Lunes 25 Junio 2018

Reivindicando al Blas Infante soberanista y revolucionario.

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Blas Infante revolucionario
Andalucía Soberana constituida en democracia republicana”. (Blas Infante: “La verdad sobre el complot de Tablada…”)
 
“Revolución a todo trance contra el régimen capitalista”. (Blas Infante: “La Dictadura Pedagógica”)
 
Durante los días 10 y 11 de Agosto, todos aquellos que tenemos a Blas Infante como referente de lucha por la liberación de nuestra Nación, hemos vuelto a escuchar, a esa variopinta tribu que se auto reclama como “andalucista”, el reiterativo panegírico de un “Padre de la Patria” que, como el agua destilada, resulta incoloro, inodoro e insípido.
 
Una caricatura esquemática y tergiversada del hombre y sus ideas, hecha a imagen y semejanza de ellos mismos, al objeto de justificar sus propias contradicciones ideológicas y actitudes pusilánimes frente al ocupante. Ese Blas Infante regionalista y españolista con respecto a Andalucía, solo tímida y moderadamente reformista en lo social, es no solo reflejo de sus propios posicionamientos, sino fruto de la labor de alienación identitaria realizada por el españolismo durante siglos. Esa versión edulcorada es resultado del condicionamiento social padecido por nuestro Pueblo.
 
Desde los comienzos de la conquista de nuestra Nación, haya por 1212, hasta nuestros días, la actuación del españolismo, el amo que le puso Europa a Andalucía, en palabras de Blas Infante, puede sintetizarse en un proceso de desenraizamiento forzado de los andaluces para facilitar su control. El exterminio del Pueblo Andaluz, antes que físico, que también lo fue, era y es psicológico. No se trataba de acabar con nosotros sino con nuestra identidad, como medio de posibilitar y perpetuar nuestro encadenamiento y sometimiento. Hubo matanzas y expulsiones, claro que sí. Cientos de miles de nuestros compatriotas fueron, perseguidos, masacrados y arrojados de su tierra, pero, utilizando un símil médico, siempre se trataron de operaciones quirúrgicas: selectivas. No se pretendía acabar con los andaluces sino de dominarnos mediante nuestra “domesticación” psicológica. Lograr que olvidásemos lo que éramos y habíamos sido, convenciéndonos, a un tiempo, de nuestra inferioridad y dependencia.
 
Para comprender la relación entre España y Andalucía hay que remontarse a la antigüedad clásica y, en concreto, al ejemplo espartano. La aristocracia castellana poseía las mismas intenciones con respecto a nosotros, que Esparta con respecto a los ilotas. Mientras Esparta estaba situada en un terreno agreste y poco productivo, Helos, más al sur, se encontraba en una fértil campiña. Lo ilotas Fueron conquistados y sus tierras, junto con ellos mismos, repartidos entre la élite guerrera. A cada uno le correspondía una cantidad de tierra junto con la población autóctona necesaria para cultivarla. Los ilotas eran esclavos imprescindibles para proporcionar riqueza a sus amos. De nada servía la posesión de fértiles tierras sin manos que las trabajasen.
 
Pero los ilotas eran numerosos y los espartanos pocos. Su capacidad guerrera les había posibilitado la conquista, pero era insuficiente para asegurar la situación indefinidamente. De ahí que la política espartana pasase, no por hacer desaparecer a la población, sino por erradicar cualquier idea o posibilidad de levantamiento. La Castilla medieval estaba gobernada también por una elite guerrera aventurerista que, al igual que la espartana, basaba su poder y riqueza en una agresiva política expansionista. En el fértil Valle del Guadalquivir veían un territorio capaz de de suplir la escasez material y humana mesetaria. Andalucía significaba abundancia en tierras y en siervos. Aquella élite ya poseía los gérmenes ideológicos del españolismo: la conquista y opresión de los pueblos para su esclavización y explotación.
 
Ese era el proyecto, desde su entrada por Despeñaperros, con respecto a nuestro País y nuestros antepasados. Mientras el resto de cruzados europeos invasores solo pretendían el botín, retornando, una vez obtenido, a sus respectivas poblaciones, la tradicional razia practicada por todos en aquella Península como medio habitual de financiación, la aristocracia castellana entró para quedarse. Andalucía era su particular Helo. Esas ricas tierras del sur que les proporcionarían la riqueza y vida añoradas. Y nuestros antepasados sus ilotas. La mano de obra local, sometida y utilizada, que las trabajarían para su provecho. La escasamente poblada Meseta era incapaz de proporcionar el número de de súbditos necesarios para sustituirnos, para “repoblar”.
 
Además, poseíamos unos conocimientos agrícolas de las que ellos carecían. Por tanto, los andaluces éramos no solo necesarios sino imprescindibles. De ahí que, como en caso de los ilotas, no se tratase de hacernos desaparecer, de “expulsarnos”, sino de erradicar de nosotros cualquier sentimiento insurreccional e imposibilitar cualquier oportunidad de ponerlo en práctica. Se trataba de hacernos dóciles, sumisos y laboriosos trabajadores. Un pueblo desenraizado, alienado y sometido. Es en éste hecho fundamental en el que no solo se encuentra el origen de los “señoritos” latifundistas ociosos y de los “resignados” jornaleros sin tierras, sino el de gran parte de las peculiaridades políticas y socio-culturales contemporáneas de nuestro Pueblo.
 
En todo lugar y situación, los seres humanos han sido dominados mediante una política de condicionamiento basamentada en la utilización de dos elementos simultáneos: terror y despersonalización. Y este segundo aspecto es el determinante. El terror paraliza, pero la despersonalización incapacita. El miedo produce un sometimiento forzado y, por ello, apreciable y desquitable. La despersonalización logra una tipología de sometimiento interiorizado e inadvertido y, por ello, asumido con “naturalidad”. Consecuentemente, la política del ocupante tuvo como características primordiales: la extirpación de toda resistencia, mediante el exterminio de los irreductibles y la “reeducación” y “amansamiento” del resto. Ambas estaban destinada a un mismo fin: nuestra utilización como mano de obra dúctil y barata. Si la razón de la conquista era económica, deshacerse de unos trabajadores especializados e insustituibles carecía de sentido. Vivos éramos útiles. Muertos o ausentes no. De ahí el que nuestro completo exterminio o expulsión hubiese sido contradictorio con sus propios intereses. La diferencia real entre moros/moriscos y cristianos nuevos/viejos, en aquella Andalucía, era solo la de una gradación de resistencia o asimilación. De “utilidad” o “inutilidad”. Ni el “moro” vino de Arabia, ni el “cristiano” de Burgos. A excepción de la propia élite y unos pocos miles de vasallos que les acompañaron, aquí no había más que andaluces. Moros eran en realidad los andaluces libres, moriscoslos conquistados. Cristianos nuevos los forzados a la asimilación y viejos los ya asimilados. El desenraizamiento de nuestro Pueblo para facilitar su “utilidad”, realizarle una especie de lobotomía colectiva que le hiciese olvidar quien era y le identificase con el conquistador, como en toda empresa colonial, fue y es el leitmotiv, el porqué último de las acciones españolas en nuestra tierra. El medio de asegurar su dominio.
 
Blas Infante era plenamente consciente de esta situación y de sus repercusiones socio-políticas y psicológicas, en la Andalucía de su propio tiempo. Del hándicap que la misma conllevaba para revelarla, para ponerla en pié: “El único centro conspirador, verdaderamente eficaz, es la conciencia de un País”. (Bla Infante: “La verdad sobre elcomplot de Tablada…”). De ahí, se deduce no solo la razón de su insistencia en la necesidad de un renacimiento identitario o del carácter pedagógico con el que quería envolver toda acción política del andalucismo, sino el que dicha consciencia constituía, para él, una guía determinante, no solo de su propia actividad sino de la que inculcada a sus correligionarios. “Piensen ustedes., restauradores de Andalucía, que tienen que empezar hasta por notificar, aún, a gran parte del Pueblo Andaluz, el hecho mismo de su propia existencia, hecho enterrado entre las tinieblas de la ignorancia (…) que por fuerza despiadada o ineluctable impuso a Andalucía la bárbara conquista europea y el terrible proceso de asimilación”. (Blas Infante: “Fundamentos de Andalucía”). Era conocedor, no solo del grado de alienación y aculturización alcanzado, sino de las consecuencias sociales y psicológicas que habían conllevado y que permanecían incrustadas en las mentes de sus contemporáneos. Y La primera de ellas era la propia incomprensión de un discurso nítidamente soberanista. Si aún hoy el condicionamiento inducido por siglos de represión está tan arraigado, tanto en la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, como incluso en gran parte del mismo nacionalismo andaluz, intentad imaginar cual no sería su influencia en la Andalucía de principios del siglo XX.
 
Esa es la razón de que decidiese optar por una táctica gradualista en lo ideológico y oportunista (en su sentido etimológico, de oportunidad, no en el peyorativo) en lo político. La vida de Infante, como intelectual y hombre de acción, está marcada por esa adaptación a las circunstancias de cada momento. Ese es el origen de la supuesta “evolución” o “contradicciones” existentes tanto de su pensamiento como en su actividad política. No era fruto de la improvisación o de los cambios de parecer, sino del convencimiento en la necesidad de cierto “camaleonismo”. De mostrar y subrayar unos aspectos y ensombrecer o subordinar otros, dependiendo del grado de capacidad de absorción del mensaje y de posibilidades insurrecionales del momento.
 
El mismo así lo reconoce en sus últimas obras: “El criterio rigurosamente pragmatista que ha venido presidiendo o dirigiendo el desarrollo de nuestra ya larga labor (…), nos acredita de prudentes con exceso, según ajena calificación. Tanto hemos amado nuestra obra, que a cada tiempo hemos puesto su cautela, temerosos de que una precipitación pudiese llegar a retardar su lento avance, haciéndonos perder por un salto impremeditado, lo ganado con tanta paciencia”. (Blas Infante: “La verdad sobre el complot de Tablada…”). “Pocos somos pero menos seríamos si al principio de nuestra
campaña hubiésemos resuelto exponer de un modo directo el contenido total de nuestra ideología. Nuestros auditorios y nuestros lectores eran gentes absolutamente sumergidas en el ambiente lógico y afectivo, español y europeo, y hubieran huido de nosotros como de locos de atar”. (Blas Infante: “Fundamentos de Andalucía”).
 
Su mensaje y su estrategia, consecuentemente, se van dosificando, de menos a más, de forma premeditada, a lo largo de los años, según va considerando que puede ser no solo captada y aceptada popularmente, sino aprehendida por sus seguidores. Fue en sus últimos años cuando considero llegado el momento de mostrar ideas y metas en su integralidad, sin tapujos. Creyó entonces suficientemente madura la situación como para permitirse comenzar a destapar las partes más “problemáticas” de sus ideas y, al propio andalucismo, como movimiento político de liberación nacional y social. “Teníamos que aguardar a mejores tiempos, coincidentes con la quiebra de aquellos criterios y normas enemigos, cuyo proceso de descrédito se desarrollaba a la vista nuestra. Y esos tiempos han llegado. (…) vamos a poder venir a comunicar, de un modo más completo, nuestra verdad (…) No envejeció nuestra ideología, sino su capa, el eufemismo. La timidez natural de los tremendamente y secularmente castigados. Nuestra renovación ideológica ha de consistir, principalmente, en ofrecer desde ahora nuestras aspiraciones al desnudo”. (Blas Infante: “Fundamentos de Andalucía”). Esta “renovación” quedó solo esbozada. Nunca pudo acometerse, porque poco después se produjo el Golpe de Estado fascista y Blas Infante sería asesinado.
Pero al igual que otras ideologías, como el marxismo o el anarquismo, el andalucismo ha tenido que enfrentarse a intentos “reinterpretativos” por parte de reformistas parapetados en supuestas necesidades de “actualización”. Es más, como en el caso del socialismo científico, también la “oficilialidad” y la mayoría de sus seguidores están hoy poseídos por mentalidades revisionistas. Y ambos revisionismos tienen los mismos orígenes y fines. En Andalucía, nacen y se alimentan del mundo intelectual pequeño-burgués, el sector más condicionado, que, como consecuencia de su propia caracterología de clase, permanecen eternamente miedosos ante toda transformación y ansiosos por su aceptación por el Sistema y su propia inclusión en el. Centrándonos
en el andalucismo; tras el final abrupto que conllevó para la propia ideología el asesinato de Infante, pues nadie pudo y/o supo sustituirlo, continuando y
profundizando en el proyecto, cuarenta años después renace un sucedáneo del mismo, en manos de profesionales liberales urbanos que solo habían asimilado sus ideas de forma parcial y superficial. No son nacionalistas ni revolucionarios, apenas unos regionalistas “progresistas”. He aquí los porqués de su revisionismo. En su ascendencia de clase y sus raíces urbanitas, formando parte, por ambas causas, del sector poblacional históricamente más desenraizado y controlado por el españolismo.
 
Blas Infante, siempre había considerado que la base social del andalucismo, aquellos llamados a encabezar la liberación nacional y social, era el Pueblo Trabajador Andaluz, no la burguesía, o “clases medias” como él las denominaba, a las que consideraba los menos andaluces entre los andaluces. Y en aquella Andalucía agraria, donde la industria era anecdótica, la inmensa mayoría de ese Pueblo Trabajador eran los “felahmengu”, los “flamencos”, “los labradores huidos o expulsados” por los conquistadores, como él traducía su significado. Los trabajadores jornaleros del campo. Estos eran considerados por él, en contraposición a la burguesía urbana, los herederos naturales de nuestros antepasados. Los andaluces más genuinos: “El pueblo andaluz, puro o auténtico, es el distribuido por las zonas rurales: campesinos con o sin campos, en los cuales, relativamente, no existe la mezcla de sangre andaluza con sangre extraña que vino a operarse en los grandes centros urbanos” (Blas Infante: “Orígenes de lo Flamenco…”).Aclararemos, para los desconocedores de
su obra, que Infante era ajeno a las teorías raciales o racistas. El concepto de “sangre” tiene en su pensamiento un significado exclusivamente socio-cultural y étnico. En cuanto al término “jornalero”, para él englobaba a la totalidad de la clase obrera: “En la clase jornalera podemos incluir: trabajadores del campo, oficiales artesanos, obreros de las industrias, desde luego estos en las capitales y grandes poblaciones, en los demás pueblos apenas si existen” (Blas Infante: “El Ideal Andaluz”). “Jornalero” es sinónimo tanto de trabajador asalariado de la tierra, como de todo obrero “a jornal”.
 
Como decíamos, la mentalidad pequeño-burguesa se caracteriza por su miedo a los cambios radicales y sus ansias de “orden” e integración en el Sistema. Eso que resumen en vivir “bien” y “tranquilos”. Estas mismas características, lógicamente, son igualmente las que sintetizan el revisionismo del “reformismo” andalucista. De ahí su sus intentos de hacer aparecer a Blas Infante y su pensamiento lo más aceptable para el Sistema y, por tanto, lo más españolizado y moderado posible. Los que le asesinaron, el nacionalismo estatalista militante que dio la orden de fusilarlo, era, en cambio, plenamente consciente del contenido soberanista y revolucionario de sus ideas y pretensiones. Por ello fue eliminado. Si se hubiese tratado de un simple regionalista, un defensor de su “patria chica” y de una España descentralizada, además de meramente sensible a las carencias de “los más desfavorecidos” en lo
social, no hubiese constituido un peligroso enemigo a batir por el fascismo. La sentencia que, a posteriori, justifico el crimen, expresaba, sin ambages, con absoluta nitidez, las causas de su condena, el porque tenía que morir. Por un lado: “formó parte de una candidatura de tendencia revolucionaria”. Por otro: “se significó como propagandista para la constitución de un partido andalucista”. Esos eran los riesgos que suponían su prédica y existencia. Le asesinaron por anticapitalista y soberanista.
 
Esta forma de apreciar su figura y su obra por parte del españolismo, no constituía, por otro lado, una apreciación errónea. Curiosamente, era infinitamente más correcta que la que hoy poseen de ambas muchos de los que se autocalifican de “andalucistas”. El mismo había dejado por escrito, de forma inequívoca, cual era su aspiración última con respecto a nuestra Nación: “Si, nosotros aspirábamos y aspiramos, y seguiremos aspirando, a la elaboración de un Estado Libre Andaluz. (…) Pues nosotros no tenemos, por ahora, otras denominaciones que las de República Andaluza o Estado
libre o autónomo de Andalucía para llegar a expresar aquella Andalucía Soberana, constituida en democracia republicana”. (Blas Infante: “La verdad sobre el complot de Tablada…”). Y también con respecto a nuestro Pueblo y su futuro: “Yo jamás me adjetivé de revolucionario, no obstante haber defendido siempre los mismos principios esenciales económicos y políticos”. (B. I.:“La verdad sobre el complot de Tablada…”).
 
Sin embargo, muchos de los que ahora se proclaman andalucistas y sus herederos ideológicos, suelen “olvidar” este tipo de afirmaciones, incluso padecen una curiosa amnesia selectiva con respecto al contenido de la propia sentencia, recordando solo la parte en que se le acusa y declara “culpable” de propagar el andalucismo. Lo de la “candidatura revolucionaria”, suelen ignorarlo y excluirlo. Pero, aunque intenten silenciarla, su ideología anticapitalista y antiimperialista queda clara en su obra: “Amigos y soldados fervorosos seremos siempre de todos los poderes revolucionarios, enemigos de la Dictadura Plutocrática o Burguesa, hoy casi universalmente extendida”. (B. I.:“La dictadura pedagógica”). Al igual que el revisionismo marxista hace un constante y deliberado ejercicio de “selección” de la obra de Marx, destacando aquellos aspectos que, descontextualizados, pudiesen ser susceptibles de una interpretación acorde con una ideología “conciliadora” y pactista con respecto al Sistema, estos “andalucistas” realizan una auténtica obra de reinterpretación, cortando aquí y tapando allá, hasta lograr desnaturalizar sus ideas. Ambas tendencias poseen, además, una comprensible predilección por las primeras obras de ambos autores y una alergia indisimulada por las últimas. Interesa sobremanera el Marx joven o el Infante de los primeros escritos. Por el contrario, reniegan o silencian los de los últimos años. El periodo de mayor madurez de ambos y aquel en el que con más claridad e
indiscutiblemente dejan patentizadas, sin lugar a dudas o interpretaciones, tanto en textos como actuaciones, esas metas “radicales” de las que el pequeño-burgués huye.
 
El Blas Infante que escribió aquellos primeros textos, como “EL ideal Andaluz”, era el más lastrado por esa praxis practicista y prudentista autoimpuesta. Por eso, de esa primera obra, tan del gusto revisionista por su aparente regionalismo, pro españolismo y mero reformismo económico, él mismo renegó en parte posteriormente. No obstante, escarbando la superficie, también en ella se le encuentra entre líneas. Tampoco es representativo aquel joven fisiócrata tan del agrado reformista por supuestamente conciliador en lo social y moderado en lo económico, aunque, evidentemente, forme parte innegable de su trayectoria. El Blas Infante real, es el que comenzó a mostrar su ideología sin “eufemismos”, como el denominaba a la etapa primera. Fue el hombre maduro y madurado de los últimos años. El de obras como “El complot de Tablada” o “Fundamentos de Andalucía”. El que renegaba cada vez más abiertamente de Europa y España, hablando, cada vez más frecuentemente, de revolución. El compañero de comunistas y anarquistas, defensor de los felahmengu, de aquellos obreros-jornaleros a los que animaba a levantarse y tomar el Poder. El que denomino a su grupo político “liberalista”, con lo que subrayaba el qué era y el para qué existía el andalucismo.
 
Éste término encierra y engloba todo lo expuesto en el presente artículo. Es un juego semántico de ambigüedad calculada. Procede de “libertad”, al igual que liberal o libertario. Pero basta con leerlo en su contexto, para comprender que no hace referencia a un conjunto de ideas sino a una actitud, a una motivación de la actividad.
 
“Liberalista” era el adjetivo del movimiento. Junta Liberalista de Andalucía su denominación completa. “Junta” es sinónimo de unión. Y las personas se juntan con un propósito. En este caso la pretensión es “liberalista”, o sea liberadora. Y el objeto de la liberación es Andalucía. Era una Unión Liberadora (para la Liberación) de Andalucía. Vemos que, por un lado se habla de liberar pero, al mismo tiempo, usando una terminología suavizada. “Liberalista”, en lugar de “liberadora”. La denominación acuñada refleja esa “prudencia” que creía obligada, esos eufemismos” sujetos a las circunstancias. Pero muy posiblemente, si el Golpe de Estado fascista no hubiese truncado su vida y la trayectoria del movimiento, los siguientes años hubiesen sido testigos de un cambio sustancial, no en el mensaje sino en las formas de transmitirlo, dado que pretendía iniciar una etapa caracterizada por el abandono de esa
“prudencia”, considerando que el momento y las circunstancias eran proclives a ello.
 
“Esos tiempos han llegado”, afirmaba en “Fundamentos de Andalucía”. No hay duda que, tanto él como su organización, se hubiesen destapado, poco después, mostrándose ideológicamente como lo que su “ideal andaluz” siempre fue, significó y conllevaba: la liberación nacional y social del y para el Pueblo Trabajador Andaluz. Es obvio que Blas era un revolucionario, aunque no al uso. “Ha llegado la hora de que el privilegio muera. No puede persistir la terrible iniquidad que divide a los hombres en señores y esclavos (…). Ha llegado la hora de que el hombre se emancipe del yugo del hombre”, afirmaba con rotundidad ya en 1913, en el congreso georgista de Ronda.
 
El se declaro, por tanto, abiertamente anticapitalista, pero no se definió nítidamente ni como marxista ni como libertario, y sería absurdo pretender encorsetarlo en uno solo de esos parámetros, al menos en sus conceptuaciones más ortodoxas. Y es igualmente cierto que muchos de sus textos traslucen concordancias con ambos. Hay incluso quienes sostienen una supuesta adscripción oculta y ocultada al Islam, aunque las pruebas en que se basan son muy débiles. Pero Lo que si es completamente indudable e innegable son las metas independentistas y socialistas que sostenía y propugnaba para nuestro País y nuestro Pueblo. Podremos discutir acerca de la caracterología estructural o de alianzas que pretendía para esa venidera “Andalucía Soberana”, pero no sobre el hecho de que aspirase a ella. Es lícito también debatir cual era su tipología de posicionamiento revolucionario, de socialismo, si sus bases
sustentadoras eran más cercanas al leninismo, al bakunismo, al cristianismo o al islamismo, pero no su visión comunitaria y colectivista, comunista en el más amplio sentido por tanto, de esa sociedad andaluza futura con la que soñaba. “Somos o aspiramos a ser comunistas (…) y decimos aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a conferirnos el máximo honor de expresarnos con ese nombre de comunistas”, afirmó de sí y el andalucismo (Blas Infante: “La dictadura pedagógica).
 
También es obvio que era un independentista, un “separatista”, como era acusado por el españolismo de la época. Y lo era de facto, de hecho, aunque no lo manifestase abiertamente, al igual que era un revolucionario por sus actos e intenciones, aunque no se adjetivase como tal. La referencia a la “Andalucía soberana constituida en democracia republicana” es una alusión directa al artículo primero de la Constitución de Antequera, La Constitución Andaluza como él la llamaba, que afirmaba: “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior”. Esta Constitución definía la soberanía, por tanto, como la capacidad de acción y elección del Pueblo Andaluz sobe
sí mismo y su país. Una capacidad ilimitada y exclusiva derivada de los derechos y libertades de los propios ciudadanos. Una soberanía que no era concedía, otorgaba o reconocía por nadie o por nada, de ahí que “no reciba su poder de ninguna autoridad exterior”. El mismo pueblo Andaluz era la autoridad y el dueño del poder. Es más, el mismo articulado preveía que, en caso de cualquier tipo de unidad o confederación con otros pueblos y/o naciones, ello no podría conllevar perdida alguna de la propia soberanía. O sea, que Andalucía era soberana y permanecía siendo soberana en toda
circunstancia. ¿Y que es la independencia sino esto? Un pueblo y una nación independiente es aquel y aquella que “no depende” de nada ni de nadie ajeno a él o a ella misma, de “ninguna autoridad exterior”, a la hora de hacer o decidir. Es “autónoma”, o sea, que hace y decide “independientemente” de todo aquello ajeno a si mismo y a sí misma. Por tanto, un Pueblo Andaluz y una Andalucía soberana, según estos principios constitucionales, y según el ideario de Blas Infante, es un pueblo y una nación independiente. Y hay múltiples referencias, de él y del Andalucismo histórico, a que la conformación de nuestro país según los preceptos de la Constitución de Antequera suponía para él uy ellos esa Andalucía libre propugnada y perseguida, la “Andalucía soberana”, por eso era denominada como la Constitución Andaluza.
 
Rescatemos y reivindiquemos, pues, a ese Blas Infante pleno, real y auténtico, al soberanista y al revolucionario, al margen de que partiese desde posiciones marxistas, libertarias, cristiana o musulmanas; de alguna, ninguna o de todas ellas al unísono., Las cuatro son ideologías defensoras de la justicia, la igualdad, la libertad de los pueblos, y profundamente anticapitalistas. Lo trascendente es que desbaratemos el estereotipo interesado de un “Padre de la Patria” veleta y aséptico, mostrando al Blas Infante verdadero. Al luchador comprometido, al extremo de ser capaz de dar su vida
por la liberación nacional de su tierra y la liberación social de su pueblo. Aquel al que asesinaron mientras gritaba: ¡viva Andalucía libre! Nuevamente, como él decía, “los tiempos han llegado”. “Nuestra renovación ideológica ha de consistir, principalmente, en ofrecer desde ahora nuestras aspiraciones al desnudo”. Mostrarlo y mostrarnos como lo que era y somos: luchadores por esa “Revolución a todo trance contra el régimen capitalista” y por esa “Andalucía Soberana constituida en democracia republicana”. Por la liberación nacional y social de Andalucía. Solo en eso consiste y puede consistir el andalucismo y el socialismo del siglo XXI andaluz.
 
Francisco Campos López