Siguen enterrando en una fosa común a Blas Infante y a sus ideas

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IMG 20200811 WA0013 En la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936 un grupo de fascistas sacaron a Blas Infante de una de las prisiones para presos políticos improvisadas por los golpistas en Sevilla, la situada en el entonces Cine Jáuregui, para asesinarlo a las afueras de la ciudad, en el Km. 4 de la antigua carretera de Sevilla a Carmona. Cada año, el regionalismo, el reformismo, la izquierda del régimen, incluso últimamente, en el colmo del cinismo, parte de la derecha, afirman homenajearlo ese día y en ese lugar. Mientras tanto, el andalucismo real, el revolucionario, el de todos aquellos que permanecen en la brega por continuar con su ideal y con su lucha libertadora, sin concesiones, contemporizaciones o tapujos, hace tiempo que lo hacen frente al edificio donde estaba dicho cine. La diferencia simbólica es obvia. Unos homenajean al hombre muerto. Al hombre bueno matado injustamente. Los otros al hombre vivo, y en él a su mensaje y su pelea por la libertad de Andalucía también vivas. Los revolucionarios andaluces no homenajean al muerto, al padre de familia ejemplar, al intelectual sensibilizado con las injusticias, al amigo de los animales, al pacifista conciliador o al político enfrentado a las desigualdades, como en el Km.4, sino a aquel que hasta su último aliento batalló por transmitir la necesidad de liberar a nuestro país y nuestro pueblo de todas sus cadenas, nacionales, económicas, sociales o culturales, como único camino de transformación global y radical de nuestra tierra y nuestra gente, al extremo de que sus últimas palabras pronunciadas fueran exclamar un último “¡viva Andalucía libre!”.

¿Pero cuál era esa Andalucía libre por la que pugnaba y por la que dio su vida? Según el Diccionario de la Academia de la lengua impuesta, aquella en la que se escribe y expresa el “¡viva Andalucía libre!”, “libre” es aquel o aquella “que tiene facultad para obrar o no obrar”. “Que no es esclavo”. “Que no está preso”. Siendo un esclavo quién “carece de libertad por estar bajo el dominio de otro” y preso aquel o aquella “que sufre prisión”, y prisión el lugar “donde se encierra y asegura a los presos”. Luego una Andalucía y un pueblo andaluz libres serán aquella y aquel que detenten esa “facultad para obrar o no obrar”. O sea, para decidir y actuar por sí mismos. En exclusividad. De forma independiente. Mientras que una Andalucía y un pueblo andaluz esclavos, presos, serán aquella y aquel que no detenten dicha facultad. Que carezcan de esa libertad “por estar bajo el dominio de otro”, que es el que decide por ellos y determina sus actuaciones en su lugar. Aquella y aquel que en lugar de independientes son dependientes de aquel o aquello que detenta el dominio sobre ella y ellos. Aquella y aquel que permanecen presos y encerrados por parte de sus dueños para ejercer mejor dicho dominio. Esos amos que deciden y determinan por ellos y sobre ellos a todos los niveles y en todos los sentidos.

Consecuentemente, si Blas Infante gritaba “¡viva Andalucía libre!”, lo hacía por considerar que no lo era y en exigencia del restablecimiento de la misma. Si se exclama por la libertad y se la reclama es en demanda de aquello de lo que se carece. No se pide lo que ya hay. No se reclama lo que ya se posee. Por tanto, si clamaba por una Andalucía libre era porque consideraba que no lo era, que permanecía esclava, presa, y que lo era y lo estaba porque nuestra tierra y nuestro pueblo carecían de esa facultad de hacer y decidir por sí y para sí en los diversos aspectos de su vida colectiva por estar bajo el dominio de otros. Luego gritar “¡viva Andalucía libre!” equivalía y equivale aún hoy a exclamar “¡viva Andalucía independiente!”, pues todo lo que no es independiente es dependiente. Todo lo que no es libre es esclavo. Está preso. Bajo dominio de otro. Encerrado. No hay en el idioma castellano impuesto un adjetivo que signifique y corresponda a una situación o estado de independencia dependiente o de dependencia independiente. No hay calificativos medios o equidistantes entre ambos conceptos. Incluso términos como autonomía, soberanía o autogobierno no son más que sinónimos de independencia, más allá de las tergiversadas traducciones políticamente interesadas que de autonomía y autogobierno se hacen al servicio del régimen, incluidas la de la propia Academia, desde la existencia del “Estado de las autonomías”. Ser autónomo es ser independiente. Ser soberano es ser independiente. Poseer autogobierno es ser independiente. Ser libre es ser independiente. Siendo dependientes, sea cual sea el grado o el carácter de dicha dependencia, no hay ni puede haber autonomía, autogobierno, soberanía o libertad real, plena. No se puede detentar un autogobierno limitado, pues eso es no poseer autogobierno.

 Ser autónomo a medias, pues eso es no ser autónomo. Soberano de forma selectiva, pues eso es carecer de soberanía o libre según en qué, pues eso no es ser libre sino estar en libertad condicional. O se es o no se es. Decir y creer poder serlo parcialmente es no solo engañarse y engañar, sino no serlo ni poder tenerlo verdaderamente en absoluto. Blas Infante hizo constar dicha finalidad independentista, de él y de los suyos, sin ambages, de forma indiscutible, apenas cinco años antes de su asesinato, cuando reiteró, como la finalidad de su actuación y la del andalucismo, aquello de: “nosotros aspirábamos y aspiramos, y seguiremos aspirando a elaborar una República Andaluza o Estado Libre o Autónomo Andaluz” como medio de hacer realidad una “Andalucía soberana constituida en democracia republicana”. Era plenamente consciente de que una Andalucía libre, con autonomía, autogobierno y soberanía, y por tanto un pueblo andaluz libre, autónomo, autogobernado y soberano, solo eran y podían ser una Andalucía y un pueblo andaluz independientes. Una tierra y un pueblo conformados políticamente como Estado en una República propia. Andaluza y de los andaluces. De ahí que al colectivo que fundó para lograrlo lo denominase como Junta (unión) Liberalista (liberadora) de Andalucía. Él y el andalucismo no aspiraban a otra cosa, no poseían otro fin declarado que el unirse para liberar el país. Su meta era la independencia nacional y social de su patria y de sus gentes. El andalucismo era y es un movimiento revolucionario que, al igual que los antecesores cantonalistas que le inspiraba, y al igual que los movimientos de liberación nacional y popular del “tercer mundo” en los que se miraba, pretendía lograr la soberanía económica y administrativa del pueblo a través de su independencia política. La de un Estado Libre Andaluz a su servicio y bajo su poder. Autogestionario y autogestionado. Esa República Andaluza y ese autogobierno popular ilimitado descritos en la Constitución aprobada en Antequera en 1883, y denominada por Infante como Constitución Andaluza no por haberlo sido jurídicamente hablando, sino por contener en sí misma, en sus principios, plenamente asumidos por él y por el andalucismo, las bases necesarias e imprescindibles para alcanzar y mantener una Andalucía libre.

Fue por la transmisión de ese mensaje radical y por perseguir esa meta revolucionaria que conlleva y contiene el “¡viva Andalucía libre!”, por lo que fue asesinado. Si sus objetivos se hubiesen reducido a ser aquel y aquellos light que nos manifiestan el regionalismo pseudoandalucista y el reformismo pseudoizquierdista cada 10 de agosto en el km.4. Si la realidad de Blas Infante y su ideario hubiesen correspondido a esa versión edulcorada, inodora, incolora, e insípida, cortoplacista y accidentalista que nos trasladan, no hubiese constituido un peligro para el Sistema, España y Capital, en nuestra tierra. Por tanto no hubiesen necesitado dar la orden a sus lacayos de acabar con él en una cuneta de dos tiros, sino que probablemente se le hubiese permitido morir en su casa y de vejez. Si sus propuestas y su proyecto se hubiesen limitado a ser aquellas que nos difunde el oficialismo regionalista y reformista, camuflados de andalucismo e izquierdismo, no hubiese sido enterrado en una fosa común, aún ignorada, sino en una tumba familiar y en un lugar conocido. Su muerte y su entierro en un hoyo anónimo conllevan mucho más allá que pretender acabar con el individuo, constituye ante todo y sobre todo el deseo de terminar con su prédica y su acción. Eran sus palabras, sus actos y sus metas lo que les resultaba amenazador. Lo que había que liquidar asesinándole. El ejemplo a erradicar de la mente y los corazones andaluces, arrojándolos a la fosa del olvido junto a su cadáver para asegurarse de que el pueblo permaneciera en el desconocimiento de sí, la ensoñación (alienación) y la mansedumbre (“madurez”), facilitándose así la continuidad de la explotación de su trabajo y la esquilmación de las riquezas de su tierra.

Matando a Infante sus asesinos no pretendían acabar con el hombre bueno, el padre de familia, el intelectual sensibilizado o el político comprometido. Ninguna de esas facetas, con ser ciertas y poseer su importancia, conllevaba un riesgo inasumible para el Sistema manteniéndole con vida. Si su figura suponía un peligro para el “orden establecido” era por ese mensaje de despertar y rebeldía colectiva, por ese “¡Andaluces levantaos!” que defendía y propagaba entre su pueblo. Luego hoy, como entonces, lo importante, lo esencial, lo auténticamente trascendente, no es recordar al hombre muerto o el crimen cometido contra él colocando flores a los pies de su estatua, sino al hombre vivo y que vivió por y para la causa de la liberación de su patria y de su pueblo. Del pueblo trabajador andaluz. De los herederos de aquellos “felahmengu”. Hacerlo manteniendo la difusión íntegra de sus ideas y propuestas, así como continuando con su combate por despertar y levantar al pueblo. Homenajearlo no es recordarlo a él en sus circunstancias vitales, sino ante todo hacerlo en lo que representó su obra y significo su quehacer. Es conservar inalterado su ideario, transmitirlo plenamente y proseguir su batallar por hacer realidad la Andalucía libre, pese a todo y frente a todos. Inhumar a Blas Infante, sacarlo de una fosa común, es también desenterrar su proyecto libertador. No hacerlo es conservar en el hoyo lo que realmente era él, por encima de unos restos físicos, la razón de su vida y de su muerte, tal y como querían sus verdugos.

De nada de esto oísteis u oiréis hablar en el “homenaje” del oficialismo en el Km.4. Ni de liberación, ni de revolución, ni de independencia. Nada acerca de un Blas Infante antisistema, que indicaba a España, Europa y el capitalismo como los tres grandes enemigos de su pueblo. Los amos que le mantenían y mantienen esclavizado y preso. Aquellos que le ponen e imponen las cadenas a romper. De su mensaje profundamente antimperialista, anticolonialista e internacionalista. Sólo lo escuchasteis y lo escucharéis frente al edificio del antiguo Cine Jáuregui por parte de los que representan hoy a la resistencia andaluza. Ese puñado de andaluces de conciencia, como denominaba Infante a los andaluces conscientes, que persisten en la lucha, pese al vacío y el menosprecio de los “progresistas” “realistas” y “posibilistas”. De los “falsos profetas de la redención social” como los apodaba Infante. De todos aquellos cuya ignorancia, oportunismo, falta de escrúpulos, o de todo un poco, les lleva a hacerle el juego al régimen perpetuando el engaño. Aquellos que califican a los inmunes a sus embaucadores “cantos de sirena” de “sectarios”, “intransigentes”, “utópicos”, etc. Meros adjetivos justificativos de su propio entreguismo y colaboracionismo con los enemigos de su pueblo. De la venta de su progenitura, si es que alguna vez la tuvieron, a cambio del plato de lentejas económicas, políticas, sociales o personales, otorgables por el amo a cambio de rendirse y hacer aceptar al pueblo, como inevitable o incluso positiva, su esclavitud asalariada y su prisión española.

En el Km.4, el pasado 10 de agosto, no habréis escuchado frases y conceptuaciones, tan siquiera semejantes, menos aún equivalentes, a estas que transcribo a continuación, expresadas en el acto alternativo soberanista frente al edificio del antiguo Cine Jáuregui. Palabras y razonamientos que sin duda arán huir de espantado al regionalista y al reformista, pero con las que, con toda seguridad, se sentiría identificado y aplaudiría Blas Infante:

 ...En el Ideal Andaluz Infante proponía como fundamento para la vida social y la libertad del pueblo andaluz la necesidad de acabar con las tiranías económico-social y político- administrativa impuestas, es decir, acabar con la explotación y la precariedad laboral así como con el sistema político que la mantiene y reproduce para privilegio y beneficio de unos pocos...

... Que sin soberanía no hay autonomía. Que no existe un Estado español que pueda darnos ni un solo margen de autogobierno, porque la única forma de autogobierno, la única forma de soberanía es que el pueblo trabajador andaluz conquiste sus propias instituciones conquiste su propio poder y se dé sus propias leyes...

...Seguimos siendo colonia y la terea de todo colonizado, la tarea primera, es la descolonización. Es la liberación. Y eso no se nos puede olvidar en estos momentos. Que no nos cuenten historias de que ahora hay que unirse. De que ahora hay que dejar las diferencias de lado. Ahora más que nunca hay que hacer el programa revolucionario (andaluz). Hay que sacarlo a la calle y hay que mostrarlo en las asambleas de barrio, en las asambleas de los tajos y en todos los lugares donde estemos...

Hoy, como hace 84 años, como desde siempre, llamarse andalucista es proclamarse partidario de la independencia de nuestra nación a través de la instauración de una República Andaluza de carácter popular, bajo el poder de los trabajadores y trabajadoras de nuestro país, actuando en coherencia con el objetivo de lograr su instauración. Ese y no otro eran el soberanismo, el autonomismo y el autogobierno de Infante y sus partidarios entonces. Ese es el soberanismo, el autonomismo y el autogobierno a defender por los que se incluyan hoy como sus seguidores. Ser andalucista era y es ser un independentista andaluz. Un combatiente por la descolonización de Andalucía y contra la esclavitud del pueblo. Un batallador incansable contra el imperialismo capitalista internacional y regional, europeo y español, que los mantiene encadenados y encerrados. Sin libertad. Es ser un revolucionario andaluz.

 Por eso sí oísteis hablar en los términos transcritos a algunos de los oradores del acto soberanista. Porque era un acto andalucista realizado por andalucistas. Por revolucionarios andaluces. Y por eso no oísteis nada tan siquiera semejante o comparable en el acto “oficial” del km.4, porque allí no había andalucismo ni andalucistas. Solo regionalismo y reformismo progre de charanga y pandereta. Izquierdismo de cartón piedra. Se es lo que se hace no lo que se dice ser. En aquel lugar, en el km.4, un año más, solo se volvieron a echar nuevas paletadas simbólicas de tierra sobre la fosa donde fue enterrado Blas Infante y su mensaje libertador hace 84 años para intentar impedir que fuese conocido y seguido por el pueblo trabajador andaluz, como revulsivo revelador e impulsor de un levantamiento colectivo frente a su situación. En realidad, en Sevilla este pasado 10 de Agosto, como cada año, solo hubo un homenaje a Blas Infante y su ideal, el realizado frente al edificio del antiguo Cine Jáuregui. Sólo allí se vivenciaba y pervivía el espíritu de Blas Infante. El ideario del andalucismo histórico. En el km.4 no se le revive, solo se le sigue enterrando en la fosa, cada vez más hondo, para que nadie vea ni sepa, ante la presencia desvergonzada de los herederos de los credos de sus asesinos.

Blas Infante es el Padre de la Patria Andaluza. Si, pero de la patria liberada y soberana no de la nación maniatada y amordazada. Blas Infante es de todos los andaluces. Si, pero de todos los andaluces puestos en pie, levantados por su tierra y su libertad, como él nos pidió. De todos aquellos dispuestos a sacrificar sus bienes, su “fama”, su futuro, hasta su vida, en defensa de su país y de su pueblo, como él nos mostró con su propio ejemplo. No de los pusilánimes dispuestos a traicionar y traicionarse a cambio de prebendas y beneficios a los que él siempre renunció. Del aprecio y beneplácito de los enemigos de Andalucía de los que él siempre renegó.

“Declarémonos separatistas de este Estado (el español) que, con relación a los individuos y los pueblos, conculca sin freno los fueros de justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la libertad, ese Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los pueblos extranjeros”. No lo digo yo, lo dijeron Blas Infante y los andalucistas históricos en fecha tan temprana como la de 1919, y así lo dejaron escrito en el Manifiesto de la Nacionalidad. Eso era andalucismo entonces, eso era en 1936 y eso sigue siendo hoy.

Declararse “separatista” y levantar al pueblo trabajador andaluz por su liberación global: nacional y social. Política y económica. Cultural y psiclógica. Colectiva e individual. Como señaló Frantz Fanon a los colectivos esclavizados contemporáneos, a los pueblos colonizados actuales como el andaluz: “La independencia no es una palabra que deba exorcizarse, sino una condición indispensable para la existencia de hombres y mujeres realmente liberados, es decir, dueños de todos los medios materiales que hacen posible la transformación radical de la sociedad”.

Francisco Campos López