Miércoles 18 Julio 2018

Las contradicciones insalvables de la filología orgánica andaloespañola: momentos estelares de Lola Pons (I)

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Lola Pons
En otro lugar [1], con motivo de la cobertura de Canal Sur en torno a la aparición de la traducción del clásico literario Le Petit Prince al andaluz de la Algarbía, elaborado por el profesor Huan Porrah [2], tuvimos ocasión de comprobar el doble discurso del estamento universitario hegemónico en las facultades de Filología de nuestro país, por boca de una de sus representantes más mediáticas, la profesora de la Universidad de Sevilla Lola Pons Rodríguez. 
 
Por hacer un poco de memoria, ante las cámaras de La Nuestra se quejaba de que “Este tipo de prácticas gráficas incide en el tópico del andaluz más vulgar. ¿Por qué Er Principito, con ese paso de esa letra ele a erre, con ese rotacismo de barcón, arcarde, que no todos los andaluces practican?”. Verificamos en este parlamento (Moreno Cabrera, 2011: 228) 
 
<< Buena parte de la actividad preceptivista de aquellos a quienes S. Pinker denomina «expertos» de la lengua […], algunos de los cuales trabajan en las academias de la lengua, y de las actitudes de los «Jeremías de la lengua» […] fundamentada en una serie de suposiciones erróneas acerca de la naturaleza y funcionamiento de las lenguas naturales […]. los dos grandes errores de este tipo de jueces de la lengua [provienen], en primer lugar, de la subestimación de los recursos lingüísticos naturales de la gente corriente y, en segundo lugar, de su «olímpica ignorancia de la moderna ciencia del lenguaje» [3]. >>
 
A colación de las mismas declaraciones televisivas de Pons traemos también estos argumentos de Martín González (2017: 4-5):
 
<< Así se entiende, por tanto, que un ejercicio de representación gráfica de un sistema lingüístico como el de Juan Porras haya sido rechazado por parte de estos especialistas de la forma más irracional con argumentos tan disparatados como, por ejemplo, la acusación de reflejar lo más vulgar o el tópico del andaluz. ¡Como si el concepto de vulgaridad (o de refinamiento) fuese una categoría de análisis de la ciencia lingüística! Es igualmente previsible el ataque visceral a la propuesta de que se considere a un conjunto de sistemas lingüísticos con las semejanzas e importancia suficientes como para que se promueva su estudio y conocimiento si para estos especialistas se trata de simples «hablas» que, además, representan desviaciones degeneradas del modelo elitista ya establecido como lengua. >>
 
Sin embargo, tal como veíamos en aquella ocasión [4], era la misma emisora del anatema referente a la 'vulgaridad' de determinados usos lingüísticos quien nos ofrecía el antídoto para sus propias invectivas tanto contra las pronunciaciones que no consideraba lícitas como contra cualquier tentación sacrílega de elaborar cualquier sistema de escritura que refleje la lengua natural de Andalucía [5]: 
 
<< Y la verdad es que ahora que no nos oye nadie y esto no está grabado ni nada de eso, pues desconfíen de todos esos filólogos que le dicen “¡no diga usted esto, que está mal!”, porque quizá dentro de cincuenta años siga estando mal (me se: “me se cayó” sigue estando mal; seguimos considerando que eso está mal dicho) pero muchas veces eso que estaba fatal sale en el telediario ahora. Miren: si nos pusiéramos a ver el grado de llevarse las manos a la cabeza, de insultar, llamar gente vulgarísima y abyecta a la gente que decía no una /p/ intervocálica, “lupu”, sino una /b/, “lobo”... Eso es una lista de testimonios larguísima. La gente que decía “tierra” y no “terra”. ¡Buuuh!  [Parodia dicho gesto de llevarse las manos a la cabeza.] ¡Cómo los trataban! Los más vulgares: “el latín de los africanos”, les decían. >>
 
Constatamos de este modo la incoherencia e hipocresía de un doble discurso en virtud del cual en público se anatemizan las formas consideradas vulgares mientras en privado se pretende ofrecer un rostro amable y comprensivo con la variabilidad lingüística. En este y en próximos artículos analizaremos con mayor detenimiento esta y otras contradicciones, tanto de la charla celebrada en un bar sevillano el 26/IV/2017 donde pronunció este último fragmento como en otras de sus apariciones en los medios de comunicación, así como alguno de sus textos académicos.
 
Por supuesto, la profesora en ningún momento entra a abordar los misteriosos motivos por los cuales “«me se cayó» sigue estando mal”, por reutilizar sus palabras. Segundos antes (minuto 26:00) decía esto en la citada charla: 
 
<< “Estándar” es el lenguaje común que no está marcado: pues, por ejemplo, cuando pongo la tele y veo el telediario, eso, lo que me hablan, es estándar. Y si en la tele se da la voz a un mengano que dice “es que me se perdió algo”, pues ese “me se perdió” es un rasgo que ha nacido aquí [señala la parte inferior de la pantalla] y que no ha llegado al estándar. Pero otras veces tiene un rasgo que ha nacido abajo y que llega al estándar. ¿Cómo? Oye, pues poco a poco. [Sonríe.] Poco a poco y cambiando de consideración. >>
 
En 29:34 prosigue con el asunto de las claves de influencia en la aceptación de un determinado cambio lingüístico planteándose una pregunta que, para decepción de la audiencia más avispada, y como sucede en el fragmento anterior, se muestra incapaz de responder satisfactoriamente:
 
<< ¿Qué hace que algún cambio suba o baje? O sea: ¿por qué eso que empieza abajo, ese “me se cayó”, no ha subido y sí ha subido el paso de “terra” a “tierra”? Eso depende mucho de una noción que se estudia mucho en sociolingüística, que es la noción de prestigio. Hay muchos tipos de prestigio: abierto, encubierto... El prestigio abierto (bueno, es un concepto que podemos decir, que de manera muy básica, aludiendo al mero significado que tiene la palabra “prestigio” en el mundo actual): un cambio que tiene prestigio presenta connotación positiva, y comienza a escalar. [Expresa dicha acción con un gesto de manos.] Normalmente escala de sectores sociales a sectores sociales. Y si va de arriba hacia abajo escala [sic] de tipo de texto en tipo de texto. Por ejemplo, un patrón muy común es que vaya de la lengua jurídica a la administrativa, de la administrativa a la historia, y de la historia a la ficción. Y una vez que la use un novelista, pues ya todo el mundo la emplea. Ese es un patrón de difusión bastante común. Alguien le da prestigio y el prestigio va yendo en cadena. >>
 
Vemos cómo la profesora universitaria intenta explicar el cambio lingüístico mediante la metáfora de palabras que se comportan como bichitos que trepan por los árboles “poco a poco”, por cuanto unos llegan a la copa mientras otros se caen por el camino, lo que, evidentemente, no explica realmente nada, como no lo hace recurrir a jerga técnica como el ya obsoleto concepto de “prestigio”, poco ilustrativo respecto a factores como la clase social y el problema del poder. Bourdieu (2008) ha acuñado la denominación de efecto Montesquieu para aplicarla a este tipo de explicaciones que, bajo el ropaje pseudocientífico, y formuladas por una figura de autoridad socialmente aceptada, no encierran más que las mitologías de una determinada comunidad cultural. Se trata de un (ibíd.: 199 y 198)
 
<< efecto de imposición simbólica específico que se produce al sobreimponer a las proyecciones del fantasma social o las preconstrucciones del prejuicio la apariencia de ciencia que se obtiene por la transferencia de los métodos o las operaciones de una ciencia más sólida o sencillamente más prestigiosa. Efecto que, sin ser desconocido para la física o la biología, ha encontrado un terreno abonado en las ciencias sociales donde son incontables las «teorías» creadas por imitación mecánica de la biología y, sobre todo, de la física. […]
 
Por la licencia o el refuerzo que confiere al fantasma social y por la autoridad y la legitimidad que aporta a su expresión, la tradición letrada forma parte de las condiciones sociales de posibilidad del mito culto, de su forma, es decir, del lenguaje de tintes científicos con el que se adorna, y sin duda de su existencia misma. Pero también de su recepción […]. >>
 
En estas cuestiones, mucho más pertinente que el término “prestigio” es la noción de privilegio lingüístico acuñada por Rodríguez-Iglesias (2016: 29). En concreto (Rodríguez Illana, 2017: 22),
 
<< Que un/a hablante diga «me z'orbidó» en vez de «se me olvidó» no comporta ningún déficit expresivo […]. De hecho, la primera elección sigue la que ya en época bajomedieval era la norma sevillana («me se»), es decir, la del territorio más recientemente conquistado por Castilla, frente a la toledana («se me»). Que se optara por esta última en detrimento de la anterior a la hora de confeccionar la gramática oficial del castellano no hace sino reflejar la primacía de un territorio sobre otro por motivos económicos, militares y políticos, en función de dónde se encontraba el núcleo geográfico del poder. >>
 
La regularidad artificial de las lenguas escritas tiene que ver con el proceso de estandarización lingüística en el que se elige una de diversas variantes que aparecen en la lengua natural que le sirve de base: “en el estándar español, de las dos variantes se me y me se se elige la primera [...] como la correcta y [...] se desecha el resto. Otro ejemplo, dentro del léxico, es el de las variantes pobre y probe: se elige la primera como perteneciente al estándar. He aquí una nueva eliminación de la variación” (Moreno Cabrera, op. cit.: 198). De hecho, en el actual sefardí se conserva la forma probe (Ariza, 2005) y no consta que ningún/a representante del españolismo filológico se haya atrevido a afirmar que las/os hablantes de esa lengua son vulgares o hablan mal (nos ocuparemos de estos ejemplos con mayor profundidad más adelante). Realmente, las formas hoy consideradas cultas del estándar literario castellano no son más que formas vulgares que han sido seleccionadas para constituir elementos de la norma fijada; lo que ha ocurrido simplemente es que las formas vulgares de los estamentos dominantes, aquellos que han utilizado su propia variedad lingüística como modelo, han pasado a ser consideradas como formas cultas, mientras que las formas vulgares de las capas no dominantes han pasado a ser consideradas vulgares sin más (Moreno Cabrera, op. cit.: 240). Pero las explicaciones de Lola Pons y sus colegas nunca entran en estas cuestiones. Naturalmente, quien dice capas o estamentos sociales dice territorios (Andalucía), o ambas dimensiones a la vez (territorio andaluz y clases populares). De hecho, hay mucho mayor grado de vulgarismo (por ceñirnos a la jerga oficialista) en el origen del castellano estándar que en el catalán estándar. Como ejemplos, a la palabra de origen periculum (latín) se parece más perill (catalán) que peligro (castellano, donde se ha producido una metátesis o cambio en el orden de los sonidos) y lo mismo ocurre respectivamente con parábola-paraula-palabra, vidua-vídua-viuda, miraculum-miracle-milagro u oblitare-oblidar-olvidar (ibíd. y 239): “esta comparación pone de manifiesto que el español estándar tiene como base una lengua vulgar y contiene innumerables formas vulgares en su seno, producidas, según los preceptistas, a causa del descuido y la ignorancia” (p. 240). Por otra parte, volviendo al ejemplo que ofrecía Pons (“me se cayó“ frente a “se me cayó”), cabría preguntarse “qué problema supone la oración «me se ha roto», que curiosamente mantiene el orden de los pronombres en el llamado italiano estándar («mi si è rotto»)” (Martín González, op. cit.). 
 
El relato oficialista, como es lógico, no solo no se mete en cuestiones relativas a estratos sociales o clases dominantes, sino que, evidentemente, tampoco cuestiona el propio papel que la propia academia juega a la hora de repartir las correspondientes excomuniones o parabienes en unos y otros cambios lingüísticos, de acuerdo con su concepción elitista de la lengua. Frente a la actitud implacable de la RAE con lo que no son sino los resultados de la evolución natural de la lengua, se observa una actitud condescendiente y permisiva cuando entre las/os hablantes cultas/os se generalizan usos que son producto de factores absolutamente marginales respecto a la evolución natural de las lenguas. Esta comprensión con los errores reales de las capas cultas contrasta con el taxativo rechazo a los fallos supuestos de las capas consideradas incultas. Un ejemplo revelador es el que sucede con la aceptación en el Diccionario panhispánico de dudas de 20056 de la forma élite junto a elite (en otro de nuestros artículos comentábamos otra muestra de prescriptivismo clasista en el género de la palabra calor [7]). Se trata de una palabra de origen francés que significa 'minoría selecta o rectora' que, a pesar de la tilde francesa sobre la primera <e>, se pronuncia como llana; lo que ocurre es que su circulación como extranjerismo, es decir, con su grafía original, dentro de textos en castellano durante un tiempo hizo que muchas personas pronunciasen dicha voz francesa interpretando esa tilde a la manera castellana, o sea, volviéndola esdrújula, pronunciación que, aunque antietimológica, se difundió con rapidez entre los sectores cultos. El mecanismo subyacente a la extensión de la primera de estas formas es el de los cambios fonéticos ocasionados por la ortografía, un proceso muy marginal en la historia y desarrollo de las lenguas que solo influye en personas que son lectoras habituales, una minoría de la población total. Las probabilidades de encontrar la palabra élite en cualquier texto son pequeñas, por lo que solo quienes dedican mucho tiempo a leer tienen la posibilidad de toparse con ella con cierta frecuencia. Se trata, por consiguiente, de un flagrante error de las capas cultivadas de la sociedad, pero precisamente por tratarse de ellas es que la RAE lo toma como modelo de los buenos usos elevando así a normativo un fallo de una minoría de la población. Haciendo gala de la misma actitud clasista, la RAE todavía pretendía en su gramática de 1826, a través de interpretaciones basadas en términos como “negligencia”, “ignorancia”, “mala costumbre”, “vicios” y “resabios”, que la gente pronunciara de manera diferente las letras <b> y <v>, es decir, realizando la primera como sonido /b/ (bilabial oclusivo sonoro) y la segunda como /v/ (labiodental fricativo) cuando este último sonido dejó de existir en castellano al menos desde la Edad Media. Aunque con el tiempo la RAE se retractara de este grave error, persiste en su apelación a la negligencia, la ignorancia y el descuido de las/os hablantes como subterfugio a la hora de proscribir determinados usos del pueblo considerado inculto (“el tipo más inculto de la zona”, “siempre hay un escriba inculto”, dice Pons en su charla, de 33:03 en adelante; “mucha gente que es inculta y que escribe como puede”, “la gente inculta”, a partir de 58:24) solo por no encontrarse generalizados entre las/os hablantes de las clases cultural, política o económicamente dominantes. Es lo que sucede en la misma obra de la RAE de 2005 ante el laísmo, el uso del pronombre la como objeto indirecto (La di un regalo), incluido entre los usos que “No son correctos”, mientras que el leísmo, empleo de le en la función de objeto directo (Le vi muy alegre), sí es aceptado “Debido a su extensión entre hablantes cultos y escritores de prestigio”; todo ello a pesar de que los estudios relacionados con los fenómenos del leísmo, laísmo y loísmo (este último es el uso de lo como objeto indirecto, como en Lo di un libro a él) han mostrado que existe una íntima relación entre los tres, que tiene que ver con cuestiones de analogía, fuerza fundamental del cambio lingüístico basada en la adecuación de formas irregulares a formas regulares siguiendo patrones bien definidos, la cual, lejos de expresar la ignorancia de quienes la usan, manifiesta las habilidades lingüísticas naturales que regularizan la gramática de una lengua. La ausencia de usos como el laísmo y loísmo en la lengua escrita y, con ello, su falta de credenciales literarias, hecho que oculta su uso en el habla coloquial, es un ejemplo de autorrepresión lingüística inducida por la influencia del prescriptivismo de la RAE y otras instancias similares, según diversas investigaciones (nuevamente, Moreno Cabrera, op. cit.: 246-250, 297). Recordemos que en su charla divulgativa Lola Pons, en relación con los motivos de difusión de una expresión lingüística determinada, se limitaba a contar que “una vez que la use un novelista, pues ya todo el mundo la emplea. Ese es un patrón de difusión bastante común. Alguien le da prestigio y el prestigio va yendo en cadena”. Como apuntábamos supra acudiendo a los trabajos de Rodríguez-Iglesias (op, cit.), esta caracterización anodina recurre a una palabra, “prestigio”, cuyo empleo sin más no hace sino encubrir una realidad de privilegio, la cual, a su vez, es llevada a cabo precisamente por los organismos e instituciones clasistas (“Debido a su extensión entre hablantes cultos y escritores de prestigio”, según la expresión del volumen elaborado por la RAE) de los que ella es una neta representante (agentes ocultos en su relato explicativo bajo el pronombre indefinido “Alguien” y disfrazada su actuación constante con la metáfora fisicoquímica de la reacción “en cadena”). Por ello no debemos extrañarnos de que censurara la realización fonética del artículo recogido en el sintagma “Er Prinzipito” por considerarlo uno de los “estereotipos del andaluz más vulgar”, como hacía ante la cámara y el micrófono de Canal Sur. 
 
Otra prueba de la nula consistencia entre el discurso ante los medios de Pons contra Er Prinzipito y sus posiciones en petit comité (o al menos lo que ella percibía como una audiencia limitada) lo tenemos en el minuto y segundo 33:03, cuando detalla la historia del cambio fonético del sonido /f/ (labiodental oclusivo sordo) a /h/ (fricativa glotal sorda, la conocida como aspiración) en el castellano medieval (el paso de /fambre/ a /hambre/, por ejemplo):
 
<< La documentación es muy difícil de rastrear porque la gente consideraba ese rasgo [de aspiración] vulgar, y claro, no lo ponía por escrito. Y a ver tú cómo lo puedes investigar. Claro, depende de que el tipo más inculto de la zona, ¡y que sepa escribir!, lo refleje. Solo si ese lo hace puedes datar la cronología de este cambio. Afortunadamente, siempre hay un escriba inculto que de repente escribe /hambre/ con hache. ¿Vale? Y eso nos da la pista de que el cambio existía, pero la gente no lo ponía por escrito. […] La grafía nos oculta la pronunciación. Hoy, y ayer. >>
 
Dejando de lado la identificación entre a-grafía (no dominio de la escritura) e in-cultura (falta de cultura) denotada por los términos empleados a la hora de referirse a la gente no alfabetizada, o no lo suficiente (asociación mental entre alfabetización y cultura que reeditará explícitamente su colega de la Universidad de Sevilla Antonio Narbona, en una entrevista televisiva [8]), Pons se felicita, como vemos, de que alguien en el siglo décimo recogiera por escrito un determinado rasgo del habla del cual la norma escrita aceptada en ese momento no podía dar cuenta. Idéntico júbilo le produce que una placa del siglo XVIII ubicada en una iglesia del centro de Sevilla nos permita comprobar la existencia del llamado “seseo” porque en la inscripción aparece la tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo gozar con la letra ese (“gosa”). Así lo manifiesta en 58:24: “Este tipo de carteles siglos atrás se convierte en la mayor joya de un filólogo. ¿Por qué? Porque nos testimonian un cambio lingüístico”. Sin embargo, le parece fatal que en la presente centuria Huan Porrah decida poner por escrito el habla de una zona del interior de Andalucía, al objeto de que el público pueda conocer las características de esta (no ya solo fonéticas, sino léxicas y gramaticales), prescindiendo de la norma escrita del castellano estándar, sistema que no las refleja adecuadamente. 
 
En otro de nuestros textos [9] hacíamos mención a la disparatada fantasía pergeñada por Ramón Menéndez Pidal y amplificada por Gregorio Salvador de que la extensión mundial del castellano no se debe a una historia de colonialismo, imperialismo e imposición, sino a las presuntas virtudes inherentes a ese idioma, las cuales lo harían más fácil de aprender que otros (Moreno Cabrera, 2014: 11). Algunos momentos de la charla divulgativa de Pons se incardinan en similares credenciales teleológicas cuando da cuenta de su evolución consonántica en términos de una hegeliana 'simplificación' progresiva hacia el sistema actual. En 43:15 explica que una “/s/ sonora existió en español y esto sigue existiendo en judeoespañol. Sigue existiendo en el español que hablan los sefardíes, los que expulsamos de España [sic] en 1492”. Una de las vertientes actuales del españolismo lingüístico es apropiarse de la lengua sefardí llamándole “judeoespañol”, pero lo relevante de todo esto es que a pesar de informar del dato de que hay una lengua viva, el sefardí, que conserva la /s/ sonora sin que haya constancia de que tal conservación represente un grave problema de intercomunicación entre las decenas de miles de personas que lo hablan hoy día, la profesora de la US introduce a continuación la idea de que la sucesiva supresión de este y otros fonemas cercanos en su punto de articulación favoreció la conformación de una lengua, el actual castellano, mucho más sencilla y resistente a la confusión babélica. Cuando alude a los sonidos que representaremos aquí como /sh/ (palatal fricativo, en sushi), /s/ (apicoalveolar, en lasaña) y /ts/ (dentoalveolar, en pizza), Pons, en 43:35, narra la existencia de una etapa lingüística caótica e inquietante, al parecer felizmente periclitada en favor de la lengua perfecta de hoy: “O sea, que tenemos no solo esos tres que hemos dicho, sino otros tres más sonoros. Y como decía aquí alguien antes, claro, es que están muy cerca, claro. Es que esto [la boca] no es un campo de tenis. Es que la articulación de estos tres sonidos en la boca y de sus correlatos sonoros era particularmente conflictiva, peligrosa”. El particular relato prosigue en 47:18: 
 
<< Entonces hay confusión, y esa confusión se va a resolver. […] Este sistema es inestable. Este sistema de seis sonidos silbantes y palatales posiblemente en algunas zonas de Castilla jamás se dio de manera completa (quizá hubo zonas de Castilla que nunca tuvieron las sonoras) y en cualquier caso a finales del siglo XV el sistema se mueve. Y lo vemos por las grafías, lo vemos porque empieza a haber muchas confusiones, lo cual nos hace ver en primer lugar que las sonoras […] se pierden. Si yo quito las sonoras de enmedio, me quedan tres sonidos, que son los de lasaña, pizza y sushi. […] Tienen riesgo de confusión. >>
 
De acuerdo con esta teoría, las personas angloparlantes que en la actualidad distinguen perfectamente esos tres sonidos y que pronuncian sin problemas lasagna, pizza y sushi, con sus respectivas variantes de la ese, no deben de ser conscientes de que se comunican en un sistema consonántico que en cualquier momento puede abocarles a un repentino seísmo fonético que les suma en la absoluta confusión. En 1:02:37 llegará a decir que “En la Edad Media teníamos esa fiesta de sibilantes, ¿no? Seis sonidos: sibilantes y palatales. Un derroche”. De acuerdo con esta caracterización metafórica que remeda las actuales tesis austericidas en economía, las/os hablantes medievales pronunciaban por encima de sus posibilidades. Por otra parte, habría que preguntarse si, de acuerdo con este darvinismo lingüístico entre las consonantes, la distinción centro- y nor-peninsular entre /s/ y /z/ no sería otro “derroche” consonántico, dado que en buena parte de Andalucía, y ciertamente en toda la América considerada hispanohablante, el segundo fonema es inexistente. ¿Significará todo esto, de tomarse en serio las hipótesis funcionalistas de Pons, que la articulación fonética del centro y norte de la península Ibérica es “conflictiva”, “peligrosa”, “inestable” y propensa a la “confusión”, dado que en otras zonas (la aplastante mayoría) el sonido /z/ ha desaparecido?
 
La teleología adventista de la lengua perfecta que surge o desplaza a las demás en momentos de “confusión” babélica para consagrar un nuevo sistema lingüístico caracterizado por su eficacia y claridad poniendo fin a todas las dudas y zozobras precedentes (que otorgará “certezas”, como vamos a ver), y que consagra por supuesto al “español”, constituye un ingrediente clásico del españolismo lingüístico. Veamos dos ejemplos adicionales de este mismo retrato del español (el cual nacerá, según esta fábula, como supuesto hijo del 'castellano', al que trasciende) cual lengua redentora. Este es uno de ellos (cit. en ibíd.: 80-81 [10]):
 
<< Esta condición de lengua susceptible de ser asimilada con facilidad no se suele advertir, pero es decisiva; cuanto más simple e inequívoco resulte un idioma, más pronto seremos capaces de utilizarlo […]. Sencillez que en la Edad Media caracterizaba justamente a la koiné frente a los demás romances incluido el castellano: donde unos vacilaban entre bueno, buono, buano, o entre semideiro, semedero, sendero, aquélla hacía siempre bueno y sendero; y lo hacía, esto debe quedar claro, porque los vascoparlantes que necesitaban aprender romance no podían permitirse el lujo de dobletes o tripletes en la pronunciación, en la gramática y en el vocabulario para cada forma lingüística: lo hacía, en otros términos, a la par por casualidad y por exigencia ineludible en la vida comunitaria. […] >>
 
Aquí tenemos otro (cit. en ibíd.: 82 [11]):
 
<< Visto con nuestros ojos de hoy, resulta difícil entender lo que significó ese temprano patrón que otorgó certezas a los hablantes, pero resultó crucial en un momento en el que alrededor de él muchas evoluciones de las lenguas vulgares titubeaban. Cuando los guerreros de la vieja Castilla van ganando nuevas tierras, esa koiné resulta crucial como instrumento de comunicación. >>
 
Obsérvense los paralelismos entre las referencias al “derroche” consonántico de Pons y los “dobletes o tripletes en la pronunciación” en lengua romance de la Edad Media relatados en estos fragmentos (hablantes que también manejaban formas verbales por encima de sus posibilidades); entre las “confusiones” a las que alude la charla divulgativa sobre el cambio lingüístico y las gentes que “vacilaban” o “titubeaban” entre varias formas léxicas según narran los dos últimos textos. A primera vista, son tesis que podrían aparentar cierta plausibilidad. Sin embargo, es necesario clarificar algo al respecto: las personas que usan su lengua nativa no vacilan o titubean; muy al contrario, usan una forma determinada de manera constante en la gran mayoría de casos salvo variantes ocasionales de pronunciación no arbitrarias sino determinadas de forma mecánica por el contexto. En todo caso, la diversidad, de darse, se produce en hablantes de diferentes variedades, y la vacilación, en los textos escritos cuando los redactan amanuenses (transcriptores) que hablan diversos dialectos, o cuando alguno de ellos escoge una variedad que no es la suya por considerarla más apropiada pero termina produciendo formas de la suya propia. Pons y las/os representantes del españolismo filológico, una vez más, confunden el plano oral con la lengua escrita. Si se produjeron cambios a favor de un determinado sistema consonántico en la península Ibérica durante la Edad Media no se debió a que la estructura resultante gozara de una salvífica simplicidad o mayor eficacia comunicativa, caracterización que busca ad hoc retratar al “español” resultante (según vamos a ver) como lengua perfecta frente a las demás (o frente a ciertas variedades internas) con las que convive hoy. Por tanto (ibíd.: 81-82), 
 
<< No es científicamente admisible que las vacilaciones que se observan en los textos se proyecten al habla normal y vulgar de la gente. La gente de la Edad Media, como la de la época actual, no vacila en su habla cotidiana. Esta vacilación sí puede darse en la lengua escrita por diversos motivos. […] La vacilación puede darse solo cuando quien habla nativamente un dialecto o variedad intenta hacerse entender en otro. O cuando una persona hablante nativa de una lengua determinada intenta hablar otra como lengua segunda. […]
 
Esta absurda idea de la vacilación, que tiene orígenes pidalinos [de Menéndez Pidal], ha saltado a los ensayos populares sobre estos temas y, de esa manera, han salido a la palestra pública para apabullar a los no especialistas con supuestos aparentemente lingüísticos. >>
 
Naturalmente, toda esta fabulación cuyo planteamiento es una desmedida profusión de sonidos consonánticos y cuyo nudo es la desaparición de la mayor parte de ellos nos conduce al desenlace de la historia: el nacimiento revolucionario de una lengua ya estable y, sobre todo, internacional; el español: “Si en una peli hay siempre un momento estelar, pues en la historia del español el momento estelar es ese paso del castellano medieval al español clásico”, revela Pons (1:09:43). 
 
Poco antes, en 1:02:05, la protagonista de nuestro análisis explica que
 
<< Esto se llama revolución fonológica; ocurre hasta el XVII, ocurre en un momento que no es casual. Esto en absoluto es casual. Esto pasa del XVI al XVII y no del XIV al XV porque en este momento el español se está expandiendo, fuera de España en Europa y fuera de España en América. […] Y ocurre al mismo tiempo que se empiezan a escribir muchas gramáticas de español para aprender español. Y esto no sabemos por qué pero siempre pasa: cuando la lengua se extiende por todo un territorio se empieza a nivelar, empieza a perder variación. En la Edad Media teníamos esa fiesta de sibilantes, ¿no? Seis sonidos: sibilantes y palatales. Un derroche. Se empieza a extender el español y es como que se facilita su aprendizaje. Se simplifica. Cuando las lenguas se extienden se nivelan, pierden variación, ocurre un proceso que se llama koinización, es decir, se crea un estándar, y es el momento que nosotros pensamos que es básico para que se cambie el nombre. Es decir, lo que hasta el siglo XV era castellano, desde el XVI merece ser llamado políticamente, y por este tipo de fenómenos, “español”. Lo que trajeron los reconquistadores a Sevilla en el siglo XIII era castellano, pero tres siglos después el puerto de Sevilla ha creado en torno a él un dialecto de ese castellano, ¿vale? Y ese castellano que sale de Castilla se ha extendido por prácticamente toda la Península. Lo llamamos “español”. […] >>
 
El relato de Pons reproduce de modo transparente uno de los mitos clásicos del españolismo lingüístico, el de la conversión del castellano en español, íntimamente unido al de la dialectalización del castellano moderno (“tres siglos después el puerto de Sevilla ha creado en torno a él un dialecto de ese castellano”), elaboraciones ambas totalmente falsas (Moreno Cabrera, 2010: 11). Obsérvese que la propia profesora reconoce que la sustitución del término “castellano” por el de “español” no obedece a cuestiones realmente lingüísticas sino políticas (“merece ser llamado políticamente”). También certificamos que en el relato sobre el aumento del número de hablantes de ese “español” se omite la familia léxica o el campo semántico de la 'imposición', motivo esencial de dicho incremento (Senz, 2011: 18-22), en favor de voces más apegadas al campo de la física que ocultan dichas razones, como en las expresiones de Pons “se está expandiendo”, “se extiende”, “se empieza a extender”, “se extienden”. Con ello, “Se quiere hacer pasar aquí un proceso político-social de generalización impositiva del castellano como si fuera un proceso lingüístico natural; de esa manera se quieren hacer invisibles estos aspectos para presentar como natural la situación del español como lengua común, que es uno de los tópicos del nacionalismo español” (Moreno Cabrera, 2011: 256). Igualmente, la afirmación esotérica formulada por la conferenciante de que “no sabemos por qué pero siempre pasa: cuando la lengua se extiende por todo un territorio se empieza a nivelar, empieza a perder variación”, proyecta la enésima confusión entre las lenguas estándar y las lenguas naturales, puesto que una cosa es la lengua escrita, artificial (a la que se está refiriendo cuando comenta que “se empiezan a escribir muchas gramáticas de español para aprender español”), que por cierto sigue a día de hoy centrado en el habla de la zona de Castilla (ibíd.: 257), y otra muy distinta lo referido a las diferentes lenguas orales, naturales, que por las propias leyes de la lingüística experimentan procesos inexorables de variabilidad y diferenciación, en sentido justamente inverso a lo sentenciado por Pons, como demuestran multitud de ejemplos de expresiones orales de distintas zonas de América que difieren claramente de la citada norma escrita castellanocéntrica (llegando en determinados casos a un escaso grado de inteligibilidad para los oídos peninsulares; ibíd.: 188-189). En cuanto al enunciado de Pons de que “cuando la lengua se extiende por todo un territorio se empieza a nivelar, empieza a perder variación”, hay que matizarlo aclarando también que (ibíd.: 215)
 
<< si el establecimiento de un estándar lingüístico culto aparentemente unifica una serie de variedades lingüísticas, en la práctica, contribuye a la creación de una variedad lingüística mayor aún que la de partida, ya que […] provoca la existencia de numerosas variedades intermedias de carácter semiculto o semiestándar y, por consiguiente, aumenta en algunos aspectos el número de variedades de la lengua coloquial espontánea existentes antes del proceso de creación del estándar. […] Por consiguiente, la unificación relativa que se obtiene a partir del hecho de que la lengua estándar culta se convierte en un modelo que tiende a ser imitado por los usuarios de la comunidad lingüística y por el hecho de que esos hablantes tienden a abandonar sus modos de hablar particulares para intentar adoptar los cultos, se ve compensado con la variedad a que dan lugar las diversas formas de adecuación o imitación de ese estándar culto, que dependen del diferente dominio de dicha variedad culta por parte de cada uno de los hablantes. Con lo cual, se mantiene la variación lingüística o, al menos, no se ve reducida de forma drástica, algo que va en contra del ideal de la lengua única, fija, universal y uniforme, que constituye parte del mito de la lengua perfecta. >>
 
A afirmaciones como la pronunciada por Pons en el sentido de que “cuando la lengua se extiende por todo un territorio se empieza a nivelar, empieza a perder variación”, subyacen planteamientos propagandísticos típicos de la ideología del imperialismo lingüístico. Cuando se difunden los habituales rankings de lenguas más habladas del mundo (chino, inglés, hindi, español, ruso, bengalí, árabe, portugués, alemán, francés...) basándose en supuestas cifras de hablantes, hay que decir que dichos guarismos son falsos. Todas esas lenguas tienen un estándar unificado, normalmente escrito, que se enseña en los colegios, se usa en universidades y se emplea en los medios de comunicación. Esa lengua escrita es, en efecto, unitaria y homogénea y más o menos válida para todas las partes del mundo en que se hace uso de ella. Todo eso a nivel escrito, pero no son lenguas naturales habladas. Cuanto más grande es una lengua, es decir, cuanto mayor es su ámbito geográfico, más variedades tiene esa lengua. En concreto, lo que se engloba bajo la etiqueta de “español” es un gran repertorio de diversidad lingüística. Por definición, las lenguas escritas no tienen hablantes; en todo caso, escribientes; de ahí la falsedad de afirmaciones como la emitida por la propia Pons en un medio de comunicación escrito del grupo Prisa acerca de los millones de personas que supuestamente tienen el español “como lengua materna” (Verne.elpais.com, 2/VII/2017 [12]), según certificaremos más adelante. Y además resulta que esas cifras serían ajustadas a la realidad suponiendo que todas/os esas/os escribientes, efectivamente, escribieran, y que escribieran bien (que manejaran ese código con destreza). Por tanto, en realidad no hay cuatrocientos, quinientos o seiscientos y pico millones de personas que hablan español exactamente igual (dependiendo de las hiperbólicas estimaciones proyectadas en la prensa, radio y televisión) sino que todos esos millones hay que dividirlos en una serie de subgrupos que hablan respectivas variedades lingüísticas, algunas muy distintas entre sí. “No existe una gramática del español homogénea; no existe. ¿Por qué? Porque el español es una lengua muy grande, está muy extensamente implantada en muchos sitios y tiene muchísimas variedades (que serán muy parecidas, y permiten la inteligibilidad; yo no me meto en eso), y por tanto es hoy por hoy imposible hacer una gramática normativa panhispánica [...], porque no existe el español como lengua unificada (ni el inglés tampoco)” (Moreno Cabrera, 2013; conferencia). En suma, Pons podría haber afirmado que cuando la lengua escrita se extiende por todo un territorio empieza a perder variación en la escritura entre el sector de la población que la maneja con frecuencia y soltura; porcentaje, por otra parte, que representa una minoría. Pero no a nivel de la lengua hablada, la lengua natural; declarar lo contrario, como hace, es negar todas las evidencias aportadas por la ciencia lingüística. Por otra parte, tampoco puede afirmar legítimamente que al extenderse territorialmente “se nivela”, como hace en su charla, dado que la nivelación es un proceso consistente en el predominio de un rasgo lingüístico concreto en detrimento de otras variaciones posibles dentro de una serie de cambios convergentes en la lengua oral (mismo autor, 2011: 236), fenómeno totalmente ajeno, por tanto, a los procesos de estandarización vinculados a la extensión de las lenguas escritas, artificiales, producto de las etapas de expansión imperial y consolidación de los Estados-nación fruto del desarrollo del capitalismo (Senz, op. cit.). Las aseveraciones de Pons delatan la presencia latente del mito de la lengua perfecta, relacionado a su vez con el de la lengua universal; fabulaciones de acuerdo con las cuales (nuevamente, Moreno Cabrera, 2011: 187)
 
<< Una vez fijada una ortografía, un diccionario y una gramática para adecuarla a las propiedades estructurales del ideal de la lengua perfecta; una vez establecidas, fijadas y enunciadas las normas de uso de los sonidos, las palabras y las oraciones de una lengua, eliminando los usos considerados incorrectos o inconvenientes, para acercarla lo más posible a las propiedades referenciales y funcionales del ideal de la perfección lingüística, la lengua en cuestión adquiere un nivel de perfección no conocido hasta la realización de esa labor. Una lengua con esas características se presenta además como un idioma de validez general o universal dentro de un determinado ámbito, dado que una lengua purificada y sometida a una labor correctiva automáticamente adquiere una naturaleza superior que la convierte en la única opción razonable para su generalización total. Entramos, pues, en ámbitos muy amplios, tales como el que [se] denomina hispanofonía o la RAE denomina panhispanismo. >>
 
El citado proceso conocido como nivelación, que tergiversaba Pons, es uno de los que conforma, junto con el de reasignación (supervivencia de dos o más variantes expresivas pero cada una con un papel diferente, como por ejemplo la forma “pa” asociada al habla vulgar y “para” al habla culta) y con el de simplificación (la lengua que se extiende “se simplifica”, decía la profesora,  manipulando igualmente el sentido de este fenómeno), también conocido este último como regularización (incremento de las formas regulares sobre las irregulares, como la proliferación de andé frente a anduve, por muy proscrita que esté por la RAE), lo que se conoce como koineización (ibíd.: 236-237). 
 
Recuperemos el fragmento en que Pons trae a colación estos conceptos en referencia a la extensión (obviamente debida a factores impositivos y coloniales, aunque no lo explique) del castellano: “Cuando las lenguas se extienden se nivelan, pierden variación, ocurre un proceso que se llama koinización, es decir, se crea un estándar”. Más allá de que la docente universitaria no pronuncie con fidelidad el término lingüístico al que pretende referirse (al saltarse una /e/), la confusión relevante proviene, una vez más, de la mezcla interesada entre los dos consabidos niveles: el de la lengua escrita y el de la hablada. En efecto, el sustantivo koineización denota el proceso que da lugar a una koiné, palabra procedente del adjetivo griego que significa 'común' (ya ha aparecido esta palabra en otra cita anterior sobre las supuestas razones por las que el castellano desbancó a otras lenguas romances). El fenómeno de la koiné procede realmente de los procesos de convergencia de las hablas de las personas que se encuentran en una misma comunidad; se produce cuando hablantes de variedades lingüísticas muy próximas entre sí conviven en una comunidad y van modificando su manera de comunicarse oralmente mediante mecanismos de adaptación lingüística como los tres que hemos citado al principio del presente párrafo, consistentes en la aproximación más o menos inconsciente al habla del individuo que tiene una variedad lingüística distinta (ibíd.: 236). No debemos olvidar que los procesos en los que “se crea un estándar”, como alude Pons, entran dentro del ámbito de la escritura unificada, proceso artificial, intencional y consciente dirigido por una determinada autoridad; nada que ver, por tanto, con lo que ahora nos ocupa, ligado a la lengua natural o hablada: “los procesos de koineización son formas de convergencia lingüística, que no están reguladas intencionalmente por institución alguna, sino que obedecen a las leyes naturales del funcionamiento de los idiomas” (ibíd.). En un nivel inferior las/os hablantes de variedades lingüísticas cercanas entre sí, mutuamente inteligibles, interactúan en una nueva comunidad. Al intentar dichas/os hablantes interactuar en ella y establecer lazos sociales se adaptan o acercan al habla de sus interlocutoras/es y eliminan determinadas características de su propia forma de hablar, situación en la cual las/os niñas/os aprenden a percibir los rasgos lingüísticos más usuales en esa comunidad. Con el tiempo, la adaptación lingüística, la adquisición natural de la lengua por parte de las/os infantes y el reforzamiento de las redes sociales dan lugar a los cambios convergentes en un nivel superior de organización lingüística caracterizado por fenómenos como los arriba apuntados (ibíd.). Obsérvese, y enfatizamos una vez más esta clarificación, que todo esto no se refiere a la estandarización y normativización de los códigos escritos con los que intenta relacionarlo Pons. Como hemos ilustrado, el ejemplo de simplificación o regularización de la progresiva extensión de una forma de construir la primera persona del singular del pretérito perfecto simple de indicativo del verbo andar, es decir, andé, en detrimento de anduve, actúa precisamente en contra de la norma establecida en el proceso de estandarización del castellano (la cual trata precisamente de suprimirla por considerarla incorrecta). “Por ello, resulta de todo punto inadmisible utilizar este concepto de koiné para justificar la imposición intencional y dirigida por estamentos sociales o instituciones de una lengua estándar escrita. Se intenta, con ello, presentar como lingüísticamente natural una situación que tiene sus fundamentos en el poder político y económico” (ibíd.: 237). 
 
Naturalmente, dicha práctica ejercida por la profesora de la Universidad de Sevilla no es cosecha propia, sino que la docente se encuentra imbuida de una tradición ideológica bien asentada en el ámbito académico. En una entrevista, un catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares, muy vinculado a través de sucesivos cargos con el Instituto Cervantes, opinaba así en relación con la que iba a ser la inminente publicación de la gramática panhispánica de la RAE y la ASALE: “La imagen del español, como koiné y como conjunto de normas cultas, saldrá reforzada con la publicación de la gramática” [13]. O sea (ibíd.),
 
<< He aquí un ejemplo de ese uso inaceptable. Un conjunto de normas cultas no puede constituir a la vez una koiné, porque las normas cultas no son naturales, sino que pertenecen a la lengua cultivada, elaborada ya sea para fines literarios, administrativos, científicos o jurídicos y, por tanto, se sitúan fuera de los mecanismos de cambio de las lenguas naturales que dan origen a las koinaí que se forman de manera espontánea en determinadas condiciones sociales. La cuestión es que una lengua estándar puede basarse en una koiné, pero los procesos de estandarización y koineización, el primero artificial y el segundo natural, son esencialmente distintos. >>
 
Al objeto de abandonar sus versiones más extremas y explícitas, típicas sobre todo de principios del siglo XX, en el sentido de que el español de España había de ser el eje central de la norma común intercontinental, las formulaciones más recientes de la ideología del panhispanismo eliminan actualmente la mención declarada a dicho papel rector de España. Esta modernización discursiva se vale justamente de términos lingüísticos como el concepto de koiné. Así, por citar otra muestra, Rafael Lapesa abogaba por que “Frente al narcisismo localista hay que impulsar la formación de una koiné hispanófona que neutralice las divergencias y asegure por unos siglos más la unidad de la lengua” (cit. en ibíd.: 262 [14]). Como decimos, “Estas propuestas son, sin duda, una manifestación evidente de la ideología mítica, que aspira a una lengua normal universal y que parece fundamentar la ideología panhispánica, basada en la promoción de una determinada norma panhispánica […] no sólo como la única lengua realmente correcta (es decir, perfecta), sino como la única lengua auténticamente universal, que asegura la cohesión lingüística y cultural de un enorme territorio delimitado a ambos lados del océano Atlántico” (ibíd.). 
 
En 34:22, Pons explica la conversión consonántica de /f/ a /h/ en el castellano declarando taxativamente que “Sabemos que el vasco tiene algo que ver con este fenómeno porque convierten la /f/ en [/h/] aspirada dos lenguas romances que están en contacto con el euskera: el castellano y, al otro lado, el gascón. Son las dos únicas lenguas que lo hacen. Y este cambio, como digo, empieza en el siglo X”. Muy al contrario, se trata de una teoría muy contestada, por un lado porque, de entrada es falso que “Son las dos únicas lenguas que lo hacen” (ocurre lo mismo en otras lenguas tanto específicamente peninsulares como europeas) y, por ende, diversas posiciones sostienen que las/os hablantes euskaldunes podían pronunciar el sonido /f/ sin excesivos problemas desde épocas bastante antiguas. En todo caso, en absoluto es posible a día de hoy el establecimiento de conclusiones certeras en torno al tema, en vista de la falta de datos inequívocos sobre esa pronunciación temprana (Lloyd, 1987: 223). Por cierto que las especulaciones en torno a las hipotéticas influencias del euskera sobre el castellano han dado pie en las últimas décadas a barrocas, rebuscadas e insostenibles teorías que se valen una vez más de la utilización ilícita del concepto de koiné debidamente desvirtuado, para des-nacionalizar el castellano y ocultar su condición étnica de lengua de una nación determinada, Castilla, llamándole “español” o “romance protector” (denominación que ya de por sí trasluce con claridad su intención supremacista) al objeto de soslayar, como de costumbre, su historial impositivo y presentarlo como la única que por sus presuntas virtudes lingüísticas inherentes tiene la legitimidad histórica para erigirse en la lengua común exclusiva del reino de España (y de buena parte de América) como herramienta de comunicación liberadora, de encuentro internacional, desde sus orígenes (a esta teoría pertenece la anterior cita sobre las supuestas vacilaciones y titubeos a los que puso fin el español) [15]. Esta formulación lleva al extremo la radicalidad esencialista de Menéndez Pidal, en cuyas propuestas el castellano aparece como lengua desde el principio más fácil, eufónica y fija que el resto de lenguas romances peninsulares, lo que unido al carácter superior de Castilla habría hecho que se generalizara en toda la península Ibérica (Moreno Cabrera, 2014: 75-101). Tal modernización discursiva de la ideología panhispanista que trata de presentar un castellano des-nacionalizado (des-castellanizado) que trasciende fronteras y atavismos particularistas es la que ha venido difundiendo, entre otras instancias, el diario liberal El País. En un texto aparecido en ese rotativo con motivo de la celebración del IV Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Cartagena (Colombia), el 24/III/2007 [16], el académico de la RAE Antonio Muñoz Molina trazaba una descripción de acuerdo con la cual “El español es un país que le permite circular a uno por una variedad ilimitada de paisajes sin que lo detengan en ninguna frontera, una identidad fluida y flexible que nos permite ser de muchos lugares y de uno solo”.
 
De la última de las citas extractadas de la charla de Pons se desprende la presencia en su discurso de otra manipulación ideológica, relacionada con el cambio y evolución históricos de las lenguas. Se trata de otro mito sobre el origen histórico de estas utilizado para mostrar las cartas de naturaleza cronológicas de la lengua que se quiere presentar como la más legítima desde el punto de vista histórico: es el de las presuntas actas de nacimiento de los idiomas, que no sirve en modo alguno para caracterizar de forma cabal el origen y desarrollo de ellos. “Cuando se habla del nacimiento y muerte de las lenguas se está utilizando un lenguaje metafórico que puede dar viveza y colorido al discurso, pero que no puede servir de ningún modo para una caracterización cabal del origen y desarrollo de los idiomas. La interpretación literal de esta metáfora es de todo punto inservible” (ibíd.: 252). De acuerdo con la narrativa de Pons, en el momento de consolidación territorial de Castilla como imperio colonial experimenta una “revolución fonológica” que “en absoluto es casual”, ya que en ese punto la lengua “se está expandiendo, fuera de España en Europa y fuera de España en América”, relato en 1:02:05 de su charla que soslaya el hecho de que en ese momento histórico al que alude todavía no existe lo que hoy se entiende por 'España' (Pérez Garzón, 2002:62; VV.AA., 2011: 28-30; Arana, 1994: 8-9; Pons, 2016; Álvarez Junco, 2003: 36). En este planteamiento, el recurso conceptual al término “revolución” connota un momento de hito fundacional, de modo que “lo que hasta el siglo XV era castellano, desde el XVI merece ser llamado [...] «español»”, según la expresión empleada por la filóloga de la US. Esta metamorfosis se produce, pues, como hegeliano salto cualitativo. De repente “no sabemos por qué” pero “se empiezan a escribir muchas gramáticas”, “la lengua se extiende por todo un territorio” y “se simplifica”, “se crea un estándar”, lo que “resulta básico para que se cambie el nombre”. Muere el castellano, al menos como lengua, porque pasaría a constituir un mero dialecto centropeninsular de la lengua común, pero de su simiente nace algo nuevo, el “español”. 
 
Esto pasa del XVI al XVII y no del XIV al XV porque en este momento el español se está expandiendo, fuera de España en Europa y fuera de España en América”, prosigue. Por supuesto, el carácter imperial de esa expansión no es mencionado en ningún momento, a pesar de que con toda esta caracterización se está haciendo referencia a la nueva condición de lengua del imperio del castellano (tal atributo, como es sabido, es el que le otorgó precisamente Nebrija, el autor de la primera de esas gramáticas castellanas a las que alude Pons). De la misma forma, tampoco se explicita el carácter impositivo de la 'expansión' del castellano (transmutado en español, según esta mitología) que se erige en 'la' lengua de la administración de ese vasto imperio (el artículo la implica que es la única, lo que supone la exclusión de las demás; Moreno Cabrera, ibíd.: 256). 
 
En su narración, Pons sitúa como elemento clave de esa transformación el puerto de Sevilla, epicentro del tráfico mercantil generado por la explotación colonial de América: “Lo que trajeron los reconquistadores a Sevilla en el siglo XIII era castellano, pero tres siglos después el puerto de Sevilla ha creado en torno a él un dialecto de ese castellano”. No obstante, como ha contado, se creó un estándar pero la adopción del castellano como lengua oficial de los territorios peninsulares que no entraban ni en el reino de Portugal ni en la Corona de Aragón tuvo como resultado, a pesar de la existencia de muchas variedades del castellano, como las que se observan actualmente, que la lengua estándar normativa peninsular actual se basara, como todavía se sigue basando hoy día, en el castellano de Castilla, en forma de de una elaboración culta centrada en el habla castellana (ibíd.: 257). Sin embargo, contra lo contenido en estas descripciones textuales de la profesora de la US, ni el concepto de nacimiento ni los imaginados períodos de gestación y alumbramiento son correctos a la hora de referirse a una lengua. En todo caso, puede recurrirse a la metáfora del nacimiento para referirse a una etapa, pero no a un momento (“el momento estelar” del que hablaba Pons) del proceso de divergencia durante el que se reconoce que una variedad es diferente estructuralmente de su antecesora y/o de otras relacionadas (ibíd.: 253). 
 
En próximos artículos continuaremos analizando el carácter ideológico que bajo la máscara del lenguaje técnico esconden las descripciones, explicaciones, taxonomías y cronologías difundidas en esta y otras intervenciones de la docente de la US, y que constituye la raíz de la constelación de inconsistencias que subyacen a su mensaje. 
 
REFERENCIAS
 
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NOTAS
 
[3] Referencia a PINKER, Steven (1995): El instinto del lenguaje. Cómo crea el lenguaje la mente. Madrid: Alianza. 
[4] Véase nota 1. 
[6] Referencia a REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (RAE) y ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA (ASALE) (2005): Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Santillana. 
[10] Referencia a LÓPEZ GARCÍA, Ángel (1985): El rumor de los desarraigados. Conflicto de lenguas en la península ibérica. Barcelona: Anagrama P. 62.
[11] Referencia a LOZANO, Irene (2005): Lenguas en guerra. Madrid: Espasa. 
[13] https://www.edinumen.es/index.php?option=com_content&view=article&id=116:entrevista-al-catedratico-y-profesor-d-francisco-moreno-fernandez&catid=18:entrevistas-l&Itemid=46
[14] Referencia a LAPESA, R. (1977): Tendencias y problemas actuales de la lengua española. En LAPESA, R. (Coord.), Comunicación y lenguaje. Madrid: Karpos. Pp. 203-229. 
[15] Véase la nota sobre la referencia a López García.
 
Manuel Rodriguez Illana