubo dos 4 de Diciembre, el “oficial” y el popular. Desde la muerte del Dictador, algo se removía en el inconsciente colectivo de los andaluces. Tras siglos de condicionamiento y persecución, y tras la interminable pesadilla fascista, nuestra identidad silenciada y adormecida, nunca desaparecida, parecía pugnar por volver a ser. Y aquel 4 de Diciembre despertó del letargo y eclosionó. Desde semanas antes era imposible mirar a una sola fachada sin ver una albonaida, la inmensa mayoría de confección casera. Con independencia de las pretensiones de los convocantes, al margen del control de los mismos y el seguimiento de sus consignas e intereses, apropiándose del día, haciéndolo suyo y transformándolo en expresión popular, dos millones de andaluces se echaron a las calles, de nuestras poblaciones y de aquellas otras naciones del exilio económico a las que les obligaron a emigrar, en una explosión de reconocimiento y un grito de libertad. Solo había banderas verdiblancas o rojas. Ante la exhibición de una española, tronaba la exclamación de: ¡solo queremos, banderas andaluzas! Cuando el españolismo pretendió reventar la sevillana, tuvo que intervenir la policía para protegerlos, dado el ímpetu decidido y combativo del pueblo andaluz. Ese: ¡a por ellos!, de la multitud en pleno. Esa combatividad que se derramó en Málaga a través de la sangre de un joven andaluz, Manuel José García Caparrós.

¿Qué fue de todo aquello? ¿Cómo ha sido posible pasar de aquel multitudinario 4 de Diciembre del 77 a este otro del 2009, en que apenas unos centenares de andaluces celebraron públicamente su Día Nacional. En el que solo se vieron algunas banderas aisladas y perdidas en ventanas y balcones. ¿Cuál es la razón? ¿Que ha posibilitado ese retroceso constante e indiscutible de aquel renacimiento identitario en estas tres décadas? En su ignorancia o desfachatez, haciéndole una vez más el juego al españolismo, muchos de los autocalificados como “andalucistas” e incluso más de un nacionalista sincero pero carente de perspectiva histórica, achacan al propio pueblo la responsabilidad, desesperándose por la desidia generalizada, sus predilecciones políticas y sus decisiones electorales. Y cuando no es a éste, señalan al “régimen del pesebre” instaurado por el PSOE como culpable. ¿Tienen razón? ¿Es nuestro propio pueblo el responsable de la situación? ¿Lo es el régimen? ¿Qué régimen? ¿Ambos? ¿Y nosotros, los que nos rasgamos las vestiduras?, ¿cual es el papel de los propios nacionalistas?, ¿somos solo “sufridores pasivos” o nos corresponde alguna cuota de responsabilidad? ¿Y los “andalucistas”, forman parte de la solución o del problema?

En “Paralelo 36”, “espacio de pensamiento” digital del nuevo-viejo “andalucismo”, podéis leer una editorial que es una esclarecedora muestra-resumen de esa antigua-actual filosofía “andalucista”. Se titula: “La dignidad de Catalunya, la de Andalucía y la del Tribunal Constitucional”(se puede leer aquí), haciendo referencia a aquella otra que el pasado 26 de Noviembre publicaron conjuntamente los periódicos catalanes: “La dignidad de Catalunya”. La editorial en cuestión es de suma utilidad para comprender, no solo esa ideología supuestamente nacionalista, sino también para visualizar el papel que desempeñó y desempeña en Andalucía. De su contribución a que el Sistema lograse entonces y mantenga incólume aún hoy su dominio sobre nuestro pueblo. Y es que este “andalucismo”, el de entonces y el de ahora, el de siempre, el que deambula por nuestra tierra “sonado” y dando tumbos desde hace más de treinta años, sigue empecinado en salir del agujero en el que sus propias contradicciones le hicieron caer, escarbando más hondamente en él. No obstante, algo han adelantado, al menos sus subconscientes han detectado el problema. Al fin y al cabo, un paralelo geográfico no es más que un círculo imaginario proyectado sobre un dibujo que interpreta la realidad, un mapa. Que magnifica síntesis: un pensamiento sustentado en una proyección irreal de lo andaluz que les hace “avanzar” en círculo. Como los animales atados a la noria.

Pero antes de hablar acerca del contenido editorial, dado el batiburrillo ideológico de ese variopinto mundillo que forman los autocalificados como “andalucistas”, y teniendo también en cuenta la magnitud de la epidemia de confusionismo, en ellos originada y por ellos propagada, para poder analizar algunos aspectos del texto y extraer las lógicas consecuencias, tendremos previamente que recordar principios tan básicos, pero tan difusos y difuminados en sus mentes, como los conceptos de nación y región, estado, federación y confederación, o a las sustánciales diferencias entre nacionalismo y regionalismo político. Incluso realizar un repaso a esta “España constitucional” y a este “estado de las autonomías”. Y hacerlo, no según opiniones suyas o nuestras, sino a partir de lo que la propia la Constitución y el Estatuto andaluz, exponen y declaran.

De entrada, habrá que distinguir entre dos términos que no poseen la más mínima relación entre ellos, ni en significados ni en objetivos; el de regionalismo y el de nacionalismo. Un regionalista es aquel que afirma la existencia de peculiaridades específicas en una zona determinada de una nación y pretende defenderlas, así como los correspondientes intereses de dicha parte del país en el seno de sus instituciones. Regionalista andaluz sería el que afirmase la existencia de peculiaridades específicas en una zona de España, Andalucía, y pretendiera defender esas especificidades e intereses de Andalucía en el seno del Estado Español y frente a los de otras partes (regiones). Un nacionalista, por el contrario, no afirma ni defiende peculiaridades o intereses de una parte de una nación, sino que considera que el territorio detentador de dichas peculiaridades e intereses es una nación. Un nacionalista andaluz será, no el que afirme especificidades y defienda intereses de Andalucía, en el seno de las instituciones y frente a otras zonas españolas, sino el que considera que Andalucía es en sí un todo detentador de dichas peculiaridades y poseedor de dichos intereses, una nación. El que defiende peculiaridades e intereses de su nación frente o con respecto a otras naciones, no dentro de ninguna. Para un regionalista Andalucía es una parte de la nación, para un nacionalista Andalucía es la nación. Si para un regionalista Andalucía es una parte de España, para una nacionalista es una realidad distinta a España. Para un nacionalista andaluz Andalucía no es ni puede ser parte de España. No existen ni pueden existir las naciones “plurinacionales”. No hay ni puede haber naciones compuestas por otras naciones. Una nación empieza donde otra termina. Donde hay nación española solo puede haber nación española y donde hay nación andaluza solo puede haber nación andaluza. Y dado que un pueblo es el conjunto social que habita una nación, que conforma y es conformado por ella, en Andalucía solo hay pueblo andaluz. Desde una óptica nacionalista, solo somos y solo podemos ser Andalucía y andaluces. Solo para un regionalista andaluz es posible compatibilizar Andalucía y España, ser andaluz y español, pues solo compagina la parte con el todo.

Siendo incuestionable que no puede existir una “nación de naciones”, o un “pueblo de pueblos”, no obstante, es cierto que si hay o puede haber estados conformados por varias naciones: estados plurinacionales. Estados si, pero nunca naciones. Un Estado no es, o no debería ser, más que la estructuración social y organización administrativa que se da a si mismo un pueblo para regir su convivencia colectiva y dirigir su nación. Varios pueblos pueden decidir aliarse de forma estable e indefinida, coordinándose mediante una estructura social y administrativa común, un “estado de estados” o “estado de naciones”, nada que ver con la “nación de naciones”. Pero, para que dichos pueblos y naciones puedan acordarlo y realizarlo, la condición sinecuanon previa es su propia preexistencia y reconocimiento. Para pactar entres si, para que tan siquiera puedan hacer algo como tales, antes tendrán que ser. Y para que puedan tomar esa decisión tendrán que poseer, también previamente, posibilidad real de determinación al respecto, plena capacidad de acción y elección sobre sí. En derecho internacional, tanto a una como otra posesión se las denomina soberanía. Una nación es, existe y es reconocida, cuando esta constituida en estado soberano y un pueblo tiene y puede practicar su capacidad de acción y elección sobre si, cuando detenta y ejercita su soberanía. Los estados plurinacionales los constituyen pueblos y naciones existentes y reconocidas, conformadas en estados, y que en el ejercicio de su libertad real y plena de acción y elección, de su soberanía, deciden crearlos o formar parte de ellos. Andalucía, la nación andaluza, el pueblo andaluz, podrían crear o formar parte, junto a otras/os, de un Estado plurinacional, pero para ser naciones y pueblos constituyentes, obviamente, tanto Andalucía como el resto tendrán que ser previamente naciones y pueblos reconocidos y en posesión de su soberanía, ser estados libres que la detentan y ejercitan. Y ese “estado de estados” común, esa estructura administrativa compartida resultante, tampoco podría ser ya un estado único o unificado, sino una conjunción de ellos. Una unión estados. Ese posible pacto entre el Estado Andaluz y otros estados soberanos, no podría conllevar la formación de un Estado Español, con independencia de su “forma de estado”, monárquica o republicana, o de su estructuración interna, centralista o descentralizada, federal o confederal. No podría ser nunca una “España constitucional” u otra “república española”, sino una unión federal o confederal de estados constitucionales o republicas, que no es ni puede ser lo mismo o semejante.

Resumiendo: un regionalista andaluz será el que crea que Andalucía es una parte o región, con características propias, que forma y debe formar parte de un todo: España o el Estado Español. Que aspira a defender y a lograr que se tengan en cuenta sus intereses y necesidades. Que no sea “menos que nadie” en el conjunto de la nación o el estado. Que haya igualdad, equidad y equilibrio entre las distintas partes de España. Un nacionalista andaluz será aquel otro que considera que Andalucía no es una parte o región de nada, incluida España, sino una totalidad en sí, una nación. Que pretende defender y lograr que, como todas las naciones del Planeta, Andalucía tenga derecho a pertenecerse, a ser y existir como ella misma y por ella misma. A ser reconocida y ejercer como tal nación. Su meta no será velar por los intereses y necesidades de Andalucía en España o su Estado, sino frente a España y al Estado Español. Alcanzar el que sea una nación jurídicamente existente y reconocida: un estado soberano. ¿Donde encaja más el discurso “andalucista”, en el regionalismo o en el nacionalismo?

En cuanto a la “Constitución del 78”, lo primero que hay que decir de ella es que, al revés que los andalucistas, no se anda por las ramas y proclama desde su preámbulo su españolidad, el nacionalismo español bajo el que se conforma. Comienza con estas palabras: “La Nación española (…), en uso de su soberanía, proclama”. En su primer artículo aclara si España y Estado Español son o no términos equivalentes. Afirma el apartado 1: “España se constituye en un Estado”. Son lo mismo. Sobre el origen de la soberanía, su apartado 2 indica: “La soberanía nacional reside en el pueblo español”. Solo “reside”, el origen está en la propia España, que la “usa” porque es “suya”. Y, por si quedase alguna duda con respecto a la intencionalidad de todo lo anterior, el artículo 2 subraya que: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible”. Ante todo y por encima de todo: España. Incluso el reconocimiento y garantía del “derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran”, vienen expuestos a continuación y en clara dependencia de esa declaración de españolidad. España no nace de un pacto voluntario, ni es un mero estado, es una realidad nacional preexistente. Ella, la “Nación Española”, es el objeto de la constitución y el sujeto constitucional que “proclama” y que “en uso de su soberanía” “se constituye en Estado”. Y solo por su propia voluntad y dentro de esa unidad e indivisibilidad, se admiten “nacionalidades” y regiones, pero no hay ni puede haber más “nación” que España. El resto no son ni pueden ser más que partes de ella. El término “nacionalidades” solo se traduce como circunstancia del pasado, como “históricas”, “provincias con entidad regional histórica” (Art.143) o “identidad histórica” (Art.147). Hoy solo hay y puede haber una nación: España. Y la referencia a las “nacionalidades” se hace solo a afectos prácticos, como indicador de cantidades y grados competenciales delegables al que tienen derecho precisamente por ser “partes del territorio español” (Art.138). Por eso exclusivamente se las menciona como tales al especificar las distintas posibilidades de descentralización y gestión administrativa. Las “autonomías”, incluidas las “históricas”, son España. Es el propio Estado, España, el que “se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las Comunidades Autónomas” (Art.137), y solo en el ámbito de la “Patria común” se reconoce el derecho a la “autonomía”. Las “autonomías” solo son apéndices del Estado Español, que “se organiza territorialmente” en “comunidades autónomas”. Y dado que el Estado es la propia España, puesto que es ella la que se constituye en Estado, todo el Estado, incluidas sus “comunidades autónomas”, constitucionalmente son “Nación Española”.

Veamos ahora el llamado “Estatuto de Autonomía para Andalucía”. Desde un principio, también desde su mismo preámbulo, subraya su estricta españolidad: “Nuestro valioso patrimonio social y cultural es parte esencial de España, en la que los andaluces y andaluzas nos reconocemos”. Pero llega a más: “es cuando Andalucía expresa su identidad como pueblo a través de la lucha por la autonomía plena. En los últimos 25 años ha vivido el proceso de cambio más intenso de nuestra historia y se ha acercado al ideal de Andalucía libre y solidaria por la que luchara incansablemente Blas Infante”. Y todo ello “en el marco de la unidad de los pueblos de España”. Nuestra identidad no se expresaría siendo nosotros mismos y viviendo por nosotros mismos, soberanos e independientes, sino siendo dependientes de España, sometidos al Estado Español. Además, manipula la figura y obra de Blas Infante, bajo la apariencia de homenajearlo y reconocerla. El y su lucha por una Andalucía libre quedan reducidos a un simple anhelo de una España descentralizada y una Andalucía “próspera”. Pero vayamos a su articulado. Basta leerlo para ver el españolismo esencial y la dependencia de su “autonomía” y su “autogobierno”. El primer artículo dice que Andalucía “se constituye en Comunidad Autónoma en el marco de la unidad de la nación española y conforme al artículo 2 de la Constitución”. España es la nación y Andalucía solo parte de ella ¿Y que dice ese artículo 2?, pues que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”, imposibilitando cualquier grado de soberanía a los andaluces. Y recordad que solo “reside”, pertenece a la “Nación Española”, y que el Estado Español es aquello en lo que España “se constituye”. “Autonomía” no es capacidad de actuación independiente, ni “autogobierno” capacidad de gobernarnos. En un retorcimiento del lenguaje propio de la “neolengua” predicha por Orwell, pasan a significar su contrario. “Autonomía” dependencia y “autogobierno” ser gobernados. ¿Y de que dependemos?, ¿quien nos gobierna?, pues quien tiene poder sobre nosotros, quien impone los límites, los “marcos” y “conforme”: España. Cierto que, en su artículo 3, declara que “los poderes de la Comunidad (…) emanan de la Constitución y del pueblo Andaluz”, pero mientras lo primero es indiscutible, y ya vimos que Constitución quiere decir España, la referencia al pueblo andaluz no deja de ser una burda falacia. Un pueblo sin libertad colectiva, carente de la posesión y el ejercicio de su soberanía nacional, es un pueblo sin “poder”. ¿Cómo va a “emanar” de él, como va a dar o usar, aquello de que carece?

Volviendo al mencionado editorial de “Paralelo 36”, analizar y comentar, uno por uno, la enorme cantidad de disparates que contiene, obligaría no a realizar un artículo sino toda una tesis doctoral. No se si de historia, de psicología o, más probablemente, de ambas. Por eso me permitiréis centrarme en algunos puntos concretos, aquellos que ejemplifican más nítidamente el carácter colaboracionista, regionalista y españolista, del pensamiento y las estrategias “andalucistas”. Y empecemos por una curiosa afirmación: “No nos preocupa tanto el hecho de que Catalunya sea o no una nación (…), sino sobre todo que el TC se comporte de manera nacionalista (españolista) y no constitucional, como sería deseable”. ¿Es que, acaso, cabe otro “comportamiento” constitucional que no sea el nacionalista español? Ya hemos visto que es la propia Constitución la “nacionalista (españolista)”. Recordemos que las primeras palabras de ella son: “La Nación Española (…) en uso de su soberanía,”. Es ella la que parte de una Nación Española, justificando y amparando su propia existencia también en la voluntad soberana de esa nación española. Más aún, la prevalencia y perpetuación esa nación es su fin: “se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible”. ¿Pidiéndole que no se comporte de manera nacionalista españolista, quieren que actúe contra la Constitución, o engañar sobre su naturaleza?

Después lamentan que: “Parece que los temas centrales que mayor discordancia generan en el interior del TC no son los relativos a financiación, sino los relativos al derecho y el deber de conocer la lengua catalana, la articulación del poder judicial en Catalunya y los relativos al uso del término nación. (…) una parte significativa del TC está optando por posiciones nacionalistas españolas que cercenan no sólo la complejidad antropológica de una nación de naciones como España, sino peor una de las opciones básicas del constituyente de 1978”. Para ellos lo importante es “si la financiación autonómica puede ser innovada de manera bilateral y que ganamos o perdemos los andaluces”. No es trascendente la lengua, la justicia o el reconocimiento nacional, sino la financiación. No entienden como otros no la antepongan. Y no lo entienden desde la plena asunción de la españolidad. Su andalucismo no equivale a nacionalismo andaluz sino a regionalismo estatalista español. Afirman formar parte de una “nación de naciones”: España. La nación es España, las “naciones” quedan reducidas a trozos de la suma: regiones. Sigamos: “Nos gustaría discutir, por ejemplo, la articulación de una relación bilateral entre el Estado y la Generalitat; discernir y discutir (…) si este modelo confederal es o no contrario al modelo federal-plurinacional que nosotros defendemos”. Claro, entre regiones solo cabe multilateralidad e igualdad en el seno de la nación. Y piden su inhibición del TC con base a: “la consideración de los estatutos no como ley, sino como constitución. Consideración conforme con los modelos federales más antiguos”. Aplicar una interpretación “confederal” o “federal”, a esta constitución, a este Estado, o pensar que la Constitución lo permite, solo puede ser ignorancia o engaño. Las federaciones, lo son no por el grado de competencias o el tipo de relaciones entre las partes, sino por ser el resultado de una unidad libre entre naciones y estados soberanos preexistentes. Las naciones y los estados soberanos crean estados federales o confederales, dando competencias y autonomía al estado común resultante, no al revés. Y según las competencias y relaciones entre ellos, y entres estos y la estructura común, así como la prevalencia o no de la común sobre los constituyentes, se podría hablar de federación o confederación. El “estado de las autonomías” no es ni puede ser federal. No hay naciones o estados constituyentes. España es la única nación, y el Estado crea las autonomías, que forman parte de él. “El Estado Español se organiza territorialmente en (…) Comunidades Autónomas”.

Pero continuemos su argumentación, el TC: “Podría interpretar que la alusión a la nación catalana del preámbulo del Estatut es declarativa y no constitutiva, descriptiva y no normativa. (…) podría interpretar que el adjetivo “nacionales” del artículo 8 del Estatut es el derivado de “nacionalidad” sustantivo de segundo grado claramente constitucional (porque todavía no se puede decir símbolos “nacionalidades”). Y parece que no lo va a hacer, sino que se va empeñar en la afirmación de que hay un sujeto de la Constitución que es la nación española, previa y superior a la misma idea de constitución y excluyente de cualquier otra nación como la catalana o la andaluza”. Vemos que la “solución” propuesta es que el TC se engañe y engañe, y que, además, los catalanes se conformen con un reconocimiento ficticio y huero. Pero si proponen subterfugios interpretativos es porque, en el fondo, saben que si el término nación y el adjetivo “nacionales” son traducidos claramente por lo que realmente son y significan, no cabría más interpretación que esa que temen. Se evidenciaría que, efectivamente, solo puede haber y solo “hay un sujeto de la Constitución que es la nación española, previa y superior a la misma idea de constitución y excluyente de cualquier otra nación”. Y entonces tendrían un gran problema, pero no los catalanes o los andaluces, sino ellos mismos, los “andalucistas”, porque ya no podrían seguir jugando a la ambigüedad calculada, compatibilizando andalucismo y españolismo. A la “nación de naciones”, al soy nacionalista andaluz pero dentro del “federal” “marco constitucional”.

Concluyen el párrafo afirmando: “Este previsible cerrojazo institucional viene de lejos. Blas Infante lo repudiaba y lo llamaba el principio de las nacionalidades: la idea en virtud de la cual cada nación tiene un estado”. ¿Cabe mayor regalo al españolismo? ¿Es posible embarrar más la memoria de Blas Infante y su lucha por una Andalucía libre? Total, que quien dijo, con respecto a sí y su movimiento, cinco años antes de ser asesinado: “seguiremos aspirando a la elaboración de un Estado Libre de Andalucía” y que mediante el pretendía una “Andalucía soberana constituida en democracia republicana”, según ellos, repudiaba el que cada nación tuviese su estado, ¿se referiría a otras, no?, porque con respecto a esta nación, a Andalucía, lo tenía claro. Pero no nos engañemos, se trata de lo de siempre, utilizar a Blas Infante para justificar ese eterno juego del si pero no, envuelto en frases descontextualizadas de Infante, interpretadas retorcidamente, convirtiendo su pensamiento en un sucedáneo aceptable y asumible para el españolismo: una filosofía antinacionalista (su nacionalismo “no nacionalista”), antisoberanista (nacionalismo “cultural”, “universalista” y sin aspiración a estado) y muy español (Andalucía como esencia de lo español). Si quedasen dudas, leed este broche final: “España se viste de Andalucía, tal vez porque no pueda vestirse de otra cosa. El caso es que España es Andalucía y no se ve tan claro lo contrario”. Sobran comentarios. Atreverse a decir tales barbaridades, independientemente de la intención, conlleva tener de nacionalistas lo que Andalucía tiene de España y España de Andalucía: nada. Evidenciando la complicidad asumida con el proyecto español.

¿Y tras todo esto, aún os preguntáis los porqués de esta Andalucía? Leed y escuchad a estos supuestos “nacionalistas” y encontrareis todas las respuestas. Andalucía y el pueblo andaluz están como están gracias a la inestimable contribución “andalucista” al proyecto de perpetuación del sometimiento nacional y la alienación popular. No son los “partidos centralistas” los culpables. Los españolistas se han limitado a hacer su trabajo: españolizar Andalucía, apuntalar el status quo estatal. El de desespañolizar, el de cambiar Andalucía, les correspondía y corresponde a los nacionalistas. Si, los mayores responsables son esos que entonces y ahora practican ese andalucismo superficial y acomplejado, ese “nacionalismo light” y “políticamente correcto”, siempre miedoso, pusilánime y pacato. Siempre ansioso de ser aceptado por el Sistema y formar parte del poder. Los que no mantuvieron entonces y reniegan hoy del protagonismo popular. Los que sustituyeron la calle por los despachos, trasmutando la lucha por derechos en “pactos” y votos. Los que con sus palabras y actos ayudaron al enterramiento del despertador 4-D y al advenimiento del adormecedor 28-F. Los que acataron y hoy aún defienden el trueque del sueño transformador de una Andalucía libre, soberana, por la realidad sometida de esta Andalucía española, la “autonómica”. Los que aceptaron la nación negada, embrutecida, paralizada, instrumentalizada, sumisa y corrompida que conllevaba. Los que coadyuvaron ayer y hoy, al engaño del pueblo, equiparando autogobierno con una inicua autogestión administrativa delegada de competencias, y “poder andaluz” con el mero hecho de ser gobernados por partidos andaluces, o sea por ellos. Todos estos “aciertos” suyos, han contribuido, y aún hoy suponen contribuciones esenciales, a la desarticulación nacional y al letargo popular contemporáneo. Sin su acatamiento y participación, el nacimiento y asentamiento del “régimen” en Andalucía, su particular chivo expiatorio, hubiese sido imposible. Porque el “régimen” no es una persona o partido, es su “Andalucía autonómica” y su “España constitucional”. Concluyendo, que si algo demuestran sus planteamientos, estrategias y trayectorias es que este viejo-nuevo pseudo-andalucismo autonomista, regionalista y españolista, el de ayer y el de hoy, ha constituido y constituye el gran obstáculo para la recuperación identitaria, el levantamiento popular y la liberación de Andalucía.