Lunes 22 Octubre 2018

Doble moral

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Doble moralEn ocasiones les profesionales y asociaciones del mundo de la farándula se valen de su fama y posición como foco de atención mediática para apoyar causas sociales que entienden justas. Son acciones perfectamente legítimas y a menudo loables, pero que pueden incurrir también en llamativas contradicciones si las confrontamos con los valores que contribuyen a perpetuar a través de los roles que representan en los guiones de ficción que les hacen tan populares. Por ejemplo, la actriz estadounidense Mayim Bialik grabó en abril de 2017 un vídeo contra la experimentación animal, por considerarla innecesaria[1] (desgraciadamente, la población palestina no le inspira la misma empatía, aunque esa sería otra cuestión ajena al tema de este artículo[2]), pero ello no le ha impedido encarnar en la comedia televisiva The Big Bang Theory al personaje de una neurobióloga cuyos gags se basan con frecuencia, justamente, en trivializar el sufrimiento de animales no humanos por medio del relato o la alusión a todo tipo de pruebas de lo más anodino, cruel y/o fútil con los monos que utiliza como sujetos experimentales[3].

 

En la gala de los premios Goya del mismo año, el actor y humorista malagueño Dani Rovira se calzó unos zapatos de tacón para denunciar la discriminación contra las mujeres en la sociedad en general y en el mundo del cine en particular[4]. Sin entrar en los aspectos más discutibles de su performance, empezando por la elección de esa prenda como símbolo femenino,  vamos a analizar dos de sus trabajos en los que la transmisión ideológica no juega precisamente a favor de una sociedad más igualitaria en cuestión de género.

El primero de ellos es un monólogo para el programa El club de la comedia titulado “Traumas de la infancia”, que fue reemitido por el canal Neox el lunes 8 de agosto de 2016[5], y en el que encontramos un segmento del show, que comienza en el minuto 1:41, donde Rovira narra este relato ficticio:

<< Yo tengo un montón de traumas infantiles. Mi hermana, una de las culpables, también. Yo tengo una hermana mayor. Mi hermana mayor es promiscua, tirando a guarra, ¿eh? ¿Qué pasa? Que siendo yo pequeñito, una vez me dio por espiar en el cuarto de mi hermana cuando estaba con uno de sus novios, el de los martes… Mira: me dio por asomarme a la mirilla… Digo: “¡Hostia, colega! Y pensar que mis padres me quieren llevar al psicólogo porque me chupo el dedo...”. Si me llego a chivar de mi hermana la meten en Alcalá Meco. >>

El resorte que ha provocado la hilaridad del público es la conducta erótica femenina activa y con variadas parejas sexuales; desviación cometida en tan elevado grado que, aunque tras el velo amable del humor, se muestra literalmente, al efecto de ser debidamente corregida, no ya digna del paso por la consulta de un profesional de la salud mental (“al psicólogo”), sino directamente de la pena de cárcel (“la meten en Alcalá Meco”) en el caso de haber sido descubierta. El éxito del chiste de Rovira, que ha hecho uso de la etiqueta “guarra”, la cual ha provocado la carcajada inmediata, responde a un sentido común subyacente profundamente asentado en la lógica patriarcal, el de la doble moral sexual. Se trata, efectivamente, de (Herrera Gómez, 2012)

<< un mecanismo ideológico gracias al cual las mujeres son apedreadas hasta la muerte por adulterio, y en cambio los hombres son admirados por su capacidad de seducción y conquista. Según esta doble moral, la promiscuidad femenina es un pecado aberrante digno de castigo, y la masculina es un símbolo de potencia, virilidad y éxito social. Es un pensamiento binario que contrapone a hombres y mujeres y que viene a decirnos, simplificadamente, que el placer masculino es "normal" y bueno, y el placer femenino es malo, anormal. Por eso no existe la palabra "ninfómana" en masculino. […] Asi que se entiende que hemos de ser comprensivos con estas necesidades masculinas que en cambio las mujeres no parecen tener, o no deberían tener. Porque de hecho, si las tienen, son condenadas por la sociedad y la Iglesia, que las aíslan y las echan de la comunidad a la que pertenecen; o son castigadas por el entorno familiar y el Estado: cárcel, torturas, palizas. También pueden ser desfiguradas, rociadas con ácido, apedreadas,  descuartizadas, violadas. […] En sociedades más igualitarias, las mujeres que ejercen su sexualidad y afectos con libertad son etiquetadas como ninfómanas, putas, zorras, guarras, frescas. […]

La promiscuidad femenina sigue estando peor vista que la masculina, no solo entre los hombres, sino también entre las propias mujeres [...]. En las sociedades patriarcales los hombres aprenden que su promiscuidad sexual es un signo del que jactarse, mientras que las mujeres aprenden que es un signo del que avergonzarse. La disparidad de cifras en las encuestas sugieren que las mujeres ocultan sus infidelidades en mucho mayor grado que los hombres, que tienden a mentir aumentando la cifra de mujeres con las que han compartido una intimidad sexual. […] Y sin embargo, numerosos estudios [...] señalan que existe una marcada tendencia a buscar relaciones sexuales fuera de la pareja en prácticamente todas las sociedades humanas, tanto en hombres como en mujeres. Prueba de ello son las culturas donde no existen presiones sociales contra la promiscuidad femenina, en las que las mujeres inician las demandas sexuales con la misma frecuencia que los hombres […]. Sin embargo, en las sociedades patriarcales, la infidelidad femenina es uno de los terrores masculinos más comunes, porque [...] siempre se ha considerado que la sexualidad femenina no es para ella, sino que existe para el otro, es decir, que tiene que servir para el placer masculino. […] >>

La misma autora añade que (ibíd.)

<< Lo preocupante además es que en esta denigración de la libertad sexual femenina participan las propias mujeres que critican a las que se salen de la norma patriarcal. Son esas chicas que se enorgullecen de que sus novios no las dejen llevar faldas cortas, no les permitan hablar con otros chicos, o salir con sus amigas de fiesta. Entienden que la posesividad es una expresión de amor […]. De este modo, se incentiva la rivalidad femenina, muy útil para que las mujeres sigan compitiendo entre sí por enamorar al macho más guapo, más chulo, más gallito, y luchando contra las demás mujeres, consideradas "enemigas". […] Y así seguiremos mientras los escritores, guionistas, productores, etc., nos sigan contando los mismos cuentos, nos sigan cantando las mismas canciones. >>

Bien se aplica la última oración a Borja Cobeaga y Diego San José, los autores del guión de Ocho apellidos catalanes (2015, Telecinco Cinema / Lazona Films / Weather Films), protagonizado por el propio Rovira; filme que nos ofrece una jugosa narrativa basada en la mitología del amor romántico y, consiguientemente, no exenta de estos contenidos en los que, en efecto, se deslizan de soslayo los valores a través de los cuales se perpetúa “que las mujeres sigan compitiendo entre sí por enamorar al macho más guapo, más chulo, más gallito”, y por los cuales “Entienden que la posesividad es una expresión de amor”, como apunta la citada analista del discurso mediático. Así lo verificamos en el minuto 1:32:13 de la cinta[6], momento en que la protagonista, Amaia, a punto de casarse con su prometido, Pau, se permite exteriorizar, no consciente de que su conversación con Merche y su padre está siendo seguida a través de unos altavoces por toda la gente invitada a su boda, ciertas vacilaciones. Estas dudas, hasta entonces reprimidas, son motivadas por una inextinguible atracción hacia su expareja, Rafa (Dani Rovira). Este y Pau encarnan respectivos arquetipos masculinos antagónicos. Veamos cómo, en su batalla interna, Amaia terminará decantándose por el segundo:

<< MERCHE: Y yo tampoco te veo muy segura de esta boda, Amaia. Aunque no me extraña. El catalán este es un poco soso, ¿eh?

AMAIA: Pues a mí Pau me hace sentir muy bien, ¿entendéis? Si no lo entendéis, me da igual, porque me trata genial y me quiere como soy, y… No sé. Nunca discutimos, nunca se enfada conmigo… ¡Nunca se enfada con nadie! Y eso, a veces… ¡es que no lo soporto, joder! Si se presenta un exnovio mío dos días antes de la boda, ¡muérete de celos, cojones! ¡No sé, un poco de sangre en las venas! Si se planta en plena ceremonia, ¡pues lo sacas a hostias! ¿O qué?

PAU: (Quien, como el resto de las/os invitadas/os, fuera de la capilla, lo está oyendo todo por la megafonía.) No. Pau Serra, como sabéis, está en contra de todo tipo de violencia. [...]

AMAIA: (Pasando de la ira al llanto progresivamente, mientras entra de fondo de una melodía melancólica al piano, con un fondo de cuerdas.) Si es que a mí Rafa… ¡me pone de muy mala hostia! Me parece chulo, exagerado… Me pone de los nervios con sus chistes malísimos, que me llame mi arma, esa manía que tiene de comprar los desodorantes de seis en seis, que cada mañana me despierte con canciones de Triana… Es que ¿cómo no voy a quererle? >>

Encontramos, pues, en Ocho Apellidos Catalanes, la apología de la asunción de roles diferenciales por género en un marco ideológico heteropatriarcal, de acuerdo con el cual la mujer, incapaz de dominar sus sentimientos a la hora de elegir una pareja, se decanta por el varón “más chulo, más gallito” (retomando la caracterización de Herrera Gómez, ibíd.) y poco respetuoso (al principio de la película hemos visto cómo Rafa realiza tocamientos demasiado prematuros y no autorizados hacia toda mujer con la que quiere ligar), al tiempo que la no-violencia, la aceptación de la otra persona tal como es, el amor no-posesivo y los buenos tratos quedan connotados como atributos 'aburridos' y 'sosos'. Por contra, Judit, la organizadora de la boda, representa el papel de la mujer pasiva, incapaz de mostrar abiertamente sus sentimientos por el varón, puesto que previamente, en 53:22, le ha confesado a Rafa que no desea que el evento se celebre porque lleva cinco años enamorada de Pau… en silencio, por supuesto. Afortunadamente, como en toda comedia que se precie, gracias a una serie de carambolas argumentales, sus deseos se verán satisfechos al final de la película, de manera que su pasividad no será ulteriormente penalizada. Paralelamente, el desarrollo argumental de Ocho apellidos catalanes no escapa de los cánones de de la mitología del amor romántico. En un marco cultural caracterizado por “la proliferación de relatos amorosos en diversos soportes (canciones, poemas, cuadros, esculturas, novelas, películas, libretos, folletines, etc. etc.)” (misma autora, 2013),

<< El principal mito que encontramos en el amor es en la frase que concluye los relatos: «y vivieron felices, y comieron perdices». La estructura mítica de la narración amorosa es casi siempre la misma: dos personas se enamoran, se ven separadas por diversas circunstancias (dragones, bosques encantados, monstruos terribles) y barreras (sociales y económicas, religiosas, morales, políticas). Tras superar todos los obstáculos, la pareja feliz por fin puede vivir su amor en libertad. Evidentemente, como mito que es, esta historia de impedimentos y superaciones está atravesada por las ideologías patriarcales, que ponen la misión en manos del héroe masculino [...]. >>

Tal es el caso de Ocho apellidos catalanes, donde es el personaje interpretado por Dani Rovira, Rafa, quien se afanará por conseguir la unión con Amaia venciendo todas sus resistencias. Téngase en cuenta que (ibíd.)

<< En general, la mitología romántica ha cobrado una importancia fundamental en el siglo XXI, hasta llegar a adquirir el estatus de utopía colectiva de carácter emocional. Esta utopía nos presenta el amor como una fuente de felicidad absoluta y de emociones compartidas que amortiguan la soledad a la que está condenado el ser humano. En un mundo tan competitivo e individualista como el nuestro, en el que los grupos se encuentran fragmentados en unidades familiares básicas, las personas encuentran en el amor romántico la forma de enfrentarse al mundo. El amor, es, en este sentido, un nexo idealizado de intimidad que se establece con otra persona y gracias al cual podemos sentir que alguien que nos escucha, nos apoya incondicionalmente y lucha con nosotros contra los obstáculos de la vida. >>

Podríamos añadir que el desarrollo narrativo de esta dilogía cinematográfica no solo reproduce esta constante mitológica, sino que aprovecha ese valor positivo del amor romántico en la sociedad contemporánea para asociarlo con la unidad del Estado, la cual queda a salvo en el desenlace de la segunda parte cuando nace el hijo de Amaia y Rafa; un bebé que, por unos pocos metros, y a pesar de la desesperada trampa final de Koldo trasladando una señalización vial, será inequívocamente ‘español’ porque ha nacido en la mismísima provincia de Burgos. Con ello, el concepto ‘España’ ha quedado asociado al concepto ‘amor’. Y de paso, a la ‘maternidad/paternidad’, tan sacralizada en el imaginario contemporáneo.

Estos componentes nos obligan a reflexionar en torno a la autenticidad o impostura de muchos de los posicionamientos públicos de las celebridades de la esfera audiovisual más allá de la concepción liberal según la cual un/a artista nunca, y en ningún grado, debe asumir responsabilidad alguna por el posicionamiento ideológico del trabajo donde participa en su quehacer profesional. Que obras (audiovisuales) son amores y no buenas razones sobre determinadas luchas y causas queda patente en ejemplos como estos.

REFERENCIAS

HERRERA GÓMEZ, Coral (2013): “La construcción cultural del amor romántico”, http://haikita.blogspot.com.es/2012/02/la-construccion-sociocultural-del-amor.html

- (2012): “La doble moral sexual”, http://haikita.blogspot.com.es/2012/03/la-doble-moral-sexual.html.

NOTAS

[1] https://www.youtube.com/watch?v=BQn3NaJgYnI

[2] http://www.lavanguardia.com/television/20140810/54413629549/amy-the-big-bang-theory-dinero-ejercito-israeli.html

[3] https://www.youtube.com/watch?v=0DndWHW6pmc

[4] https://www.youtube.com/watch?v=v_y3uBonF2w

[5] https://www.youtube.com/watch?v=gk0Tc1nrqBI


[6]      La referencia temporal es aproximada. 

 

Manuel Rodríguez Illana