Lunes 22 Octubre 2018

¿Unidad “amplia” de la izquierda o unidad revolucionaria y antirreformista? La confrontación con la socialdemocracia como parte de una estrategia revolucionaria frente a la crisis capitalista

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Uno de los errores más comunes en los que se incurre, desde sectores de la izquierda revolucionaria, es considerar a la derecha como el único enemigo de los trabajadores y a la socialdemocracia como su aliado natural. Unos hermanos descarriados a los que hay que reconducir, mediante la “unidad”. Y que ésta “unidad” con el reformismo, resulta aún más imprescindible en época de crisis. Pero analizando el pasado siglo, veremos obreros fabricaque la ideología del Sistema, aquella que a salvaguardado los intereses del Capital, conteniendo y desviado a la clase obrera de los suyos, ha sido la socialdemócrata. La derecha solo ha sido el señuelo necesario para asustar a las masas, empujándolas en brazos del reformismo populista. Ese: “¡que viene la derecha!”, ha sido la trampa argumentativa esgrimida por sus voceros, para reforzar el poder reformista sobre los trabajadores y hacer realidad sus proyectos de “capitalismo con rostro humano”, la: “sociedad del bienestar”. Socialdemócrata ha sido el colchón social amortiguador, utilizado por el Capital para obtener tiempo y protección para su recuperación, en momentos de crisis cíclica. Solo en periodos de bonanza, cuando el reformismo es innecesario o si ha fracasado respecto a dichos propósitos, aparece como relevo y, en situaciones pre-revolucionarias, su versión más brutal: el fascismo.

El de socialdemócratas, fue el primer adjetivo que se dieron a sí mismos los revolucionarios decimonónicos. Tanto marxistas como proudhonianos o bakunistas lo utilizaron como sinónimo de poder popular efectivo: la democracia social. El régimen colectivista, equitativo e igualitario al que aspiraban, en contraposición a la democracia solo aparente o meramente formal, al servicio de la burguesía. Las diferencias entre ambas eran meramente estratégicas y tácticas. Fundamentalmente de procedimientos, metodología y plazos. Por el contrario, todas esas tendencias compartían, además de dicha meta común, por un lado el constituirse en alternativas al Sistema y, por otro, el pretender su sustitución. No luchaban por “mejorar” la sociedad democrático-burguesa, ni esperaban su evolución hacia formas más “participativas”, la combatían frontalmente. Su meta era su completa erradicación y su sustitución por otra radicalmente opuesta, tanto en sus basamentos como en valores conformadores.

Una de esas diferenciaciones, estaba constituida por el posicionamiento con respecto a la participación en las instituciones y la lucha por mejoras concretas. Mientras que los libertarios eran radicalmente contrarios, los marxistas sostenían una posición positivista con respecto a la utilización de los resquicios del Sistema y, por tanto, favorable. Pero su concepción de la participación y la lucha por “mejoras” era de carácter “oportunista” o “entrista”, instrumental y circunstancial, no finalista. Se trataba de usar ambas como métodos de combate. Como palanca de agitación y desestabilización. Pronto, sin embargo, nacieron en su seno partidarios de praxis “moderadas” o “realistas”, que abogaban por el encauzamiento de la lucha dentro de los cauces establecidos, no de forma ocasional o táctica, sino como medio para alcanzar los fines. En el primer tercio del siglo XX, dichas facciones habían adquirido tal grado de control sobre el movimiento socialista, que “socialdemócrata” paso, de ser sinónimo de ideología transformadora a equivalente a contrarrevolucionario. Fue Lenin quién encabezo la batalla contra este desviacionismo. En uno de sus más conocidos textos de aquella época, el artículo: “Marxismo y reformismo”, sintetiza, no solo las diferencias entre ambas concepciones sociales, sino el carácter contrapuesto de sus metas y el peligro del seguimiento y dirección reformista de los trabajadores.

Comienza declarando que “los marxistas admiten la lucha por las reformas, es decir, por mejoras de la situación de los trabajadores que no lesionan el poder, dejándolo como estaba, en manos de la clase dominante”. No obstante, inmediatamente después, añade: “Pero, a la vez, los marxistas combaten con la mayor energía a los reformistas, los cuales circunscriben directa o indirectamente los anhelos y la actividad de la clase obrera a las reformas”. He aquí la primera diferencia fundamental: la reforma como un medio más, útil o no dependiendo de que acerque la revolución, o como un fin que la aleja y sustituye. Por eso subraya que “El reformismo es una manera que la burguesía tiene de engañar a los obreros, que seguirán siendo esclavos asalariados, pese a algunas mejoras aisladas, mientras subsista el dominio del capital”.

Esa es la razón de que los revolucionarios no deban buscar la unidad con la socialdemocracia, sino combatirla. Porque sus teorías y tácticas no cuestionan ni hacen cuestionar al Capital sino que lo refuerzan y perpetúan. “Cuando la burguesía liberal concede reformas con una mano, siempre las retira con la otra, las reduce a la nada o las utiliza para subyugar a los obreros, para dividirlos en grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores. Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros han salido burlados siempre que se han confiado a los reformistas”.

Más adelante aclara la posición revolucionaria con respecto a las reformas en sí. Condicionada a su utilidad instrumental como herramienta agudizadora de las contradicciones de clase: “Por el contrario, si los obreros han asimilado la doctrina de Marx, es decir, si han comprendido que es inevitable la esclavitud asalariada mientras subsista el dominio del capital, no se dejarán engañar por ninguna reforma burguesa. Comprendiendo que, al mantenerse el capitalismo, las reformas no pueden ser ni sólidas ni importantes, los obreros pugnan por obtener mejoras y las utilizan para proseguir la lucha, con más tesón, contra la esclavitud asalariada. Los reformistas pretenden dividir y engañar con algunas dádivas a los obreros, pretenden apartarlos de su lucha de clase. Los obreros, que han comprendido la falsedad del reformismo, utilizan las reformas para desarrollar y ampliar su lucha de clase”. Afirma que el porqué de la intransigencia frente al reformismo y la negación de las reformas como hechos objetivos, obedece a que “Cuanto mayor es la influencia de los reformistas en los obreros, tanto menos fuerza tienen éstos, tanto más dependen de la burguesía y tanto más fácil le es a esta última anular con diversas artimañas el efecto de las reformas.

Por último, desglosa las características del reformismo. Primero: “Ha suprimido o relegado precisamente lo que no cabe en el marco de las reformas”. Segundo: “pospone (…) las reivindicaciones no reformistas, en vez de sacarlas a primer plano y colocarlas en el centro mismo de la agitación”. Tercero: “Al negar y rebajar “lo viejo”, queriéndose desentender de ello, los liquidadores se limitan al reformismo”. Cuarto: “El movimiento económico de los obreros provoca la ira (…), toda vez que se vincula con consignas que van más allá del reformismo”. Y concluye: “¿Qué vemos en definitiva? De palabra, los liquidadores rechazan el reformismo como tal, pero de hecho lo aplican en toda la línea. Por una parte nos aseguran que para ellos las reformas no son todo, ni mucho menos; mas, por otra, siempre que los marxistas van en la práctica más allá del reformismo, se ganan las invectivas o el menosprecio de los liquidadores. (…) “el reformismo significa en la práctica renuncia al marxismo y sustitución de esta doctrina por la política social burguesa.

Se observa el esquema que permite distinguir una política reformista, en contraposición a otra de carácter revolucionario. El socialdemócrata relega “lo que no cabe en el marco de las reformas”. El revolucionario, “las reivindicaciones no reformistas”, pretende “sacarlas a primer plano y colocarlas en el centro mismo de la agitación”. El socialdemócrata se justifica al “negar y rebajar lo viejo”; es un “renovador”, un “realista”, un “positivista”, “un adaptador a los tiempos”, etc., que oculta, mediante este tipo de enmascaramientos, un revisionismo que excluye toda praxis transformativa: “se limitan al reformismo”. Para un socialdemócrata todo movimiento de los trabajadores, más allá del reivindicativo economicista, en ellos “provoca la ira”, porque conllevan “consignas que van más allá del reformismo”. Un socialdemócrata no se define por sus teorías, pues algunos incluso dicen, e incluso puede honradamente creer, que “rechazan el reformismo como tal”, sino por sus actos: “de hecho lo aplican en toda línea”. También es distinguible por su actitud ante el revolucionario: “siempre que los marxistas van en la práctica más allá del reformismo, se ganan las invectivas o el menosprecio de los liquidadores”.

Lenin nos ha aclarado, primero que es una reforma: “mejoras de la situación de los trabajadores que no lesionan el poder, dejándolo como estaba, en manos de la clase dominante”. Y, después cual es la actitud de un marxista- leninista con respecto a las mismas: “pugnan por obtener mejoras y las utilizan para proseguir la lucha, con más tesón, contra la esclavitud asalariada”. Las reformas o mejoras, la propia actividad institucional, no son ni pueden ser un fin, sino solo un posible medio más de lucha. Esa es la línea divisoria entre una política reformista y otra revolucionaria. Esa misma diferencia es la que puede determinar la calificación de socialdemócrata o anticapitalista para una estrategia determinada. La de si las propuestas y estrategias de que se traten suponen asentar el Sistema o ahondar en sus contradicciones. Si acelerarán la caída del mismo o lo apuntalarán. Si “ayudan a la gobernabilidad”, lo estabilizan, o ahondan en la desgobernabilidad, lo desestabiliza. Y es que la diferencia esencial entre un revolucionario y un reformista está en que mientras el primero pretende acabar con esta sociedad el reformista pretende mejorarla.

El revolucionario parte de la base de que el Sistema es el mal causante de la injusticia y la explotación, por lo que no hay más mejora posible y permanente que su propia destrucción, mientras que el reformista cree que el Sistema no es el mal, sino que ésta o aquella circunstancia hace que esté mal, por lo que es susceptible de cambio, de mejoría mediante la reforma de esos aspectos negativos. Para el revolucionario, esas mejoras solo serán posibles armas de agitación y subversión, para acercar y posibilitar su destrucción. No es que no quiera las mejoras, es que parte de la negación de tal posibilidad. “al mantenerse el capitalismo, las reformas no pueden ser ni sólidas ni importantes”. Esa diferencia sustancial y esencial de apreciación, es la razón de que, mientras el reformista reniega y relega “las reivindicaciones no reformistas”, el revolucionario lucha por “sacarlas a primer plano y colocarlas en el centro mismo de la agitación”. Como consecuencia, los obreros “si han comprendido que es inevitable la esclavitud asalariada mientras subsista el dominio del capital, no se dejarán engañar por ninguna reforma burguesa”. Por el contrario, “Cuanto mayor es la influencia de los reformistas en los obreros, tanto menos fuerza tienen éstos, tanto más dependen de la burguesía”. Por eso la izquierda no debe buscar la unidad con la socialdemocracia sino combatirla. Luchar contra los que “Por una parte nos aseguran que para ellos las reformas no son todo, ni mucho menos; mas, por otra, siempre que los marxistas van en la práctica más allá del reformismo, se ganan las invectivas o el menosprecio de los liquidadores”.

Se evidencia el profundo error en el que se encuentran, en nuestra tierra, aquellos que defienden, y más aún en tiempos de crisis, frentes o bloques “amplios”, la unidad de “toda” la izquierda, desde la “radical” a la “moderada”, o sea, la confluencia de revolucionarios y reformistas en un mismo proyecto estratégico u organizativo, político o sindical. Y el error parte precisamente, de la equivoca consideración de la socialdemocracia como parte de esa izquierda. Solo hay una izquierda: aquella que pretende y aspira a la transformación de la sociedad burguesa por otra diametralmente opuesta en bases y valores, actuando en consonancia. Los que defienden y pretenden su mejora, persiguen su revitalización, su perpetuación. Aquel que quiere construirse otra casa no reforma la que tiene, la derriba. El que reforma la casa que habita no quiere sustituirla por otra, sino conservar la misma aún con otras características. Por ello, “el reformismo significa en la práctica renuncia al marxismo y sustitución de esta doctrina por la política social burguesa”. Por eso son “liquidadores” a desenmascarar y batir, no compañeros de viaje con los que trabajar codo a codo.

Francisco Campos López.