Sábado 27 Febrero 2021

Los nuevos andalucismos (2ª parte)

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 He visto entregada esta tierra a aventureros de la política; advenedizos que de fuera vinieron a hacer de ella asiento de su cretina vanidad y base de su mezquino interés; la he visto bajamente esclavizada a mandatarios serviles de la oligarquía.

Blas Infante

  En el transcurso de poco más de un mes, los andaluces conscientes, aquellos que a pesar de tanto y de tantos aún conforman y mantienen actualmente la resistencia andaluza activa contra la ocupación, la colonización y la negación del país, hemos celebrado recientemente dos fechas trascendentales, el 4 de Diciembre y el 14 de enero. La del 14 de enero de 1918, a su vez unida a la del 25 de marzo de 1919, y la del 4 de Diciembre de 1977, constituyen sendos hitos históricos determinantes para el movimiento andalucista de liberación nacional y social. La primera porque en dicha fecha concluiría la Asamblea de Ronda, que sentaría las bases de los principios finalistas del andalucismo político, posteriormente terminados de perfilar en la de Córdoba de marzo del siguiente año. La segunda porque conllevaría la visualización de un pueblo trabajador andaluz aún vivo y en lucha por su tierra y su libertad “tras siglos de guerra”. Aún en oposición frontal contra la voluntad usurpada, la aculturización y el expolio colonial.

  Andalucismo e independentismo andaluz

  Como ya se indicó en la primera parte, Blas Infante declaró taxativamente cinco años antes de su asesinato, en su libro sobre el “Complot de Tablada”, que la meta del andalucismo histórico que él lideraba era alcanzar una Andalucía independiente conformada como una república democrático-popular. Textualmente afirmaba en él que los andalucistas “aspirábamos y aspiramos y seguiremos aspirando a la elaboración de un Estado Libre Andaluz”. A la construcción de una “República Andaluza o Estado libre o autónomo de Andalucía para llegar a expresar aquella Andalucía soberana, constituida en democracia republicana” a la que hacía referencia el primer artículo de la Constitución Andaluza de 1883 que afirmaba: “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior”. Soberano procede del latín “soperanus”, que significa aquello que está encima, que tiene autoridad sobre lo demás, la autoridad suprema, de ahí que a los reyes se les denomine “soberanos”. Autónomo deriva del griego “autónomos”, palabra compuesta por “auto” (propio) y “nomos” (ley), traducible como aquello que es o hace según sus propias leyes o por sí mismo, sin dependencia alguna de algo ajeno o externo a él. Soberano y autónomo son, tanto etimológica como ideológicamente, sendos sinónimos de independiente. Proclamar la soberanía y la autonomía de Andalucía como lo hace la Constitución Andaluza es declarar la independencia andaluza, de hecho y de derecho. Y la primera muestra de esa pretensión independentista la constituye la continuación de ese mismo artículo al añadir que esa Andalucía soberana y autónoma “no recibe su poder de ninguna autoridad exterior”, lo que significa y conlleva que dispone y hace por decisión propia, de forma libre, como consecuencia de su propia voluntad, capacidad y poder soberano de determinación, en el ejercicio de su autonomía de actuación, de su independencia, no por decisión, concesión o reconocimiento de nada ni de nadie; incluido un Estado Español, sus legislaciones o instituciones. Además en el artículo 4º se especifica que la federación política y administrativa que se establecería a través de la instauración dicha constitución, entre otros fines, tendría por objeto el “asegurar la independencia y seguridad del territorio” andaluz. Aspirar a una Andalucía soberana y autónoma en conformidad con lo estipulado en la Constitución Andaluza de 1883 por parte del andalucismo histórico y el propio Blas Infante es pretender una Andalucía jurídica y políticamente independiente, incluso aunque así no se expresase, pues esas serían y sólo podrían ser las consecuencias legales de su establecimiento.

  Esta meta independentista estaba contenida por ello en el ADN del andalucismo político y así declarado por el propio Blas Infante, no era por tanto algo nuevo, resultado de una pretendida “radicalización” de los últimos años, menos aún algo inexistente, una invención reciente de una minoría nacionalista exaltada situada al margen del andalucismo, ajena a sus objetivos y a las pretensiones del genuino Blas Infante, como pretende hacernos creer el regionalismo, sino una constante en el movimiento desde sus inicios, conformador de su propia razón de ser. Ya en el orden del Día de la Asamblea de Ronda de 1918 el primer punto a debatir era aprobar una constitución para Andalucía tomando como base “la Constitución Andaluza votada en Antequera por la Asamblea de 1883”, innecesario al ser ésta asumida en su generalidad por los andalucistas durante su transcurso. Y en el llamado Manifiesto de la Nacionalidad del 1 de enero de 1919, ratificado en la Asamblea de Córdoba de marzo de dicho año a modo de manifiesto fundacional del andalucismo político, además de proclamar ese contundente y rotundo “declarémonos separatistas de este Estado”, se enunciaba: “queremos hacer efectiva la prescripción del artículo primero de la Constitución Andaluza, votada por la Asamblea Federalista de Antequera de 1883, que aspiró a constituir en Andalucía una Democracia Soberana y Autónoma”. Podemos deducir de todo esto una primera conclusión innegable al respecto. Que desde su instauración como movimiento sociopolítico el andalucismo no se estableció como una corriente regionalista; partidaria de una mera descentralización estatal y de dar “su sitio” a Andalucía dentro de una España asumida y defendida a la que sólo se pretendería “regenerar”, síntesis de las tesis regionalistas vigentes y de su tergiversación del pensamiento infantista, sino como doctrina independentista, como movimiento de liberación nacional. El independentismo andaluz, implícito en el constitucionalismo antequerano, lo estaba también por ello en el andalucismo político impulsado por Blas Infante, ya desde 1918.

  Pero además podemos deducir otras dos. La segunda de ellas es que con esa “democracia republicana” no sólo se hace mención a la forma de Estado y administrativa de la Andalucía soberana y autónoma, a la instauración de una República Andaluza, sino igualmente a las características del régimen político que se establecería en la misma. Basta con leer el articulado de las tres partes del constitucionalismo andaluz, especialmente la del municipio, para comprobar que de él no se deduce la construcción en la Andalucía libre de una democracia burguesa al uso, de una “democracia representativa”, tan siquiera de una “democracia participativa”, sino de una democracia popular directa y asamblearia basada en el “derecho a la gobernación pública y a la intervención legislativa por medio del sufragio universal permanente” de los andaluces, como especifica el art.4º de la federal, a través de la “Asamblea Comunal de Ciudadanos” como determina el art. 36º de la municipal. Una autogestión colectiva política y administrativa total y efectiva, generalizada y cotidianizada, expuesta en el constitucionalismo antequerano y por tanto también implícito en el proyecto andalucista que lo asumió como propio. La soberanía nacional, así como la colectiva, la del “pueblo soberano”, procede por derivación de la existencia previa de soberanía personal, “autonomía humana” la denomina. La Andalucía libre se asienta sobre el ejercicio de su libertad soberana común por parte del pueblo andaluz, que a su vez la detenta por derivación de la libertad individual de cada andaluz, el cual la posee por su propia naturaleza, por lo que tampoco “recibe su poder de ninguna autoridad exterior”. Tampoco le es reconocida o concedida, la posee de forma innata. El andalucismo nunca ha sido por tanto un mero regionalismo territorial partidario de una “democracia representativa”, exclusivamente descentralizador en lo jurídico, y electoralista e institucionalista en lo político. Nunca ha tenido ninguna relación con el “autonomismo” actual. Sus fines nunca han sido el reivindicar una democracia formal o un trato similar de descentralización entre países oprimidos por el Estado español impuesto, lograr representación del país dentro de las instituciones del Estado ocupante, detentar “voz propia” mediante grupo parlamentario en las instituciones coloniales, con la presencia electoral de un “partido andaluz” a fin al protectorado español o el impulso de una casta dirigente autóctona en la Andalucía dependiente. Nunca ha pretendido gobernar ni “ayudar a la gobernabilidad” de la Andalucía esclava o el Estado español opresor sino lograr el pleno autogobierno popular en una Andalucía libre de las cadenas españolas. Su meta ha sido devolver el poder sobre sí y su tierra a los andaluces. Lograr un “poder andaluz” real y global. La revolución política se encontraba ya implícita en el constitucionalismo andaluz y por ello en el andalucismo político impulsado por Blas Infante, que lo asumió como propio, ya desde 1918.

  La tercera es que el andalucismo no es un simple reformismo social. No pretende para los andaluces el obtenerle migajas económicas graciables por parte del régimen español impuesto (financiaciones, subvenciones, ayudas, etc.), ni el aspirar a mejoras legislativas para “los más desfavorecidos” dentro de un orden económico “de libre mercado” más ecuánime, tampoco la defensa del “Estado del bienestar” en el seno del Sistema, de un Estado benéfico practicante de una caridad laica progre, sino el lograr una transformación socialista de la realidad nacional. La autogestión común pretendida no se puede acotar a la gestión de lo público. Una soberanía recortada o condicionada, una autonomía reducida a ciertas cuestiones y en determinados grados, dejan por esa misma razón de ser soberanía y autonomía real para convertirse en dependencia y sumisión a aquello que posee la capacidad de restringirla y acotarla. Para ser auténticas deben ser ilimitadas, extenderse el “poder andaluz” no sólo sobre el país a niveles políticos y administrativos, sino también a todo lo que éste abarca y engloba: tierras, subsuelo, aguas, sus riquezas y los medios para obtenerlas. Sobre la propiedad común del territorio. Una revolución socioeconómica socializante estaba implícita en el constitucionalismo antequerano, asentada sobre un “principio de igualdad social” para “preparar su advenimiento definitivo, consistente en la independencia económica de todos” según declara, de ahí su reconocimiento de un “derecho de propiedad limitado por los derechos sociales”, subordinado a esa posesión colectiva. También por ello en el andalucismo político impulsado por Blas Infante, al asumir el constitucionalismo andaluz como propio, ya desde 1918. Por eso Infante ya afirmaba en esa época que sólo la propiedad fruto del propio trabajo era admisible: “la propiedad individual no puede legítimamente recaer sino sobre bienes que sean producto del trabajo individual. La tierra es obra exclusiva de la naturaleza y por tanto no es susceptible de apropiación”.

  Desde la asunción de los principios constitucionalistas antequeranos en su etapa ideológica y estructuralmente conformadora a lo largo del periodo 1918-1919, el andalucismo siempre ha sido un movimiento sociopolítico de liberación cuyo fin es batallar por la construcción de una República Andaluza independiente de carácter democrático-popular como herramienta para lograr mediante la misma el poder político y económico sobre sí y su tierra, el control global y absoluto sobre su vida y sus potencialidades, del pueblo trabajador andaluz. Fue precisamente esa apuesta del andalucismo por la soberanía popular política y socioeconómica del país lo que condujo a los elementos meramente regionalistas y reformistas, representados por la Asociación Regionalista encabezada por José Gastalver, a abandonarlo en la Asamblea de Córdoba y a combatirlo. La existencia de un andalucismo regionalista, reformista y españolista, nunca ha sido por tanto una realidad histórica y teórica, tan siquiera una opción más dentro del mismo, desde sus comienzos. El autonomismo actual no es por tanto una tendencia “moderada” o “realista” del andalucismo, contrapuesta a otra más “radical” e “idealista”; una más práctica, más razonable y realizable, frente a otra más “utópica” e inalcanzable; tan siquiera una tendencia revisionista derivada del original, mucho menos aún representa la continuidad o actualización de su proyecto histórico. El autonomismo actual constituye no solo algo contrario sino lo opuesto al andalucismo político y al ideario infantista. Lo que se nos ha vendido como “autonomismo”, como “andalucismo” político, desde 1976 y hasta la actualidad por parte del regionalismo colaboracionista con el ocupante y el reformismo entreguista con el Capital, es la apropiación de los términos y la consiguiente adulteración de sus significados y consecuencias por parte de un nuevo gastalversianismo, que se aprovecha del alto grado de desconocimiento, alienación y desclasamiento popular para mantener el statu quo españolista y capitalista del régimen neofranquista del 78, continuador y perpetuador del colonialismo en Andalucía a través del interesadamente mal llamado “Estado de las autonomías”. Lo que Gastalver y los suyos no lograron en 1919 lo consiguen sus herederos ideológicos a partir de 1976; apoderarse del andalucismo y desvirtuarlo, al servicio del ocupante, para anularlo e inutilizarlo como instrumento de liberación nacional y social del pueblo trabajador andaluz.

  Andalucismo y liberación popular

  Por otro lado, también recientemente los andaluces conscientes hemos conmemorado un nuevo 4D, el Día Nacional de Andalucía, el único Día de Andalucía para la resistencia andaluza, para los andaluces aún en pie por la Andalucía libre. Y transcurridos algo más de los 43 años de aquel memorable primer 4 de Diciembre de 1977, si hay una realidad indiscutible es que, año tras año, nuestro Día Nacional es cada vez más minoritariamente celebrado en nuestra tierra, al menos tal y como lo que es y lo que simboliza para nuestro país, y fuera aparte el secuestro que de dicho día y su sentido más profundo está llevando a cabo en los últimos tiempos, con su característico oportunismo, el nuevo-viejo regionalismo reformista de “izquierdas”, que aparenta asumirlo y reivindicarlo para incautarse de él como medio de utilizarlo dentro de su proyecto de apoyo y defensa del estatalismo español, bajo el ciego auspicio de esa cierta izquierda andaluza “realista” que ya sólo lo es nominalmente al no ejercer ni como andaluza ni como izquierda, mucho menos como “realista”, absorbida por los espejismos electoralistas e institucionalistas “autonomistas” y socialdemócratas. Pero este paulatino olvido en el que se encuentra sumido el 4D no es algo sorprendente ni incompresible dado que su cada vez menor conmemoración constituye precisamente un reflejo de aquello que retrata y supone, de lo que representó aquel primer 4D como escenificación del despertar y empoderamiento del pueblo trabajador andaluz. Aquellos andaluces que inundaron y se apoderaron de las calles de nuestra tierra lo hicieron como manifestación espontánea de auto reconocimiento y en exigencia del derecho a decidir y hacer por sí y para sí. No es por tanto casual sino causal el que cada vez menos compatriotas lo reclamen y rememoren, dado que el grado de consciencia identitaria y de clase, así como de implicación en el devenir sociopolítico de su tierra y sí mismos, no ha hecho desde entonces hasta ahora más que aminorarse y disminuir gradualmente hasta extremos cada vez más difícilmente reversibles. Y es precisamente este hecho el mayor obstáculo al que se enfrenta hoy en día cualquier intento de continuidad y acentuación del proceso de liberación nacional y popular por parte del movimiento andalucista actual.

  Recordemos en este sentido como Ernesto Guevara, el Ché, se negaba a aceptar el calificativo de “libertador”, afirmando que: “yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”. Una manifestación que complementaba aquella otra conocida sentencia escrita por Karl Marx en el preámbulo a los estatutos de la Primera Internacional acerca de que: “La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”. En ambas aseveraciones, al concepto reaccionario y burgués de la necesidad del liderazgo de un individuo o una jerarquía superior, de una persona o minoría preclara que dirija, decida y haga por el bien de todos, en su nombre y en su lugar, tanto Marx como Guevara contraponían el igualitarista y generalista de la autogestión colectiva. Tanto los pueblos como sus clases trabajadoras no necesitan ser acaudilladas y guiadas en sus procesos libertadores, como menores o invidentes incapacitados para actuar autónomamente, lo que precisan es el poseer las herramientas necesarias para poder llevar a cabo por sí mismos su liberación. Pueblos y trabajadores no son ni pueden ser sólo destinatarios de la revolución sino, ante todo y sobre todo, sus protagonistas y hacedores. Cualquier proyecto libertador que no descanse sobre este principio primigenio; que son los mismos pueblos y los propios trabajadores los que inician, desarrollan y culminan las revoluciones, estará destinado indefectiblemente al fracaso.

  Los incitadores, potenciadores y detonantes que favorecen la existencia de posibilidades de transformación radical de la realidad no se limitan ni se pueden circunscribir a un simple conjunto de circunstancias exógenas objetivas de naturaleza política, económica, ambiental, etc., que lo hagan necesario y factible (crisis políticas, económicas, financieras, ecológicas, etc.), que empujen a pueblos y clase obrera hacia postulados más esenciales y actitudes más drásticas, sino que igualmente deberá incluir toda una panoplia de condicionantes internos subjetivos socioculturales, de hábitat, hasta psicológicos o caracterológicos, imprescindibles para provocar su visualización e inducirles a ello. En el caso de un pueblo trabajador oprimido, colonizado y aculturizado desde hace tantos siglos como el andaluz no basta con la existencia de la propia ocupación; de la opresión, el despojo y la explotación colectiva y cotidianizada que conlleva. Por muy extremo que sea el grado de su esclavitud nacional y social, política y económica, resultará esencial el que, a un tiempo, ésta se perciba como tal y así sea vivenciada plenamente para que tan siquiera conciba emprender el camino del levantamiento contra la misma, para que tan siquiera sea permeable a ideas revolucionarias liberadoras. A partir de obtener dicho logro todo será posible, por muchas que sean las dificultades o poderosos los enemigos del proceso. Pero sin partir de esos cimientos y sin contar con ellos, con la suma de esos condicionantes internos a los externos, aún más obviándolos; mientras la esclavitud sea advertida con “normalidad”, inferida como razonable, incluso concebida como positiva por capas mayoritarias de la población andaluza, mientras crea estar viviendo en el mejor de los mundos posibles, todo intento de activismo contrapuesto a él, de intento de provocar rebeliones, nunca podrá llegar a ser más que voluntarismo o blanquismo pequeñoburgués destinado a estrellarse contra el muro de una realidad popular adocenada y adormecida controlada por el Sistema y los elementos socioculturales y políticos a su servicio.

  Como señalaban Guevara y Marx, el proceso libertador, para tener la más mínima posibilidad de éxito, necesita imprescindiblemente ser un esfuerzo colectivo del conjunto del pueblo trabajador, o al menos de una parte significativa y determinante del mismo. Y lo cierto es que, hoy por hoy se carece del mismo en el país, lo cual explica tanto el carácter tan minoritario del andalucismo real, de aquel que continúa la senda iniciada por Blas Infante para alcanzar una Andalucía y un pueblo trabajador plenamente soberanos y autónomos, como el predominio de postulados regionalistas y reformistas en el seno de las clases populares y trabajadoras. El que la izquierda independentista andaluza sea hoy en día tan escasamente visualizada, escuchada y seguida, en contraposición a la socialdemócrata, “autonomista”, pro estatalista y españolista, no es la consecuencia de su supuesto alejamiento de la “realidad”, en contraposición al “realismo” de estos últimos, sino la lógica consecuencia de la ceguera y el desconocimiento en que el Sistema mantiene al pueblo trabajador para facilitar su adormecimiento y esclavización. La ignorancia y el ensueño inoculados es el caldo de cultivo del que se sustenta y se aprovecha el regionalismo y el reformismo, el granero de adhesiones y votos que le nutre. Su “éxito” no es el signo palpable de su acierto sino la demostración irrefutable de su error y su extravío.

  La más habitual de las explicaciones es achacar el grado tan considerable y anquilosante de ceguera popular exclusivamente a los ocho siglos de colonización y a sus consecuencias. Pero aquel primer 4D lo desmiente. Pese a estar lastrado por esos ocho siglos, aun así aquel 4 de diciembre de 1977 nuestro pueblo fue capaz de levantarse por su tierra y su libertad. Aun así era todavía consciente de su singularidad como pueblo y de la necesidad de autogestión colectiva. ¿Cuál es entonces el porqué de su situación común actual de impotente quietud e incapacitante conformismo? ¿Por qué resulta ahora impensable otro 4D? ¿Cuál es la carga extra que hoy tiene que arrastrar y que sumada a la histórica le ha terminado por detener y cegar?, pues el único añadido apreciable es precisamente ese conjunto de falsas percepciones y apreciaciones de su realidad que le han sido vertidas por el regionalismo gastalversianista y el reformismo de “izquierdas” en estos últimos 43 años transcurridos desde entonces hasta la fecha. Es precisamente ese peso añadido “autonomista” y socialdemócrata, propagado y practicado por los numerosos individuos y sectores políticos y socioculturales que se reclaman “andalucistas” y/o de la “izquierda andaluza”, pero que a través de sus mensajes, proyectos y acciones constituyen el caballo de Troya del pro españolismo y pro capitalismo “progre”. Ese es el plus de peso aplastante que, sumado al colonial, frena y ofusca a nuestro pueblo.

  ¿Qué hacer?

  El andalucismo político es por tanto un movimiento revolucionario de masas necesitado por ello de un pueblo trabajador consciente y combativo, puesto en pie mayoritariamente o al menos en una cantidad apreciable, para poder lograr sus metas o tan siquiera para obtener efectividad suficiente en las luchas emprendidas por acercarlas, algo obviamente hoy inexistente. Como consecuencia, en las actuales circunstancias la tarea primordial a complementar por el andalucismo real contemporáneo, por aquel que continúa la senda iniciada por Blas Infante, no puede ser otra que la de subsanar y superar dicho hándicap, el mayor obstáculo que en la actualidad le impide no ya avanzar significativamente, y por tanto a nuestro pueblo, sino incluso el ser escuchados en su propuestas y seguidos por él en sus alternativas libertadoras. Combatir implacablemente tanto la alienación y la confusión popular inducida por los postulados y actuaciones regionalistas y reformistas así como a todo aquello y todos aquellos que la insuflen, difundan o mantengan entre nuestra gente, muy especialmente a los que lo hacen desde supuestos parámetros “andalucistas” o de “izquierda andaluza”, se vislumbra como el único método viable y eficaz capaz de revertir la situación. Desenmascarar la falsedad de los mitos vertidos por el regionalismo y el reformismo, así como a sus actores y voceros, que provocan en las clases trabajadoras esa inmovilidad, abandono y resignación travestidos de “realismo” que transmiten, practican y defienden a modo de falso positivismo que oculta la más innegable de las traiciones a los anhelos e intereses de las capas populares andaluzas, deliberadamente buscada o irresponsablemente obtenida, erigidos así en sostén teórico y práctico de la ocupación nacional y la opresión social, de la colonización política, socioeconómica y cultural; aunque sus ideas, actuaciones y organizaciones se etiqueten como “andalucistas” o de “izquierdas”, incluso como “soberanitas” o “anticapitalistas”. Deshacer esa losa agregada a la ya pesada carga arrastrada por las clases populares hace siglos que impide resurgir otro 4D masivo, y no como algo ocasional o excepcional sino como un continuo in crescendo que permita desencadenar e impulsar el proceso de liberación nacional y popular.

  La alienación genérica de nuestro pueblo está estructural y sociológicamente asentada sobre toda una serie de apriorismos políticos, económicos, sociales y culturales establecidos por el régimen y reforzados con el consentimiento y su utilización por parte del colaboracionismo regionalista con el españolismo y el entreguismo reformista al Capital , conforman toda una amalgama de cadenas de visiones y creencias ilusorias de las que nuestro pueblo tendrá que deshacerse previamente para que pueda acceder a dotarse de unos niveles de certezas básicos imprescindibles al objeto de poder no ya estar en condiciones de emprender el proceso que le conduzca a su liberación cuando las condiciones le empujen a ello y/o el así lo determine, sino tan siquiera el concebir la necesidad y la posibilidad de emprenderlo. Una tarea inmensa a repartir entre pocos y a acometer contra muchos, algo por otro lado nada nuevo en nuestra tierra pues se asemeja a la que se propuso y acometió, y hasta en peores circunstancias, Blas Infante y el andalucismo histórico a partir de 1918 y hasta el golpe de Estado fascista de 1936.

  Recordad que, como decía la conocida frase de Gramsci, y nunca mejor usada y dirigida que con respecto nuestra realidad actual, sobre que “decir la verdad es siempre revolucionario”. Afirmaba que “la verdad debe ser respetada siempre, con independencia de las consecuencias que puedan seguirse de ella; y las convicciones propias, si son fe viva, deben encontrar en sí mismas, en la propia lógica, la justificación de los actos que se considera necesario llevar a cabo. Sobre la mentira, sobre la falsificación facilona sólo se construyen castillos de viento que otras mentiras y otras falsificaciones pueden hacer desvanecerse”. Y Frantz Fanon sostenía que “todo puede explicarse al pueblo a condición de que se quiera que comprenda realmente”. Luego la primera tarea a llevar a cabo será decirle y mostrarle la verdad a nuestro pueblo, aunque no la admita y provoque su rechazo, apartándolo así de la falsedad y sus difusores. Desengañarle y lograr que reniegue de todas aquellas mentiras que le han sido inculcadas así como de todos los que mediante ellas le nubla y le han inducido a creerlas. Y el mejor método para ello, además de la denuncia y el discurso, es el propio el ejemplo, la propia coherencia en la praxis. ¿Y cuáles son esos mitos y apriorismos más básicos o primarios inducidos a excluir de la mente y el corazón de las clases populares andaluzas para lograr que se desperece del sopor insuflado y se ponga de nuevo en pie por su tierra y su libertad, por sí mismo y para sí mismo?

  En principio, a nivel político, toda idea o proyecto estatal español, así como de sus derivadas administrativas descentralizadoras, el actual “autonomismo” o un pseudo federalismo futuro. ¿Cómo se va a producir cualquier tipo o grado de levantamiento o tan siquiera de rechazo a España, a cualquier forma o tipología de españolismo, si en lugar de situarle en su contra de forma global, coherente e intransigente, en lugar de hacerle ver y comprender que España y sus estados son en sí mismos el origen y los porqués de sus diversas problemáticas, el nombre del ocupante y el adjetivo de su colonización, por el contrario se le señala que no es la propia España, la propia idea de España y nuestra pertenencia a un Estado español el enemigo, sino exclusivamente determinados modelos de España y de Estado español o de arquetipos de españolidad? Si el problema no es España en sí misma sino sólo algunos tipos España, formas de españolidad o tipos de estatismo español, en lugar de enfrentar a nuestro pueblo con respecto a España, algo esencial dentro de un proceso de liberación nacional, le estaremos empujando a permanecer dentro de ella, incluso a defenderla, ya que se le estará incitando a creer que bastará modificar esos modelos de España, tipos de estatismo español y formas de españolidad negativas sustituyéndolos por otros prototipos españolistas más “positivos” para imaginar poder así acabar con su opresión, que hay compatibilidad o incluso complementación entre España y Andalucía, entre ser andaluz y español , entre el estar ocupado y colonizado y el ser “autónomo” o “igual”, por lo que el objetivo no tendrá qué ser ni deberá ser la independencia, que incluso no será concebida como beneficiosa, desviándose así su atención hacia el lograr alternativas españolas “mejores” y contribuyéndose así a la perpetuación de la esclavización. Ni desde una perspectiva de izquierda andaluza, ni mucho menos desde una andalucista, se puede apoyar o justificar cualquier “autonomismo”, “federalismo” o “republicanismo” español, cualquier opción española, sino que por contra todo aquello que suponga o conlleve continuidad estatal española, así como las organizaciones y coaliciones que las defiendan, deberán ser denunciados y combatidos frontal y radicalmente pues propician falsas ilusiones sobre la posibilidad de lograr la libertad nacional y popular con España y en España, dentro y a través de sus Estados, en lugar de contra España y fuera de España, al margen de sus Estados.

  Así mismo, con carácter general, toda idea o proyecto estatista, acerca de la posibilidad de existencia de positivos o buenos Estados burgueses, o de sus derivadas, positivas o buenas democracias formales “representativas” o “participativas. ¿Cómo se va a producir cualquier tipo o grado de levantamiento o tan siquiera de rechazo al Estado burgués, a cualquier forma o tipología de estatismo, si en lugar de situar al pueblo en su contra de forma global, coherente e intransigente, en lugar de hacerle ver y comprender que él Estado es en sí el otro origen y los otros porqués de sus distintas problemáticas, siendo éste el nombre del opresor y el adjetivo de su represión, se le señala que no es el propio Estado el enemigo a vencer, la propia idea de Estado y la pertenencia a uno de ellos, sino exclusivamente determinados modelos de Estado o arquetipos de estatismo? Si el problema no es el Estado burgués en sí mismo, sino sólo algunos tipos Estado y formas de estatismo, en lugar de enfrentar a nuestro pueblo con respecto al Estado burgués, algo esencial dentro de un proceso también de liberación social, le estaremos empujando a permanecer dentro de él, incluso a defenderlo, ya que se le estará incitando a creer que bastará modificar esos tipos de Estado y formas de estatismo para acabar con la opresión y la represión institucional, por lo que el objetivo no tendrá por qué ser el liberarse del Estado burgués, de la dictadura de clase ejercida contra él a través del mismo, tan siquiera un proceso social revolucionario será concebido como eficaz o beneficioso, desviándose de esta manera su atención hacia el lograr espejismos de estados y democracias formales más justas y defensoras de las clases populares, contribuyéndose así a la perpetuación de su esclavización. A la permanencia de la tiranía, la coacción y el robo institucionalizado. Ni desde una perspectiva de izquierda andaluza, y mucho menos desde una andalucista, se puede apoyar ni justificar, menos aún abanderar, cualquier forma de estatismo burgués y formalismo democrático “representativo”. Toda forma de gobierno sobre el pueblo, de sustitución del gobierno del pueblo por supuestos gobiernos en nombre del pueblo, así como sus defensores, deberán ser denunciados y combatidos frontal y radicalmente pues propician falsas ilusiones sobre la posibilidad de lograrse un poder popular ejerciente y efectivo con el Estado y en el Estado, con su “democracia”, en lugar de contra el Estado y su “democracia”. En este sentido habrá que recalcar que cuando Blas Infante se refiere a un “Estado libre andaluz” lo hace al margen del concepto burgués de Estado, añadiéndole “libre”, además de como equivalente a independiente, para indicar el uso de Estado como mera noción jurídica de república soberana.

  También, a nivel socioeconómico, toda idea de verosimilitud acerca de Estados capitalistas pretendidamente protectores de las clases populares y beneficiosos para sus necesidades, y de sus derivadas, la posibilidad de redistribuciones equitativas de las riquezas a través de la práctica de la caridad laica institucional, de la de hacer pagar más a los que más tienen y de recibir más los que menos tienen mediante sistemas recaudatorios progresivos, la de la mera probabilidad de la existencia de una economía “social” de mercado” o igualmente la de un “mercado justo” dentro de un sistema capitalista, etc. ¿Cómo se va a producir cualquier tipo o grado de levantamiento o tan siquiera de rechazo hacia el Capital, hacia cualquier forma o tipología de capitalismo, de apropiación legalizada de lo común por parte de unos pocos, de la institucionalización del latrocinio y el privilegio, si en lugar de situar al pueblo en su contra de forma global, coherente y radical, en lugar de hacerle ver y comprender que el Capital es sí mismo el gran origen y los porqués de sus distintas problemáticas, siendo el nombre del expoliador y el adjetivo de su explotación, se le señala que no es el propio Capital el enemigo, la misma idea de capitalismo y su pertenencia a un sistema capitalista, sino exclusivamente algunos determinados arquetipos de Capital o modelos de capitalismo? Si el problema no es el Capital en sí sino sólo algunos tipos de capitalismos como el “salvaje”, y de sistemas capitalistas como el “neoliberal”, en lugar de enfrentar al pueblo trabajador con respecto al mismo capitalismo, algo igualmente esencial para un proceso liberador socioeconómico, le estaremos empujando a permanecer dentro de sistemas, sociedades y economías capitalistas, incluso a defenderlas, ya que se le estará incitando a creer que bastará corregir esos tipos de capitalismos, de sustituir formas y fórmulas de economías, sistemas y sociedades capitalistas negativas, sustituyéndolas por espejismos de otras supuestamente menos lesivas y más protectoras , más ecuánimes y benefactoras, para acabar con el expolio y la explotación, o al menos para paliarlos sustancialmente. Ni desde una perspectiva de izquierda andaluza, y mucho menos desde una andalucista, se puede apoyar, justificar o abanderar, cualquier tipología de estatismo amable, de “Estado social” o “Estado del bienestar” dentro del Estado burgués, sino que, por el contrario, todo lo que suponga o conlleve su defensa, el de la viabilidad de alcanzar “bienestar social” sin confrontar y abandonar el capitalismo, deberá ser denunciado y combatido frontal y radicalmente, así como sus partidarios, por propiciar falsas creencias sobre la posibilidad de lograr la liberación socioeconómica de las clases populares con el Capital y en el capitalismo, en lugar de contra el Capital y al margen del capitalismo.

  Igualmente, a nivel cultural, toda idea confundidora, igualadora o sustitutiva entre una cultura española regionalizada forzada y una cultura popular autóctona y autónoma. ¿Cómo se va a producir cualquier tipo o grado de renacimiento de identidad genuina propia si en lugar de situar al pueblo en contra de la colonización cultural impuesta se la difunde y defiende como parte de la propia cultura andaluza actual? Tras supuestas manifestaciones folclóricas o festivas particulares, como procesiones, romerías, tomas, moros y cristianos, ferias, etc., hay “expresiones” y “tradiciones” impuestas durante el Antiguo Régimen o introducidas en la etapa burguesa, nacidas en ella o adaptadas de la anterior, y todas ellas implantadas para anularnos como pueblo, con el objetivo de impedir toda posibilidad de mantenimiento de algún atisbo de excepcionalidad o de cualquier oportunidad de surgimiento o pervivencia de manifestaciones singularizadas y singularizantes, de atributos de identidad diferenciada o diferenciadora. La distinción fundamental entre una manifestación cultural festiva o folclórica propia auténtica y otra ajena impostada no se encuentran en el grado de aceptación o participación en la misma sino en el de la libertad e independencia con que ésta surge, es adoptada y seguida. No se convierte automáticamente en andaluza por el hecho de ser realizada en Andalucía, por el número de andaluces que intervienen en ella o incluso por la cantidad de los mismos que la interioricen y perciban como suya, todo ello consecuencia del condicionamiento social. Tampoco porque les imprimamos nuestro carácter y mirada, algo lógico e inapreciable al ser hecho por andaluces. Ninguna de esas circunstancias excluye o modifica lo fundamental, el ser ajenas y forzadas, insertadas y establecidas con el fin de acabar con toda muestra original de particularidad e idiosincrasia real, más allá de lo formar y epidérmico, de lo inocuo. Sólo las formas surgidas espontánea y autónomamente del pueblo, carentes de condicionamiento ni imposición previa, fuera aparte incluso del posible hecho circunstancial de poder contener influencias foráneas y de su proporción, pueden ser catalogadas, secundadas y potenciadas como genuinas. Un ejemplo es el flamenco, que no por casualidad sino precisamente por no emanar del dominador y carecer de objetivos castradores, por nacer del pueblo y ser cauce de expresión de su realidad, ha sido marginado, perseguido y hasta prohibido. Ni desde una perspectiva de izquierda andaluza, y menos aún desde una andalucista, se puede apoyar o justificar, menos aún promocionar o abanderar, cualquier clase de farsa cultural popular impuesta, sino que, por el contrario, todo aquello que suponga o conlleve su defensa deberá ser denunciado y combatido frontal y radicalmente, así como sus partidarios, pues impiden el resurgir y la mutación natural de una cultura popular identitaria legítima, libre y liberadora.

  ¿Fuera de la realidad?

  Se suele acusar a los verdaderos andalucistas, a la izquierda independentista y revolucionaria andaluza, a los que mantienen la lucha infantista por la transformación radical de la realidad nacional y social del pueblo trabajador andaluz, de ser unos utópicos, de defender postulados teóricos inasumibles y alternativas prácticas irrealizables, de estar fuera de la realidad, de situarse al margen de ella y por dicha razón de ser incapaces de asumirla y adecuarse a la misma a la hora de plantear objetivos políticos, de no comprenderla y por eso tan siquiera ser capaces de influenciar para cambiarla. Naturalmente estos análisis no son ni pretenden ser objetivos, constituyen críticas interesadas recurrentes por parte de los diversos activistas, teóricos y líderes pequeñoburgueses de tendencias regionalistas y/o reformistas, cuya preeminencia sobre las clases populares está asentada, además de sobre el apoyo encubierto del ocupante, sobre su capacidad de inhabilitar al movimiento libertador a ojos de nuestro pueblo mediante el aislamiento del andalucismo y la izquierda andaluza reales, suplantándolos al servicio, consciente o inconsciente, del mantenimiento del statu quo colonial en el país.

  Pero vayamos por partes, ¿es verdaderamente la izquierda independentista la utópica, la situada fuera de la realidad, o lo son realmente sus detractores? Veamos. Según el diccionario de la Academia del idioma impuesto, utópico es aquel “plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización”, así como la “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”, siendo “imaginativa” algo relativo a la “potencia o facultad de imaginar”. Ser “utópico”, al contrario del significado que se le suele otorgar, no es pretender algo ficticio, quimérico o negativo, sino que, por el contrario, según la RAE, hace referencia a algo “deseable”, o sea positivo y esperable, pero “de muy difícil realización”, muy complicado o complejo de realizar, pero no descabellado o imposible de llevar a cabo. Que el proyecto andalucista de liberación integral de nuestra tierra y nuestro pueblo es “utópico”, en el sentido de ser un proyecto “de muy difícil realización” es una obviedad, pero igualmente lo es el que resulta “deseable”, necesario si queremos alcanzar una Andalucía libre. Por otro lado, la “realidad”, según la RAE, es la “existencia real y efectiva de algo”, la “verdad”, aquello “que ocurre verdaderamente”. También “lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio”. Si la “realidad”, y por tanto estar en ella, es la “existencia real y efectiva de algo”, manifestar la “verdad”, declarar aquello “que ocurre verdaderamente” la denuncia de la existencia una Andalucía esclavizada, de un pueblo trabajador andaluz colonizado por España y el Capital no es más ni puede ser calificado más que de exposición de una realidad, de la “existencia real y efectiva” de una cotidianidad, de lo “que ocurre verdaderamente” en nuestra tierra y el día a día de sus clases populares. Nada hay más dentro la realidad, más acorde a ella, que la descripción andalucista y por ello propugnar la liberación del país y el pueblo trabajador andaluz de España y el Capital es “lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio”.

  ¿Que constituye entonces lo realmente utópico en su sentido adquirido más peyorativo, en el más rechazable y criticable por negativo e irrealizable de los mismos? ¿Quiénes se colocan en este caso fuera de la realidad en su sentido más despectivo, quienes, por contra, propugnan lo que no es “efectivo o tiene valor práctico” para Andalucía, lo “fantástico e ilusorio” con respecto a nuestro país y nuestro pueblo? Pues los que en nombre de un mal entendido y mal divulgado concepto de “realismo” no saben o no quieren emprender la lucha de liberación nacional y social abierta y frontalmente, propugnando y practicando caminos supuestamente transversales o gradualistas más sensatos y fácilmente practicables, a través de los cuales alcanzar metas aparentemente “semejantes”. Ellos son los verdaderos utópicos. Veamos.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que pretender liberar a nuestra tierra y nuestro pueblo a través de las legislaciones e instituciones coloniales (Junta, “Parlamento”, diputaciones, ayuntamientos, etc.) creadas para mantenerlo silenciado, atado y subyugado? Nunca se ha dado el caso de una colonia que se haya podido liberar a través de las instituciones coloniales del dominador en el país, ni de un pueblo esclavizado liberado de sus cadenas a través de las estructuras dominadoras creadas en él por el esclavista.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que esperar que el Estado español, sus constituciones e instituciones, instrumentos de las oligarquías imperialistas regionales peninsulares, y al servicio de éstas, puedan ser herramienta para facilitar y obtener la libertad nacional y popular andaluzas? Nunca se ha dado el caso de un país ocupado que se haya liberado a través del ordenamiento sociopolítico del ocupante, o el de un pueblo subyugado liberado utilizando el propio sistema institucional del usurpador.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que esperar que una dictadura burguesa, que el Estado, sus instituciones y legislaciones, su “democracia” y sus “elecciones”, concebidas para facilitar la opresión y legalizar el expolio y la explotación popular, puedan constituirse en utensilio de redención de las clases trabajadoras y palanca de cambios sustanciales y permanentes en su favor? Nunca se ha dado el caso de una dictadura que se haya podido democratizar y menos aún a través de sus instituciones dictatoriales, ni de un pueblo sometido a una tiranía que se haya liberado a través de los organismos opresores.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que suponer que la cultura española regionalizada, sus instituciones coartadoras y su “intelectualidad” apesebrada, sustentada por el españolismo para impedir que brote una cultura andaluza genuina, sean caldo de cultivo de su alumbramiento o el abono para su crecimiento? Nunca se ha dado el caso de que una cultura autóctona, con carácter genérico, germine en un entorno colonial, o se proteja e impulse gracias al colonialista, sus instituciones e “intelectuales”.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que pretender unirse a proyectos generalistas, alianzas políticas o coaliciones electorales españolistas, o “de ámbito estatal”, para luchar contra el España y sus estados? ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que pretender unirse a formaciones políticas y organizaciones sociales que se consideren “españolas” o defiendan “ámbitos de actuación” o fines estatales españoles para levantar y sostener proyectos populares andaluces? Nunca se ha dado el caso de un partido, alianza o coalición favorable a la dependencia, a la “pertenencia” o “permanencia” de una nación respecto a otro país o Estado, que apoye al independentismo autóctono o haya ayudado a la separación de la nación dependiente respecto al país o Estado sobre el que además ven como benéfica esa dependencia, esa “pertenencia” o “permanencia”.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que unirse, más allá que en lo puntual o concreto, a formaciones políticas y organizaciones sociales que defienden el Estado burgués o su “democracia”, o el encauzamiento de la lucha dentro de él o la actuación institucionalista e institucionalizada para luchar contra el Estado y la dictadura del Capital? Nunca se ha dado el caso de que una organización política o social partidaria de una democracia burguesa, favorable al “sistema representativo”, que haya colaborado con los revolucionarios opuestos a ella o contribuido a una revolución para acabar con el mismo.

  ¿Hay algo más utópico y situado fuera de la realidad, además de contradictorio, que defender la posibilidad de lograr el bienestar popular dentro del capitalismo, y a través de sus estructuras e instituciones, y a un tiempo afirmar pretender el acabar con el capitalismo para posibilitar el bienestar popular? Nunca se ha dado el caso de una sociedad capitalista que haya procurado el bienestar popular de motu propio. Los Estados del bienestar burgueses no existen, lo que así se denomina son el resultado del miedo a la revolución o de imposiciones populares ocasionales y limitadas, originadas en la confrontación con esos Estados, y que han perdurado sólo el tiempo que las luchas han subsistido y que con ellas se les ha doblegado. Las clases populares nunca han logrado “bienestar” gracias a los Estados sino contra los Estados.

  Hay dos actitudes contrapuestas frente a la realidad, dos formas muy diferenciadas de ser “realista”; la de claudicar y someterse a la misma, la de “adaptarse” que dirían regionalistas y reformistas, o la de partir de ella para transformarla, la de revelarse a ella para revolucionarla. Reconocer una realidad, asumirla y comprenderla, no significa o conlleva ceder y capitular ante ella, plegarse y limitarse a lo permitido y aceptado; desde un punto de vista transformador supone analizarla e interpretarla para hallar vías para superarla, exceder límites impuestos y subvertirla. Y lo peor del “realista” claudicante, del que se “adapta” a lo impuesto, no es serlo en sí y para sí, es que traicione la causa del pueblo pretendiendo rendirle a lo obligado, y actuando así activamente a favor de la perpetuación de su alienación y su esclavización.

  La colonización mental

  Pero el problema va más allá, es más profundo. Al fin y al cabo, fuera aparte los oportunistas profesionales del medrar dentro del régimen y el aprovechar las posibilidades que le ofrece a cambio de su renuncia y traición consciente, el regionalista y el reformista “bienintencionado”, el que actúa de forma inconsciente a favor del régimen, no es solamente un ignorante o un ingenuo, sino un abducido por el Sistema, un colonizado también mentalmente, lo que Frantz Fanon denominaba “síndrome del colonizado”. En este sentido decía Fanon que “el colonizado es un perseguido que sueña permanentemente en convertirse en perseguidor”, en referencia al grado de dominación sufrida por ciertos colonizados que llega a constreñirles la propia capacidad de razonamiento y a abarcar lo psíquico y anímico. El regionalista y el reformista andaluz inconsciente obedece a esa tipología de colonización también mental que convierte al colonizado en siervo fiel del colonizador, en perseguido perseguidor, hasta en mayoral de la finca esclavista. En un esclavo que sueña en ser kapo de sus compañeros presos o incluso en ser amo de esclavos. Permitidme, una vez más, que lo ejemplifique con la exposición que de este tipo de esclavos, en este caso el de los negros esclavos en las plantaciones algodoneras estadounidenses, hacía Malcolm X con mucha asiduidad en sus disertaciones, como en éste fragmento del famoso discurso conocido con la denominación del “mensaje a las bases”.

Había dos clases de esclavos (en las haciendas algodoneras): el negro doméstico y el negro del campo. Los negros domésticos vivían en la casa del amo, vestían bastante bien, comían bien porque comían de su comida las sobras que él dejaba. Vivían en el sótano o en el desván, pero vivían cerca del amo y querían al amo más de lo que el amo se quería a sí mismo. Daban la vida por salvar la casa del amo, y más prestos que el propio amo. Si el amo decía. “Buena casa la nuestra”, el negro doméstico decía: “Sí, buena casa la nuestra”. Cada vez que el amo decía “nosotros”, él decía “nosotros”. Así puedes identificar al negro doméstico. Si la casa del amo se incendiaba, el negro doméstico luchaba con más denuedo que el propio amo por apagar el fuego. Si el amo se enfermaba, el negro doméstico le decía: “¿Qué pasa, amo? ¿Estamos enfermos?”. ¡Estamos enfermos!. Se identificaba con el amo más de lo que el propio amo se identificaba consigo mismo. Y si tú (negro del campo) le decías al negro doméstico: “Vamos a escaparnos”, el negro doméstico te miraba y te decía: “¿Hombre, estás loco?, ¿qué es eso de separarnos?, ¿dónde hay mejor casa que ésta?, ¿dónde voy a encontrar mejor ropa que ésta?, ¿dónde puedo comer mejor comida que ésta?”. Ese era el negro doméstico.

En esa misma plantación estaba el negro que trabajaba los campos. Los negros del campo. Ellos eran las masas (clase trabajadora esclava). Siempre había más negros en los campos que en la casa. El negro del campo vivía en un infierno, comía sobras. En la casa del amo se comía carne de puerco de la buena. Al negro del campo no le tocaba más que lo que sobraba de los intestinos del puerco. Hoy en día eso se llama “menudillos”. En aquellos tiempos lo llamaban por su nombre: “tripas”. Eso es lo que eres: “cometripas” (excluido del “bienestar” doméstico). Y algunos de ustedes todavía son “cometripas” (no son ya esclavos pero si negros del campo). Al negro del campo lo apaleaban desde la mañana hasta la noche; vivía en una choza, en una casucha, usaba ropa vieja de desecho. Odiaba al amo. Digo que odiaba al amo. Era inteligente. El negro doméstico quería al amo. Pero aquél negro del campo, recuerden que era la mayoría, odiaba al amo. Si ibas con el negro del campo y le decías: “Vamos a escaparnos, vámonos de aquí”, el no preguntaba: ¿“A dónde vamos?”, sólo decía: “Cualquier lugar es mejor que este” (era consciente de su esclavitud). Actualmente aún tenemos negros del campo en Estados Unidos (negros que no son esclavos formales, física y jurídicamente, pero si esclavos sociales). Yo soy un negro del campo. Las masas (la mayoría negra actual) son negros del campo, e igual que el amo de aquellos tiempos usaba a los Tom (nombre arquetípico de negro doméstico ejemplificado por el personaje así apodado en la novela “La cabaña del Tío Tom”), al negro doméstico, para mantener a raya a los negros del campo, el mismo viejo amo tiene hoy a negros que no son más que tíos Tom modernos, tíos Tom del Siglo XX, para mantenernos a raya a tí y a mí, para tenernos controlados, mantenernos pasivos, pacíficos, no violentos.

  Como en el caso americano, en la Andalucía esclavizada hay dos clases de “negros”, de esclavos sociales y asalariados, de pueblo colonizado, el del “campo” y el “doméstico”, pero en nuestro caso nos encontramos con una subdivisión en el seno de estas tipologías. Aquí también las masas son las de negros del campo, pero gran parte lo ignora, creen no ya ser esclavos domésticos sino que piensan incluso que son iguales al amo. Ignoran el hecho de ser esclavos y su propia negritud. El ser “cometripas”. Son negros del campo que se piensan y comportan como negros domésticos, algunos hasta como sucedáneos de amo, constituyendo además la mayoría poblacional. Solo una pequeña minoría se sabe negra y se siente esclava, ya sea por sus condiciones sociolaborales o la comprensión de su pertenencia identitaria y de clase. Por su parte, el sector de los negros domésticos reales conforma una pequeña minoría que son y se saben siervos de la casa del señor, actuando no solo como fieles lacayos en su hogar-Estado, sino también como manijeros “negros” de las cuadrillas de esclavos del campo y leales capataces negros administradores de la hacienda-colonia. A los negros del campo que se ven como domésticos e iguales al amo les bastará con recuperar los sentidos abotargados para comprender lo que son y como son, abandonando el talante de Tío Tom temporales y engrosando las filas de los conscientes de su esclavitud, de su identidad colectiva, de ser unos siervos “negros” asalariados apuestos y antagónicos a los amos “blancos” burgueses. Por el contrario, los negros domésticos reales no sólo controlan y vigilan a los negros del campo y cuidan la finca para el dueño sino que esparcen entre los negros del campo la ensoñación que propicia que se sientan y comporten como domésticos y hasta ignoren su condición esclava. Más que Tío Tom son negros con el alma blanca. Negros que reniegan de la negritud y son sus enemigos, que si viven en la casa del amo y se aprovechan de las ventajas y privilegios que conllevan a costa del resto de esclavos. El esclavo doméstico real no constituye por ello un elemento atraíble a la causa común de la liberación de los esclavos, sino un componente a destapar, repudiar y reducir. La liberación de los esclavos andaluces, tan siquiera la lucha contra la esclavitud, nunca la van llevar a cabo ellos, tampoco se va a producir con ellos o gracias ellos, sino sin su participación o aportación, contra ellos y a pesar de ellos.

  El “nuevo andalucismo”, su “tercera ola”, se desencadenará cuando una parte considerable o apreciable de nuestros compatriotas, nuestros particulares Tíos Tom eventuales, los esclavos domésticos psicológicos del amo español y el Capital en Andalucía, hoy mayoritariamente abducidos por el regionalismo “autonomista”, el reformismo socialdemócrata y el estatismo españolista “progre”, despierten de su cegador encadenamiento mental, del falso “realismo” enajenador y paralizante inducido por los auténticos esclavos domésticos de la casa-Estado del amo español, desenmascaren a los vendepatrias que se lo han inoculado, den la espalda al colaboracionismo y a los colaboracionistas, se desembaracen de los prejuicios electoralistas e institucionalistas que le han introducido aprovechando su desconocimiento y extravío “para tenernos controlados, mantenernos pasivos, pacíficos, no violentos”, para ser unos negros del campo asalariados útiles para el colonizador y la colonización. Será a partir de entonces, cuando una parte cuantiosa o estimable de nuestro pueblo pase de preguntar y preguntarse “¿qué es eso de separarnos?, ¿dónde hay mejor casa que ésta?, ¿dónde voy a encontrar mejor ropa que ésta? ¿Dónde puedo comer mejor comida que ésta?” ante la opción independentista y revolucionaria de “vamos a escaparnos, vámonos de aquí”, de rompamos las cadenas de la esclavitud, de recuperemos nuestra tierra y nuestra libertad, cuando no demande ya tan siquiera ese “¿A dónde vamos?”, cuando sólo marchará afirmando que “cualquier lugar es mejor que este”, que el opresor Estado Español impuesto, la ladrona economía capitalista y su alienante “sociedad de consumo”, cuando podrá vislumbrarse la luz de la victoria al final del túnel de la opresión “tras siglos de guerra” de resistencia contra el ocupante y expoliador .

  Será sólo entonces, cuando la perseverancia y coherencia de la izquierda independentista dé sus frutos logrando que nuestros compatriotas miren con esperanza el horizonte liberador planteado por el andalucismo y que nuestros paisanos activistas bienintencionados que hoy, en su ignorancia y enajenación incitadas, se mantienen dentro de los desgastadores e inútiles callejones sin salida que implican las ideas, los planes y los planteamientos regionalistas y reformistas, se les caiga la venda del error instigado por sus embaucadores grupos, “líderes” e “intelectuales”, sumándose al proyecto andalucista real, al de Blas Infante, al camino ya emprendido por la actual segunda ola impulsada por la izquierda andaluza libertadora, continuadora de la primera, la iniciada por el andalucismo histórico, y siendo acompañados en el por una parte importante de las clases populares andaluzas, cuando cabrá decir no sólo que ha comenzado la tercera, sino que ésta será la definitiva, la que alcanzará la meta. Seamos de verdad realistas, situémonos en la realidad reivindicando la utopía de la liberación y bregando por su conquista, por nosotros mismos y con nuestros propios medios, a través de nuestros propios proyectos, actuaciones, organizaciones, coaliciones y alianzas. Si así lo hacemos, por oscuro y difícil que se muestre el presente, el futuro nos pertenecerá, porque permaneciendo en pie y junto a un pueblo lúcido y activado, el desenlace exitoso de “la larga marcha” estará asegurado porque éste se encontrará sólo en las manos del pueblo trabajador andaluz.

Se puede matar a un hombre, pero no se puede matar una idea.

Blas Infante

  Francisco M. Campos López