Martes 24 Abril 2018

Las contradicciones insalvables de la filología orgánica andaloespañola: momentos estelares de Lola Pons (II)

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Lola ay alfonso XContinuamos aquí con la serie de análisis que iniciábamos en otro artículo [1] en torno a las apariciones mediáticas de la profesora universitaria Lola Pons, en tanto miembro del oficialismo filológico españolista en Andalucía, al objeto de desvelar las claves ideológicas que operan en su mensaje tras una apariencia aséptica de divulgación sobre la lengua. 
 
Nos encontrábamos examinando la charla que Pons ofreció el 26 de abril en un bar de Sevilla [2] bajo el título “Los sonidos del español de Andalucía. ¿Por qué llamamos servesa y hamón a la cerveza y el jamón?” [3]. Obsérvese que para captar público caracterizando el objeto de la disertación, los cambios lingüísticos que han dado lugar a lo que se habla en nuestro país, hubo de recurrir a una de las elecciones ortográficas ajenas al castellano estándar que con tanto denuedo acostumbra a denostar, y que de otro modo no hubiera podido reflejar mediante la escritura (“servesa”, “hamón”). 
 
Volvamos al 'momento' en la charla de Pons del 'momento' histórico supuesto del pretendido nacimiento del español, o conversión del castellano en español. Ampliemos la reproducción de su discurso al respecto en el minuto 1:09:43; narrativa que queda enunciada, como  veíamos en el artículo precedente, en términos cinematográficos:
 
<< Si en una peli hay siempre un momento estelar, pues en la historia del español el momento estelar es ese paso del castellano medieval al español clásico. Del español clásico nace este español moderno que estamos utilizando ahora. Lo que ocurre es que ese español clásico sufrió una escisión dialectal. La primera y lo más importante, que separó el castellano central y norteño, el septentrional, y el castellano, el español, meridional, que es también el americano. Por eso demográficamente esta variedad pues es mucho más extensa que el castellano central y norteño. Pues uno puede tener más prestigio que otro. >>
 
Lo curioso es que lo que era previamente el 'castellano' (realmente, lo que la filología oficialista entiende como tal) no ya es que de a luz a una criatura nueva, que por su novedad se deba llamar “español”. Es que, de acuerdo con esta formulación teórica escasamente parsimoniosa, parece tratarse de un parto lingüístico múltiple: estamos ante el nacimiento de gemelos. Este doble salto mortal conceptual, lejos de satisfacerse en la hipótesis del simple alumbramiento metamórfico (“paso del castellano medieval al español clásico”), declara que se ha producido una bipartición durante la división celular (“escisión dialectal”) en el imaginario embrión (“español”): de una sola camada surgen dos retoños simultáneos (“septentrional” y “meridional”). A las/os representantes del españolismo lingüístico no les importa en absoluto conjugar la fábula de que se produce una koineización niveladora, lo que sugiere la evolución hacia un sistema lingüístico unificado, con la de que vienen al mundo dos modalidades distinguibles, lo que en puridad no puede significar sino la diferencia entre dos sistemas. Dicha diferencia se constata simplemente si nos atenemos a la que existe en el terreno fonológico entre la distinción /s/-/z/ del “septentrional” y la realización consonántica del “meridional”, que oficialmente se denomina  “seseo” al tomar como eje de comparación a dicho “septentrional”. Como puede constatarse en otras intervenciones mediáticas del establishment filológico andaloespañol (caso de Miguel Ropero en el documental sobre “El habla andaluza” dentro de la serie Andalucía: mitos y tópicos, reemitido el 12 de agosto de 2016 por el canal de la RTVA Andalucía Televisión [4]), el membrete hiperonímico de “español americano” para englobar a todo un continente infravalora la inmensa diversidad lingüística de la América castellanoparlante (Moreno Cabrera, 2011: 264). Por otra parte, de ceñirnos a semejantes parámetros terminológicos uniformizadores, la catalogación como andaluz americano sería más precisa y descriptiva (aunque, obviamente, no pretendemos incurrir en ese mismo jingoísmo). En este mismo sentido, como apunta Bourdieu (2008: 123-124), 
 
<< el orden social debe su permanencia en parte al hecho de que impone esquemas de clasificaciones que, al ajustarse a las clasificaciones objetivas, producen una forma de reconocimiento de ese orden que implica el desconocimiento de lo arbitrario de sus fundamentos: la correspondencia entre las divisiones objetivas y los esquemas clasificatorios, y entre las estructuras objetivas y las estructuras mentales, constituye el fundamento de una especie de adhesión originaria al orden establecido [frente a la cual] la subversión política presupone una subversión cognitiva, un cambio de visión del mundo. >>
 
De otro lado, cómo no, la disertación de Pons sobrevuela de puntillas los temas espinosos referidos a las situaciones de privilegio lingüístico (Rodríguez-Iglesias, 2016b: 29) a base de nombrar cosas de pasada sin pararse a explicar ninguna. Es lo que vuelve a hacer cuando, al mencionar que el bebé meridional ha nacido con más peso (“demográficamente”) que el peninsular centro-norteño, apostilla vagamente: “Pues uno puede tener más prestigio que otro”. Nada que decir respecto al flagrante castellanocentrismo que queda reflejado en las obras de consulta elaboradas por tres instituciones como la Fundéu, la RAE y la ASALE (Senz, 2011) o conjunto de sucursales de la segunda fuera del reino de España (podemos constatar la reedición de todo este discurso en boca de otro docente procedente del mundo de la filología, Manuel Rodríguez Domínguez, quien hablará, en términos muy similares a los de Pons, como veíamos en la primera entrega, de “revolución consonántica”, de que “cambia el nombre de la lengua” y de que el español “se bifurca en dos”; (Noticiasdealmeria.com, sin fecha exacta/V/2017 [5]).
 
La ideología nacionalista conocida como españolismo se basa en tres pilares: una lengua, un Estado, una religión. Hasta aquí, el relato fundacional del primer elemento del tríptico presente en la charla de la profesora universitaria. Pero también hemos vislumbrado en ella alguna alusión a los otros dos a través de un término que los engarza a los dos conformando la narrativa según la cual en las postrimerías del siglo XV (con su subsiguiente etapa gloriosa de expansión imperial) nace no solo el español (“clásico”), sino que también nace un Estado (“España”) caracterizado por la ocupación integral de la península Ibérica (la excepción portuguesa sigue siendo difícilmente encajable) y la completa uniformización religiosa (que culminará con la intervención providencial de los Reyes Católicos 'tomando' Granada) tras un proceso de 'recuperación' territorial cuyo culebrón se extiende durante ocho siglos, nada menos. El término del que se vale, claro está (también lo hará su colega de facultad Antonio Narbona en sus escritos, como veremos más adelante, y ella misma en otros contextos), es el de “reconquista”, con todos sus correspondientes derivados léxicos. Que dicho vocablo carezca de todo rigor histórico y conceptual, al igual que el relato de la limpieza poblacional y posterior repoblación de Al Andalus con gente de Castilla (Ríos Saloma, 2011: 333, 324, 325; Murado-López, 2014: 75-76; González Ferrín, 2007:79, 86; Rodríguez Ramos, 2010: 52, 62, 23, 26-27, 66-67 73, 86, 47-48, 63-64, 87-92; Corral, 2017; Manzano, 2014; Lozano, 2015; Porrah Blanko, 2000: 142-143; Sánchez Guerrero, 2014; Soria Mesa, cit. en Rodríguez-Iglesias, op. cit.: 116) no les supone a estas/os representantes del profesorado de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla el más mínimo hándicap a la hora de naturalizarlo con asiduidad. Así, contamos en la disertación de Pons con estos enunciados: “desde los siglos X y XI hasta el XV vemos que se va extendiendo por la Reconquista” (34:57), “estas de aquí son las fechas en que se reconquistan las más importantes ciudades castellanas” (35:00), “Lo que trajeron los reconquistadores a Sevilla en el siglo XIII” (1:03:25), “Cuando se reconquista Sevilla, se reconquista el valle del Guadalquivir, en la primera mitad del siglo XIII” (1:04:06-1:04:11, entre ambos), “una rama del castellano que trajeron los reconquistadores en el siglo XIII” (1:06:49), “cuando se reconquista Granada en el XV” (1:06:52), “Al Andalus es cambiante. Va bajando conforme avanza la Reconquista” (1:08:44), “cuando se reconquista toda esta zona” (1:09:36). Naturalmente, además del empleo de esta familia léxica, podemos extraer otras oraciones y sintagmas que nos remiten a ese relato fundacional que perpetúa la fe de la población andaluza en un ADN cristiano-castellano y en la expulsión del elemento andalusí que no sería andaluz sino alienígena (árabe): “en la primera mitad del siglo XIII, había población arabófona, población que habla árabe, y esa población se marcha”,  “básicamente hay un cambio, un reemplazo de la población. Llegan castellanos, llegan leoneses”, “Granada se toma en 1492” (1:04:06); “Al Andalus es [...] habitada y dominada por árabes”, “en esta zona vivían árabes y vivían gente que no era árabe cuyos antepasados eran hispanolatinos”, “ya no quedan hablantes de mozárabe. Se han ido al Norte” (1:08:12). A todo esto, recordemos que Pons ilustra su blog personal [6] y Twitter [7] con una imagen de Alfonso X a caballo, lanza en ristre y con escudo de castillos y leones (toda esta narrativa colonial es una constante del relato filológico españolista en Andalucía, como ejemplifica uno de sus colegas de facultad cuando afirma que “en las tierras andaluzas se implanta el castellano, a partir del siglo XIII, a lo largo de varias centurias, por la llegada de reconquistadores y pobladores de distinta procedencia. La influencia lingüística de la población anterior, paulatinamente desplazada, es muy escasa. Desde fines del XV, la lengua, que ya puede calificarse de español, pasa a tierras americanas”; Narbona Jiménez, 2008: 111). 
 
En nuestro repaso a esta intervención divulgativa no podía faltar el examen de lo que considera que es el andaluz, al que, por supuesto, se abstiene de denominar como tal, en favor de la famosa circunlocución acuñada por el paradigma hegemónico y con la que abre la siguiente caracterización (“español hablado en Andalucía”; Porrah Blanko, 2000: 155-157), esbozada a partir de 1:06:12. Como de costumbre, se trata de ofrecer un rostro amable y moderno que conecte con la audiencia por medio de un desmontaje iconoclasta de categorías asentadas, lo que hace distanciándose del concepto de dialecto (aunque luego no deje de aplicarlo). No obstante, su aparente relativismo deconstructivo detiene en seco su viaje cuando llega al axioma incuestionable: de acuerdo con estas premisas, cualquier aproximación científica o descriptiva sobre la lengua natural de Andalucía debe olvidar cualquier aspiración autorreferente para subsumirse al imperativo ineludible de estudiarlo en tanto variedad de algo llamado español, y luego ya veremos (es exactamente lo que se desprende de la entrevista que hemos mencionado más arriba a Manuel Rodríguez Domínguez, donde este declara que lo primero es llamar español al idioma, solo después de lo cual es cuando podremos plantearnos qué es el andaluz [8]). Reconquistas aparte, y sin que falte el sempiterno mantra de la extraordinaria heterogeneidad del andaluz (Moreno Cabrera, 2012), este es el retrato lingüístico de Pons: 
 
<< ¿El español en Andalucía es una lengua? ¿Es un dialecto? Realmente eso a los filólogos nos da igual, porque sabemos que los términos de lengua, y sobre todo el término de dialecto, es un término que está muy politizado, ¿no? La conocida definición “una lengua es un dialecto con ejército”... Y bueno, es un término que para nosotros no tiene base científica, ¿vale? Lo podemos llamar “habla andaluza”, lo podemos llamar “hablas andaluzas” porque son muy heterogéneas también entre sí, lo podemos llamar “modalidad”... Alguno lo podía llamar “dialecto”, incluso “lengua”... Bueno, históricamente ¿eso qué es? Un dialecto, o sea, una rama del castellano que trajeron los reconquistadores en el siglo XIII. Porque cuando se reconquista Granada en el XV son sevillanos, occidentales en general, los que van a repoblar el reino de Granada. Históricamente, el andaluz es dialecto del castellano. ¿Cuál es el término que más aséptico resulta, que yo prefiero? Español hablado en Andalucía. Es innegable que esto es español hablado en Andalucía. Es la variedad que predominó en la América fundacional, sí, porque, bueno, la conquista y la repoblación americana se organiza desde el puerto de Sevilla, ¿no?, con la colaboración de Canarias. >>
 
Obsérvese que para negarle al andaluz el pan y la sal del estatuto no ya de lengua (es una lengua natural como muchas otras del llamado grupo hispánico; Moreno Cabrera, 2013: 12) sino incluso de mero dialecto haciéndolo desaparecer en favor del circunloquio “español hablado en Andalucía”, Pons apela a que se trata de “un término que está muy politizado”; sin embargo, tres minutos antes no le ha importado apelar a factores políticos para transmutar el castellano en “español”: “lo que hasta el siglo XV era castellano, desde el XVI merece ser llamado políticamente y por este tipo de fenómenos, «español»”, recordemos. Este trasunto filológico de la reacción política contra la intensa aunque efímera afirmación identitaria y reivindicativa de Andalucía que había tenido lugar durante el llamado proceso autonómico, reacción estructurada en torno al divisionismo negacionista respecto a nuestro país y, también, en relación con nuestro hecho lingüístico (Porrah Blanko, ibíd.), intenta disfrazarse a duras penas con los aderezos del discurso científico (dialecto “es un término que para nosotros no tiene base científica”, decía Pons), la neutralidad objetiva (“¿Cuál es el término que más aséptico resulta, que yo prefiero? Español hablado en Andalucía”) y la aparente transparencia de lo que pasa por obvio (“Es innegable que esto es español hablado en Andalucía”) en un ejercicio de hybris del punto cero cartesiano (Grosfoguel, 2013). Son los clásicos movimientos de impostura desde el poder académico a través de los cuales (Bourdieu, op. cit.: 128)
 
<< los dominantes, al no poder restaurar el silencio de la doxa, se esfuerzan por producir a través de un discurso puramente reactivo la suplantación de lo que amenaza la existencia misma del discurso herético. Al no poder decir nada sobre el mundo social tal como es, se esfuerzan por imponer universalmente, a través de un discurso marcado por la sencillez y transparencia del sentido común, el sentimiento de evidencia y necesidad que ese mundo les impone; interesados por dejarlo estar, hacen todo lo posible por anular la política en un discurso político despolitizado, producto de un trabajo de neutralización o, más exactamente, de denegación que pretende restaurar el estado de inocencia originario de la doxa y que, al orientarse hacia la naturalización del orden social, se apodera siempre del lenguaje de la naturaleza. 
 
Ese lenguaje político no marcado políticamente se caracteriza por una retórica de la imparcialidad, a su vez marcada por los efectos de simetría, equilibrio y término medio […]. Esta estrategia de la neutralidad (ética) encuentra su realización natural en la retórica del cientifismo. >>
 
Por esas mismas fechas (22/IV/2017), la filóloga de la US protagonizó una entrevista en El Correo de Andalucía [9] donde, a pesar de la actitud que, como examinábamos en nuestro anterior artículo, demostraría dos semanas y media después ante la cámara de la televisión autonómica, declara con la mayor frialdad: “Trato de dar una visión descriptiva, explicativa y no muy normativa de la lengua. No me gusta ese tipo de perfil de charla sobre el español que consiste en reñir al hablante”. Tampoco deja escapar la oportunidad de hacer profesión de fe españolista. Primero, con el enésimo empleo de la alienante terminología historiográfica: “Y les pido a los alumnos el esfuerzo de investigar por su cuenta, de leer en casa, de ver en Youtube un video sobre historia de la Reconquista para entender mejor el estudio del español”. Segundo, con la alusión propagandística a la geoestrategia internacional española vinculada a la expansión de mercados de las grandes empresas con sede en el Estado español, llámese español global (Moreno Cabrera, 2010: 16), panhispanismo (mismo autor, 2011: 228-229, 187, 193-194; Bernecker, 2010) o hispanofonía (Senz, 2011: 154-156, 268-271), articulado este conjunto doctrinal en los últimos años por las instancias oficiales como soporte ideológico en el campo lingüístico para la expansión e intereses mercantiles en Latinoamérica de las transnacionales y grandes corporaciones con sede en el Estado español (Ramiro, 2014: 13-15); todo ello, como es costumbre por parte del españolismo, vampirizando en el plano cultural todo lo andaluz (Ortiz Estévez, 2004: 280; Arana, 1994: 125; Moreno Navarro, 2013: 53-54; Gutier, 2010), que una vez más se viste internacionalmente de 'español': “si he dicho que tal cosa ocurre en Andalucía, hay espectadores que me dicen: «Pues también ocurre en mi pueblo de Chile». Confirma los lazos entre el español de Andalucía y el de América, y el poder que supone la lengua española como elemento cohesionador de una realidad territorial y política tan amplia como Iberoamérica. Un poder que quizá los españoles no perciben, que va mucho más allá de un poder de comunicación, es la cohesión cultural que ello implica”, declara Pons. 
 
En otra de sus respuestas anticipa las sistemáticas contradicciones alrededor de las cuales girará la próxima aparición mediática que analizaremos cuando aboga por “que los andaluces valoren su forma de hablar” considerando en tono paternalista que eso se logrará al “transmitirles un discurso serio sobre ese tema y no equivocarlos”, a lo que añade que “cuando un político andaluz habla de una manera en Madrid y de otra en Andalucía, estamos transmitiendo una visión sobre el andaluz perjudicial y nociva”. Este último enunciado es clave porque constituye el eje central del discurso esquizoide de la filología orgánica andaloespañola. Aunque obviamente no lo enuncie en esos términos, se trata de defender que se puede hablar dignamente en andaluz ma non troppo, es decir, siempre que ese andaluz se limite a un par de rasgos que, realmente, no pasa de un casteluz o castellano andaluzado. De acuerdo con lo que declaran como su defensa del andaluz, como veremos, no hay que discriminar una forma de hablar según variables territoriales; el problema es que la academia acepta y legitima que sí se efectúe tal discriminación basándose en criterios relativos a la clase social (en realidad veremos cómo al final la clase social y los componentes territoriales se encuentran más ligados de lo que se da a entender), como cuando se censura pronunciar “arcarde” en un acto institucional (según vamos a verificar en breve).   
 
Un mes después de la charla de Pons, el 25 de mayo, la ZEA envió una carta a Canal Sur al objeto de que organizara un debate entre personas del movimiento andalófilo, que reivindica la escritura en andaluz, y las/os miembros del profesorado universitario, al que vemos cómo se da cancha con asiduidad en los grandes medios, lo que favorece que, como sucedió a raíz de la aparición de Er Prinzipito, las/os representantes de la academia acostumbren a denigrar este tipo de propuestas [10]. Este era el texto de la misiva: 
 
<< Sr. Joaquín Durán, director de Canal Sur TV y subdirector general de RTVA:
 
ZEA / ZOZIEDÁ PAL EHTUDIO'EL ANDALÚ solicita a Canal Sur, en cumplimiento de sus funciones de “preservar la diversidad cultural de Andalucía y las tradiciones que constituyen su patrimonio inmaterial” así como “promover el reconocimiento y uso de la modalidad lingüística andaluza en sus diferentes hablas” (apartados d y e, respectivamente, del artículo 4, punto 1, de la Ley 18/2007, de 17 de diciembre, de la RTVA), la realización de un debate televisivo en el que se aborde el tema de la escritura en andaluz. 
 
En los últimos días, representantes del estamento filológico en general, y de la Universidad de Sevilla en particular, con motivo de la presentación en Sevilla de la traducción de la obra Le Petit Prince al andaluz, realizada por Huan Porrah Blanko, han realizado diversas manifestaciones a través de las que censuran tanto la aparición del libro como, por extensión, todas las iniciativas que pretenden dignificar sus diferentes variedades recogiéndolas por escrito a través de sistemas alternativos a la ortografía castellana. Entre dichas opiniones, podemos citar las que consideran que “llevan a la burla” (Pedro Carbonero, declaraciones a ABC de Sevilla, 20 de mayo), las que las describen como “fruto de la osadía y del desconocimiento” (artículo de Antonio Narbona, Diario de Sevilla, 16 de mayo) o las que las califican como “chorradas” (Lola Pons en su cuenta de Twitter, 9 de mayo). 
 
Es por ello que ZEA pide un debate en profundidad en el que, a través del contraste entre las distintas posturas en torno a la cuestión, la audiencia pueda formarse una opinión fundamentada acerca de la viabilidad y necesidad, o por el contrario ausencia de ella, de tales propuestas, más allá de la extensión necesariamente breve de los titulares y enunciados sintéticos de la actualidad mediática más efímera. Así, emplazamos a las/os tres docentes mencionadas/os a participar en dicho debate frente a sendos defensores de la posibilidad y pertinencia de escribir en andaluz, posición obviamente defendida por las/os miembros de ZEA. 
 
El único requisito que consideramos ineludible, en aras de la fidelidad respecto a su desarrollo, sería su emisión en directo o, en su defecto, libre de cualquier tipo de corte o edición posterior a su grabación que pudiera implicar selecciones sesgadas de información. 
 
Atentamente,
 
Paco Arbadulí
 
Presidente de la Sociedad para el Estudio del Andaluz >>
 
Huelga decir que el eventual debate jamás tuvo lugar. 
 
Una polémica política se encargó de sacar a la palestra mediática una vez más el tema del andaluz cuando el ministro de Exteriores del Gobierno español, Alfonso Dastis, destituyó al cónsul en Washington, Enrique Sardà Valls, debido a que este ridiculizó a la presidenta de la Junta, Susana Díaz, por su acento (Elmundo.es, 1/VIII/2017 [11]). No solo desde Canal Sur no se consideró que este acontecer informativo podía servir de pie a la celebración de esa confrontación de opiniones entre la ZEA y el estamento filológico, sino que su vertiente radiofónica contó, a la hora de comentarlo, de forma exclusiva con Lola Pons; profesora que, por su parte, aprovechó su presencia en las ondas, como veremos, para reeditar sus invectivas contra el trabajo de Er Prinzipito. 
 
La aparición radiofónica de Pons tuvo lugar en el programa La hora de Andalucía de Canal Sur Radio, en su edición del 2 de agosto de 2017 [12]. En el minuto 18:30 de programa, enuncia el nódulo de todo aquello que desarrollará, y en lo que insistirá con insistencia, a lo largo de sus sucesivas intervenciones: la tolerabilidad de un andaluz 'pero no demasiado' reducido a dos o tres rasgos que lo diferencien levemente del castellano estándar, que le permitan cierto carácter distintivo, anecdótico, pero sin pasarse, puesto que todo lo que no sea ceñirse a esas licencias fonológicas merecerá la condena al averno del vulgarismo. Dice así:
 
<< El error principal creo que supone asociar los rasgos vulgares que presenta el andaluz, como presenta cualquier otra variedad, con la representación estándar de esa variedad. Quiero decir, todos los que estamos en esta mesa conocemos el habla andaluza y la practicamos pero eso también implica que sabemos que algunos rasgos del habla andaluza pues no son utilizados cuando hablamos para los medios o cuando se habla en una tribuna política. >>
 
Tenemos en todo su discurso una coartada, pues, para una forma de lo que se conoce entre otras denominaciones como supremacismo lingüístico (Muñoz Navarrete, 2009). En vez de estudiar sin prejuicios ni anteojeras sancionadoras y jerarquizantes el conjunto de sistemas lingüísticos que podríamos englobar sin demasiados problemas bajo el membrete de andaluz, y que es claramente reconocible por cualquier interlocutor/a del resto del Estado, lo que hace Pons es, en primer lugar, negar su entidad (“¿El español en Andalucía es una lengua? ¿Es un dialecto? Realmente eso a los filólogos nos da igual […]. Es innegable que esto es español hablado en Andalucía”, decía en su charla del bar), contraviniendo la evidencia de que “Cualquier persona, lingüista o no, puede diferenciar fácilmente una variedad andaluza de una variedad cántabra o castellana central, por lo que la afinidad lingüística de las variedades andaluzas es incluso percibida por los no especialistas”, ya que siempre “hay especialistas especializados en no querer ver lo evidente” (Moreno Cabrera, 2013: 12). Una vez presentada esta trampa lógica, aun necesariamente forzada, el oficialismo filológico ya tiene preparado el terreno para establecer sus pertinentes fronteras entre rasgos (con rangos) del andaluz aceptables (dos o tres, a lo sumo) y no aceptables (todos los demás), operación que realiza tomando términos procedentes de conceptos de la lingüística o de la sociología de Weber o Durkheim mal asimilados. El hecho de haber rebajado el rango del andaluz de lengua (natural) a dialecto y luego de dialecto a conjunto de hablas, para finalmente hacerlo desaparecer (“español hablado en Andalucía”), lejos de reducirse a una mera cuestión nominal, comporta implicaciones decisivas a la hora de otorgarle uno u otro papel, como puede inferirse tanto del anterior párrafo radiofónico de Pons como de los siguientes que vamos a citar, donde queda claro que determinados rasgos lingüísticos no son 'presentables' en según qué ámbitos. No en vano, históricamente “las ideas acerca de lo que es o no una lengua «real» han influido en las trascendentes decisiones tomadas sobre la civilidad e incluso la humanidad de los otros, en particular sobre los sujetos de la dominación colonial” y hoy día “la clasificación de las lenguas sigue siendo invocada para regular el acceso a las variedades de habla a los usos institucionales de prestigio y el acceso de sus hablantes a dominios de poder y privilegio” (Woolard, 2012: 39). 
 
Ni dos minutos después, quizá consciente de que sus anatemas contra la forma habitual de hablar de la inmensa mayoría de la población a la que pertenece la audiencia a la que está ofreciendo sus explicaciones pueden haber resultado demasiado ofensivos, Pons recula ante las/os oyentes andaluzas/ces intentando matizar los rigores de su espartano prescriptivismo. Hagamos un brevísimo alto en el camino para aclarar que en el DRAE en línea la palabra “vulgarismo” queda definida como “Dicho o frase especialmente usada por el vulgo” [13] y que la palabra pertinente para lo “Perteneciente o relativo al vulgo”, según la misma obra de consulta, es “vulgar”, término al que asignan la acepción adicional de lo “Que es impropio de personas cultas o educadas”[14]; añadamos que la entrada “vulgo” incluye al “Conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial” y, para no faltar a la continua cita de la RAE con el campo semántico del sexo remunerado cuando se trata del léxico relativo a los sectores sociales subalternizados (normalmente las mujeres y, en este caso, las clases populares), “mancebía (‖ casa de prostitución)” [15]. Pues bien, estas son las palabras de Pons en 20:10, cuando afloja por un momento el acelerador condenatorio y busca la complicidad del público a través de una primera personal del plural y el uso del pronombre “todos”, recursos con los que trata de acercarse por un instante al rebaño de los simples pecadores lingüísticos, impostando una pertenencia al pueblo llano que, sin embargo, no se corresponde lo más mínimo con sus propias realizaciones orales:
 
<< Bueno, casi quizá [en vez de] el término que yo misma he utilizado, “incorrecciones”, se debe hablar de “vulgarismos” o de rasgos propios de lo hablado. Quiero decir, de ese paso de ele a erre, que por ejemplo aparece en ese comentario del cónsul, de tipo “farda”, “barcón”, etcétera. Lo decimos todos. Pero lo decimos todos cuando estamos pidiendo que nos saquen una “farda” en una tienda. Si nos ponen en una tribuna pública con un micrófono, o si tenemos que hacer un discurso importante, no vamos a decir “barcón”, sino “balcón”. […] Es decir, que conocemos que hay una variedad de registros en Andalucía, igual que en Burgos, igual que en Cuba, pues sabemos que no se habla en público como se habla en privado o en el bar. >>
 
Enunciándolo de una forma que simula el mero retrato de lo existente (“Lo decimos todos”, “no vamos a decir”, “conocemos que hay una variedad de registros”, “sabemos que no se habla en público como se habla en privado”), el efecto por el que la audiencia se encuentra condicionada no es otro que asumir que no debe pronunciar “barcón” “en una tribuna pública”, dado que quien se encarga de difundir ese mandato no explícito se encuentra investida del rol de autoridad o experta. En efecto, “toda teoría es un programa de percepción; pero en ningún caso es tan acertado como en las teorías del mundo social. Y no hay muchos casos en que el poder estructurante de las palabras, su capacidad para prescribir bajo la apariencia de describir o para denunciar bajo la apariencia de enunciar, sea tan indiscutible” (Bourdieu, op. cit.: 124). Por otra parte, este paso atrás táctico dentro del discurso prescriptivonormativista de la estructura orgánica académica, de la que Pons es una de sus miembros autorizados, y que no es exclusivo de esta representante, constituye un ejemplo del doble juego que suelen ejercer las narrativas de los paradigmas dominantes en las diferentes ciencias y disciplinas sociales o humanísticas. No solo se reserva el derecho de afirmar que no ha querido decir lo que previa y reiteradamente ha venido diciendo, sino que se vale del léxico propio de dichos campos del saber intelectual, gran parte del cual está tomado de términos del lenguaje común. Esta procedencia polisémica siempre permite al sacerdocio académico hacer uso del comodín adecuado en el momento preciso, agarrándose al significado de mayor conveniencia según la coyuntura. De este modo, por seguir con las emisiones de Pons, no solo es posible cambiar la “incorrección” por el “vulgarismo” a demanda, sino que, cuando ocasiones como esta lo merecen, también lo es negar toda relación con las connotaciones (incluso denotaciones) inferiorizantes asociadas a lo “impropio” o “superficial”, incluidas en las acepciones comunes del término elegido, en favor, ahora, de otra en apariencia más aséptica, por científica (“rasgos propios de lo hablado”), pero cuyo contenido subalternizante, por más que pretenda sumergirlo, regresa a la superficie cada vez que vuelve a aflorar su ideología prescriptiva, dado que, de ceñirnos estrictamente a la definición técnica por ella misma aportada, nada debería haber, en sí, de incompatible entre esos “rasgos propios de lo hablado” y las situaciones en las que “nos ponen en una tribuna pública con un micrófono” o “tenemos que hacer un discurso importante”; es decir, contextos en las que se hace uso precisamente del lenguaje “hablado” (porque no es escrito). Dicha supuesta incompatibilidad, que no por afirmada queda fundamentada, esconde un culto a la forma de los discursos que, de soslayo, permite la exclusión de determinados contenidos. Por tanto, está operando una ideología de la que se participa activamente pero que jamás se reconocerá como tal, haciendo extensible al quehacer filológico la apreciación que el mismo autor (op. cit.: 169) señala en el ámbito filosófico cuando declara que “los profesores de filosofía han interiorizado tan profundamente la definición que excluye de la filosofía cualquier referencia abierta a la política que han llegado a olvidar que la filosofía de Heidegger es política de principio a fin”; tan política como el empleo a discreción, podríamos apreciar, del término “reconquista” y sus derivados por parte de Pons en sus sucesivas apariciones públicas. El mismo autor es quien nos ofrece la descripción de estos números de ilusionismo semántico con que el poder académico juega cuando alterna el uso del término científico, vedado justamente a ese vulgo, y el común, amén de reflexionar en torno a los privilegios no declarados pero implícitos en toda esta profesión de fe formalista (ibíd.: 150, 154, 160, 162; volvemos a hacer extrapolable al terreno filológico lo descrito respecto al filosófico): 
 
<< La imposición de una ruptura zanjada entre el saber sagrado y el saber profano, constitutiva de la ambición de todo cuerpo de especialistas que pretende garantizarse el monopolio de un saber o de una práctica sagrada, al establecer a los otros como profanos, reviste así una forma original: presente por todas partes, confronta de algún modo cada palabra contra sí misma, significándole que no significa lo que pretende significar, inscribiendo en ella, a través de comillas o de una alteración de la sustancia significante misma, cuando no a través de una simple vinculación etimológica o fonológica a un campo léxico, la distancia que separa el sentido «vulgar» o «ingenuo». Al desacreditar los significados primeros que siguen funcionando como soporte oculto de muchas relaciones constitutivas del sistema patente, se da la posibilidad de llevar el doble juego, si podemos llamarlo así, a un segundo grado. […]
 
La estructura de las relaciones de clase se designa y aprehende siempre a través de formas de clasificación que, aún en el caso de tratarse de las que vehiculan el lenguaje común, no son nunca independientes de esa estructura […]: en efecto, aunque las oposiciones más «marcadas» socialmente (vulgar/distinguido) puedan recibir significados muy distintos según los diferentes usos y usuarios, el lenguaje común, producto del trabajo acumulado de un pensamiento dominado por las relaciones de fuerza entre clases y, con mayor razón aún, el lenguaje culto producen campos dominados por los intereses y valores de las clases dominantes, constituyen en alguna medida ideologías primarias que se prestan «de forma natural» a usos de acuerdo con los valores e intereses de los dominantes. […]
 
La «altura» estilística no es una propiedad accesoria del discurso filosófico; a través de ella, se comunica que se trata de un discurso autorizado, investido en virtud de su conformidad por la autoridad de un cuerpo especialmente designado para garantizar una especie de magisterio teórico (con una dominante lógica o moral según los autores y las épocas). Es también lo que permite que no se digan algunas cosas que no tienen lugar en el discurso formalizado o que no pueden encontrar portavoces capaces de darle la forma adecuada, mientras se dicen y oyen otras que de otro modo serían indecibles e inadmisibles. […] El rango del discurso en la jerarquía de los discursos y el respeto debido a ese rango se recuerdan por la «altura» estilística. [...]
 
La violencia simbólica que encierra todo discurso ideológico en tanto que desconocimiento que reclama el re-desconocimiento sólo se ejerce en la medida en que logra obtener de sus destinatarios que le traten como pide ser tratado, es decir, con todo el respeto que merece, en las formas, en tanto que forma. Una producción ideológica logra más éxito cuanto más capaz es de inducir a error a cualquiera que intente reducirla a su verdad objetiva: lo propio de la ideología dominante es estar en condiciones de derribar a la ciencia de la ideología bajo la acusación de ideología; la enunciación de la verdad oculta del discurso escandaliza porque dice lo que sería «lo último que habría que decir».
 
Las estrategias simbólicas más refinadas nunca pueden producir totalmente las condiciones de su propio logro, y estarían abocadas al fracaso si no pudieran contar con la complicidad de todo un cuerpo de defensores de la ortodoxia que orquesta, amplificándola, la condena inicial de las lecturas reductoras. >>
 
Más adelante (22:43), el clasismo inherente a los postulados de Pons sale a relucir cuando, tras esa breve apuesta por las apelaciones a los “registros” y la llamada variedad diafásica de las lenguas (variación según el contexto), interviene para vincular, en la primera de las oraciones que transcribimos a continuación, esas formas de habla que poco antes ha tolerado en determinadas situaciones (las no formales, las inferiores, por oposición implícita a lo que ha llamado “discurso importante”) con un estrato social concreto. De ese lapsus nace su reflexión en el sentido de que “El problema es la repetición y la mofa que se hace del acento andaluz siempre asociado a un perfil socioeconómico vulgar”, expresión con la que solapa la 'economía' (deprimida o baja) con la 'vulgaridad' (es decir, con la “Cualidad de vulgar” que, nuevamente según el DRAE online, denota una “Especie, dicho o hecho vulgar que carece de novedad e importancia, o de verdad y fundamento” [16]). Puede comprobarse que la omnipresente incoherencia de sus planteamientos no parece comportar ningún problema cuando, acto seguido, se lamente, al final del siguiente extracto, de los prejuicios de raíz económica que ella misma se encarga de aplicar:
 
<< El problema es la repetición y la mofa que se hace del acento andaluz siempre asociado a un perfil socioeconómico vulgar. Y eso es llamativo porque antes hablabais del origen del habla andaluza. El origen del habla andaluza está en el siglo XVI. Es en ese momento cuando nace el seseo, cuando nace el ceceo, cuando nacen todos esos rasgos que hoy utilizamos. Pues bien, hay que preguntarse: ¿y por qué nace en el XVI? ¿Y por qué se atreven los andaluces del XVI a hablar de manera disidente respecto a Madrid o a Toledo? Es porque en esas fechas Andalucía es rica. El puerto de Sevilla está comerciando con las Indias, trae muchísimo oro de las Indias y Sevilla es una capital económica, no administrativa pero sí económica, humana, del reino de Castilla. Entonces, en ese momento, los rasgos andaluces eran prestigiosos. Por eso se extiende el seseo en Andalucía y se extiende el seseo en América. Si hoy no lo son, o no lo son para algunos, es porque se asocia a Andalucía pues a la escasa alfabetización o al escaso poder económico. Lo que decíamos antes: se juzga a los hablantes por su poder económico, y no por sus rasgos lingüísticos. >>
 
Antes de continuar analizando lo que es propiamente la contradicción interna de su discurso, precisemos algunos puntos pertinentes para este fragmento. En primer lugar, encontramos una reedición de la fantasía de los DNI con las supuestas fechas de nacimiento de las respectivas lenguas o, como es este caso, las consideradas por la academia como variedades lingüísticas (actas fundacionales cuya falsedad ya abordamos en nuestro artículo anterior; Moreno Cabrera, 2011: 252): “El origen del habla andaluza está en el siglo XVI”, “Es en ese momento cuando nace”, “nace en el XVI”. Segundo, en la estela de los relatos basados en el romanticismo decimonónico, como es el de Menéndez Pidal, empeñado en erigir a Castilla en elemento fundador de la nación española (Murado López, op. cit.: 96), Pons, exponente de la sucursal para Andalucía de esta tradición filológica, está recurriendo, con su metáfora, al mismo tipo de narrativa basada en el concepto de «alma del pueblo» (Volkgeist) para travestir el hecho totalmente natural de la sucesión de cambios lingüísticos, que son continuos, paulatinos y no pre-dirigidos por instancia alguna (como sucede en cualquier parte del mundo), en saltos cualitativos motivados por esotéricos factores intencionales de lo que se ha venido dando en llamar comunidad lingüística. En paralelo con la charla que analizábamos más arriba, donde hablaba de una “revolución fonológica”, producto de una ergonómica reducción consonántica del “derroche” y “fiesta de sibilantes” precedente, fabulación que remeda las teorías creacionistas del diseño inteligente en el campo de la biología (por oposición al paradigma del evolucionismo y la selección natural), la académica interpreta esta vez fenómenos como lo que el españolismo lingüístico denomina “seseo” o “ceceo” en términos de 'atrevimiento' o 'disidencia' (“por qué se atreven los andaluces del XVI a hablar de manera disidente”). En ambos, casos, antes y ahora, estamos ante explicaciones contrarias a los hallazgos de la ciencia sobre las leyes naturales del cambio lingüístico, por supuesto. Por ende, decir que un determinado sistema o conjunto de sistemas lingüísticos surge por la voluntad de las/os hablantes de 'ahorrar' en engorrosas consonantes, por un acto 'revolucionario', por 'atrevimiento' o por 'disidencia' de una cierta población, pertenece al mismo tipo de narrativas disparatadas como la que defiende la supuesta superioridad lingüística del castellano primitivo (y motivo de su expansión) sobre el resto de lenguas romances basando su explicación en que las/os hablantes 'vacilaban' a la hora de elegir unas palabras u otras y el castellano les ofreció “certezas” (como examinábamos en nuestra primera entrega; Moreno Cabrera, 2014: 81-82). En tercer lugar, la afirmación de que “en esas fechas Andalucía es rica” por el hecho de que “El puerto de Sevilla [...] trae muchísimo oro de las Indias” constituye, como mínimo, una arriesgada simplificación, salvo que nos refiramos, en todo caso, a la reducida clase dominante de la época, a pesar de lo que parece pretender dar a entender el relato histórico hegemónico en torno a tal período, en el cual, frente a la habitual retórica triunfalista, los amplios estratos populares de nuestro país sufrieron el caos de la inflación secular o “revolución de los precios” (Wallerstein, 1979), “tanto más cuanto que el impacto de los cargamentos de Indias sobre los precios se hacía sentir antes y más fuertemente en Andalucía que en el resto de Europa” (Cuenca Toribio, 2005: 487). En efecto, “vemos que en mucho más se tienen mil ducados en Castilla que en Andaluzía, y aun en una mesma ciudad, por la diversidad de los tiempos, hallamos el mesmo discrimen. Que agora treynta años eran gran cosa mil maravedís, que en la hora presente no se estiman en nada, con ser los maravedís de un mesmo precio” (Tomás de Mercado, cit. en Vilar, 1981: 228). Así pues, no fue oro todo lo que relució, nunca mejor dicho (García-Baquero González, 1981: 347-348):
 
<< El oro y plata [...] no tuvieron nunca para sus efectos inflacionistas el freno de una reinversión productiva; se utilizaron exclusivamente como pago de mercancías o servicios, teniendo en cuenta que en su inmensa mayoría ni las unas ni los otros estaban referidos a Andalucía. De hecho, el metal precioso que arribaba a Sevilla se diluía rápidamente al volcarse [...] hacia el extranjero. […] Es decir, en 1570 las salidas fueron ligeramente superiores a los ingresos mientras que en los diez meses de 1571 salió más del 90 por 100 de lo recibido. […] el oro se dirige, sobre todo, a Madrid, Valladolid y Toledo, también hacia el Norte, mientras que una cantidad importante se queda en Sevilla y Cádiz o bien se reparte entre las restantes provincias andaluzas, Extremadura, Salamanca, Burgos, Galicia, Palencia y Zamora; por lo que se refiere a su vez a la plata, alrededor de un sexto se queda en Sevilla y Cádiz; Valladolid recibe una cantidad similar o mayor; el resto se lo reparten entre Madrid, Toledo, Segovia, Cuenca, resto de Andalucía, Extremadura, Burgos y Palencia. En conjunto, Valladolid era la que recibía más oro y más plata, seguida de Sevilla y Cádiz, Madrid, Toledo, el Norte... Andalucía recibe un quinto del oro y un tercio de la plata; sin embargo, los granos importados de Extremadura, de Palencia, de Palencia y Valladolid; las maderas y pescado de Galicia; las manufacturas de Toledo y Segovia; los hierros del País Vasco, etc., pronto engullen estos dineros que apenas daba tiempo a retener. 
 
Por otra parte, los salarios no pudieron nunca aproximarse a los precios y sólo muy pocos, en las altas capas sociales, recibieron una parte del festín colonial. En cualquier caso y aunque no estamos en condiciones de medir esa parte ni tampoco qué porcentaje de la sociedad se benefició de ella, parece seguro que el enriquecimiento de unos pocos no se proyectó en lo que hoy llamaríamos un crecimiento de la renta per cápita [...]. 
 
En otro lugar se señala el que probablemente constituyó el más duro fracaso para la economía andaluza respecto a la economía colonial: la ausencia de una infraestructura productiva de acuerdo con la demanda gigantesca del Nuevo Mundo que pudo haber hecho de Andalucía la primera y más sólida región «industrializada» [...]. Quedó, pues, la inflación y la carestía como una epidemia endémica […] encubierta, eso sí, por la euforia general y los ejemplos aislados de riqueza. >>
 
Efectivamente, la división internacional del trabajo deparó a Andalucía el más desventajoso de los papeles, que se le adjudicó tempranamente desde la conquista castellana, en el juego de la economía capitalista que a la sazón se iba configurando en el sistema-mundo: el de suministradora de materias primas, en detrimento de un eventual rol de elaboración de productos manufacturados, función que se reservaron otras zonas; una condición que no permitió a las capas humildes escapar de la pobreza y el hambre (Cuenca Toribio, op. cit.: 494): 
 
<< el comercio sería principalmente de intermediarios con producción agraria propia, pero importada en el plano industrial. Los tesoros americanos descargados en la metrópoli hispalense tuvieron un grado muy diverso de incidencia y repercusión en sus habitantes. Los salarios de menestrales, artesanos y marineros subieron considerablemente, pero la elevación de los precios no fue menor, con los consiguientes efectos perjudiciales para la población humilde. Claro es que […] la elevación de los precios no redujo sus efectos perniciosos al agravamiento de los sectores menesterosos. Sus secuelas fueron limitantes y a las veces onerosas sobre el conjunto del aparato productivo. Y, en fin, […] las catástrofes demográficas también dejaron sentir su trallazo en el cuerpo social andaluz, puesto a prueba por hambrunas y carestías que marcaron época en la memoria de los contemporáneos. >>
 
Vemos que, lejos de ser “rica” la Andalucía de “esas fechas” (por rescatar el parlamento de Pons), la realidad fue otra. “Los siglos XVI y XVII en Andalucía se caracterizaron por una amplia conflictividad social, con una innumerable cantidad de revueltas por toda su geografía”. Aunque algún autor del establishment historiográfico “las menosprecia calificándolas de «revueltas del pan», negándoles la calidad social que en realidad conllevaban”, realmente “No es justo no reconocer que detrás de todo esto, además, se encontraban patentes otras muchas tensiones sociales que periódicamente afloraban”. En concreto, “En 1521”, en pleno supuesto apogeo de la 'capitalidad económica' a la que aludía Pons, “debido a la escasez y carestía de la comida, se suceden diversas revueltas en los barrios pobres de muchas ciudades andaluzas”, como es el caso del famoso Motín del Pendón Verde en Sevilla, caracterizado, al igual que los producidos en otros puntos del país ese año, y al igual que las revueltas que por los mismos motivos se producirían en mayo de 1652, también simultáneamente en numerosos lugares de Andalucía, como sobre todo Córdoba, “por una desmedida represión por parte de las autoridades” (Vergara Varela, 2010: 49). 
 
Si el extracto tomado de García-Baquero González (ibíd.), dado que el oro americano que pasaba por Sevilla salía principalmente a los núcleos del poder castellano del centro peninsular (Madrid, Valladolid y Toledo), nos permite situar en su medida real la sentencia, no contextualizada, de Pons de que “Sevilla es una capital económica [...] del reino de Castilla”, es necesario realizar otra precisión al bosquejo idílico que la filóloga de la US ofrece de la Andalucía del siglo XVI. Dicha matización tiene que ver con la afirmación genérica, pronunciada así, sin más, de que “los rasgos andaluces eran prestigiosos” y que “Por eso se extiende el seseo en Andalucía y se extiende el seseo en América”, siguiendo con sus palabras literales, que enrocan causa y efecto. Que lo que llama seseo se extendiera por el continente americano se debió, como es obvio, a que el puerto de salida y entrada principal era Sevilla (lo que favorecía una alta proporción de población andaluza en la composición de las tripulaciones) y a que el tiempo de espera hasta que los barcos zarpaban era dilatado, por el no cumplimiento, las más de las veces, ni de las fechas estipuladas ni de la relación teóricamente fijada de solamente dos flotas por año (lo que podría hacer que la tripulación originaria de otras zonas pudiera adoptar en proporción variable los rasgos lingüísticos del lugar de partida durante la espera hasta la salida definitiva). En cualquier caso, como correlato a la matización que acabamos de reseñar, el centro de poder simbólico y cultural vinculado a la corte permanecía en lo que, independientemente de sus extensiones imperiales, era la auténtica Castilla (las ya citadas ciudades de Toledo, Madrid y Valladolid), por lo que no es de extrañar la inferiorización de la que era objeto el andaluz a manos de las figuras de referencia intelectuales del momento, como Juan de Valdés y Benito Arias Montano, o de las burlas de los escritores del llamado “Siglo de Oro español” (Rodríguez-Iglesias, 2016a: 111-112). No debe olvidarse que el primero de ellos ejerció de agente político de Carlos V, quien lo nombró como archivero de Nápoles, mientras Arias Montano fue el director de la Biblia Políglota Regia de Amberes por encargo directo de Felipe II, de quien era capellán (Vergara Varela, op. cit.: 42). Por tanto, la proporción de personas hablantes de una determinada lengua o modalidad y la valoración positiva (“prestigio”, en la terminología oficial) de ella no correlacionan necesariamente ni tienen por qué coincidir. La prueba es el autodesprecio y la baja autoestima lingüística de Andalucía entre su propia población. Sin ir más lejos, es la propia Pons quien nos explica con otro dato histórico la inequivalencia entre ambas variables aplicada al caso del andaluz: “La idea de que la pronunciación andaluza favorece la risa, por ser un modo de hablar ocurrente o gracioso, no era nueva en el siglo XIX. Tal como investigó Mª Teresa García Godoy [17], los parlamentarios de las Cortes de Cádiz que se expresaban en andaluz, y, en especial, los que ceceaban, provocaban la carcajada general” (Pons Rodríguez, 2000: 91).  
 
Otra refutación a ese supuesto “prestigio” del andaluz y otras variedades lingüísticas a las que dio origen, que prueba que peso demográfico y valoración social de una lengua o hablar no tienen por que andar parejos, la encontramos en la circunstancia de que, a pesar de que el conjunto de lenguas naturales que el oficialismo suele agrupar bajo el membrete de “español atlántico” [18] supera hoy de manera aplastante en número de personas al denominado “español central”, Rodríguez-Iglesias (2016b: 28) ofrece el siguiente dato, que también niega la identidad entre uso masivo y prestigio social:
 
<< El diccionario bilingüe Español-Inglés Klett Cambridge, editado por Cambridge University Press (2002), ofrece en sus páginas iniciales una breve descripción de lo que, a su juicio, es el panorama del español y de sus hablantes. Nada extraño hasta que nos topamos no ya con imprecisiones técnicas o históricas, sino con una valoración sobre las características lingüísticas inherentes al habla de millones de personas, hasta el punto de que se tacha de “vulgar” lo que es característico de Andalucía, el Caribe, Centroamérica o el Cono Sur, entre otros lugares. El diccionario Klett Cambridge advierte a sus lectores no hispanohablantes sobre las que, a su modo de ver, son pronunciaciones que “deben evitarse” por tratarse de “fenómenos [que] se consideran vulgares” (2000: IX). Ya me gustaría a mí que el editor de este dislate me explicase en qué se basa. Fíjense, se trata del seseo y la aspiración, dos características extendidas desde el sur de la península Ibérica a buena parte del continente americano. >>
 
En la próxima entrega de esta serie cerraremos nuestro análisis ideológico del mensaje de Pons terminando de examinar esta aparición radiofónica y comprobando la presencia de todos estos vectores discursivos en uno de sus textos académicos. 
 
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NOTAS
 
[8] Véase nota 5. 
[17] Referencia a GARCÍA GODOY, María Teresa (1997): Valoración del andaluz en el Cádiz de las Cortes. En NARBONA JIMÉNEZ, Antonio y ROPERO NÚÑEZ, Miguel, Actas del Congreso del Habla Andaluza, 1997. Sevilla: Junta de Andalucía. Pp.: 505-513. 
 
Manuel Rodríguez Illana