Lunes 25 Junio 2018

Ex-propiando el catalán: lingüicismo etnocida en la RTVA

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Penya
El domingo 20/V/2018 Andalucía TV, el segundo canal público de la RTVA, emitió una edición de su programa La memoria en la que, bajo el señuelo de “Andalucía y sus símbolos” y la emisión del documental 100 años en blanco y verde, la televisión controlada por la Junta gobernada por el PSOE se dedicó, de acuerdo con la regla propagandística de la orquestación (Domenach, 1986), a reiterar (tras el preámbulo del citado audiovisual) el anticatalanismo esencial del mensaje del régimen vigente en nuestro país en un debate [1]  que contó, entre otras personas, con Manuel Peña Díaz, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y conspicuo intelectual orgánico de la Administración autonómica a través de su trabajo para una de sus instituciones de difusión cultural, el Centro de Estudios Andaluces. En una de sus intervenciones (minuto 37:36), Peña nos brinda el paradigmático ejemplo de negación del carácter de lengua propia del catalán con el que tanto se prodiga el españolismo lingüístico (argumento con frecuencia extensible al gallego o euskera) que reproduciremos en el siguiente párrafo. El posicionamiento contra la condición de lengua propia se combina con uno de los ejes centrales del nacionalismo lingüístico español, según el cual “La promoción de las lenguas diferentes del castellano es ilegítima, innecesaria, excluyente, particularista y pretende socavar la lengua común” (Moreno Cabrera, 2010: 17-18). Este es el parlamento de Peña Díaz en el debate de Andalucía TV:
 
<< Pero retomando lo que comentabas de la lengua, la construcción de la lengua, solamente un detalle: las lenguas, evidentemente, no las hablan las tierras. Las lenguas las hablan las personas. Decir que el catalán es una lengua propia de Cataluña es una falacia. No hay lengua propia de Cataluña. Hay lenguas que se hablan en Cataluña. Es una falacia inventada por el Noucentisme a comienzos… La Renaixença en primer lugar y después el Noucentisme lo reformula a comienzos del siglo XX. De tal modo, y se adelanta un poco más… Y se desarrolla un poquito más adelante con la invención de los Països Catalans. Els Països Catalans es un invento de Joan Fuster, del valenciano Joan Fuster y sus colegas, como Miquel Tarradell, el prehistoriador, que llega incluso en 1977 a inventarse la prehistoria dels Països Catalans, que es “els Fonaments”, le llaman [a] la revista, ‘fundamentos’. Es decir, hay todo un proceso de construcción, utilizando la lengua, supremacista, etnicista y excluyente, hasta el punto [de] que el castellano se considera lengua oficial en Cataluña pero no lengua propia, que es un auténtico disparate; eso, en el Estatut aprobado último. El castellano es que… [Risas.], ya sabemos que es lengua oficial, pero es que también es lengua propia, en tanto que la habla más de la población de Cataluña, como antes, siglos atrás, muchos siglos atrás, más de la población de Cataluña no hablaba catalán porque no existía el catalán. Las sociedades, las lenguas, evolucionan, se mezclan, se reconstruyen, se replantean… Y muchas veces el problema no es la identidad. El problema es el identitarismo, esa conjunción de intereses políticos con proyectos que intentan imponer un modelo social excluyente, supremacista, como he comentado antes. >>
 
Introduzcamos antes de continuar un par de apreciaciones respecto a sendos datos contenidos en la intervención del catedrático de la UCO. Respecto al concepto de Països Catalans, contra lo afirmado por Peña Díaz, que lo caracteriza como “un invento de Joan Fuster”, este escritor no hace sino popularizarlo en 1962 en su ensayo Nosaltres, el valencians. Siguiendo a Franch i Ferrer (1979: 33) [2] , 
 
<< lejos de ser una invención reciente, ha tenido en el País Valenciano apologetas y literatura suficientes como para justificar una excursión exhumadora de los textos que lo muestran y los hombres que lo han sustentado, mucho antes de que se produjera la irracional negación casera y el violentísimo rechazo apadrinado por la derecha más reaccionaria en nuestros días. […] la denominación de «Países Catalanes» es originaria del País Valenciano. Benvingut Oliver, de Catarroja, ya la utiliza en 1876. >>
 
De hecho, dos de los defensores de dicha identidad, valencianos, son Vicent Tomàs i Martí y Eduard Martínez Ferrando: ambos nacen a finales del siglo XIX (op. cit.: 34 y 38). 
 
Otro dato del parlamento de Peña Díaz a matizar es el de que “el castellano se considera lengua oficial en Cataluña pero no lengua propia [...] en el Estatut aprobado último”, esto es, el de 2006, dado que es oportuno aclarar que el primer Estatut bajo la era posfranquista, el de 1979, ya establecía en su artículo 3 que “La lengua propia de Cataluña es el catalán”, como “oficial en Cataluña, así como también lo es el castellano”, efectivamente, “oficial en todo el Estado español” [3] . 
 
A juicio de Peña Díaz, el reconocimiento del catalán como lengua propia de Cataluña es el resultado de un proceso “supremacista, etnicista y excluyente” al que se ha dado lugar “utilizando la lengua”. Estamos en condiciones de reconocer sin demasiado esfuerzo el arriba mencionado  vector ideológico del españolismo lingüístico. En efecto (Moreno Cabrera, 2014: 139), 
 
<< Un elemento esencial de esta ideología, que muestra su carácter etnocida, es la negativa a aceptar que el catalán, el gallego o el euskera sean lenguas propias de las naciones que hablan estas lenguas desde tiempos inmemoriales. El concepto de lengua propia para las lenguas distintas del castellano, que sería el que corresponde a lengua común, es considerado como una manipulación insostenible de las ideologías nacionalistas periféricas: las naciones gallega, vasca y catalana ni siquiera tienen derecho a ver reconocida como propia su lengua tradicional. >>
 
La noción de lengua propia no parece ofrecer demasiados obstáculos a la comprensión general, no obstante lo cual nos encargaremos previamente de concretarla. El tecnicismo en cuestión quedó acuñado en el artículo primero del título preliminar de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, firmada en 1996 en Barcelona en el marco de la Conferencia Mundial de Derechos Lingüísticos, y bajo los auspicios nada menos que de la Unesco: “Esta Declaración entiende como comunidad lingüística toda sociedad humana que, asentada históricamente en un espacio territorial determinado, reconocido o no, se autoidentifica como pueblo y ha desarrollado una lengua común como medio de comunicación natural y de cohesión cultural entre sus miembros. La denominación lengua propia de un territorio hace referencia al idioma de la comunidad históricamente establecida en este espacio” (cit. en Senz, 2011: 137). 
 
Por lo tanto, esta definición “excluye tanto a las lenguas venidas de fuera como a las introducidas mediante políticas de imposición a las desarraigadas, y dificulta su adjudicación a las lenguas expansivas como el español, al menos más allá del confín que lo vio nacer y dar sus primeros pasos” (ibíd.). La misma autora enumera todos los procedimientos coercitivos que explican la actual extensión del castellano en Cataluña (así como en otros territorios del actual Estado-nación conocido como reino de España) como fruto, efectivamente, de una indudable imposición, lo que, por tanto, invalida toda catalogación del castellano como lengua propia en ese país, como pretende Peña Díaz en su diatriba. ¿En qué han consistido esas políticas de imposición hasta épocas no demasiado lejanas? Lo cierto es que la homogeneización lingüística implantada por el Estado centralizado moderno ha tomado cuerpo en la movilización de mecanismos psicosociales y en medidas legales de imposición y difusión de la considerada como 'lengua nacional': todas las leyes, regulaciones, procedimientos judiciales, registro, actividad notarial, contabilidad empresarial, asuntos de la administración, relación de esta con las/os ciudadanas/os, instrucción escolar, relación de los negocios privados con la administración se redactan en ella; se promueve en los medios de comunicación de masas de la versión estandarizada de dicha lengua; no menos importante, “El Estado crea un cuerpo de «guardianes del idioma» (lingüistas, académicos, educadores, etc.), dedicados a la codificación y estandarización (planificación formal) de la lengua nacional”, así como “a su aplicación (distribución funcional)” (op. cit.: 16). 
 
Pero a dichas medidas de planificación, las cuales ya implicaban prohibir el resto de lenguas y/o variedades del territorio en todas esas funciones, se han venido añadiendo auténticas medidas coercitivas. El Estado español no ha sido una excepción, como prueba la miríada de leyes promulgadas desde inicios del siglo XVIII contra las lenguas no castellanas, denominadas despectivamente como dialectos: el infamante método pedagógico en Baleares en 1837 «del anillo» (que se iba pasando al discípulo que dejara escapar una palabra no castellana, en tanto que aquel de ellos que lo portara al final de la semana recibiría penas de rigor creciente), la Real Orden de 1867 que prohibía las obras teatrales no escritas en castellano o la prohibición de hablar por teléfono en vasco y catalán de 1896 (op. cit.: 16-18). Ya los Decretos de Nueva Planta (1707-1716) de Felipe V habían comportado, “en lo lingüístico y educativo, el cierre de las universidades catalanas, su sustitución por la nueva Universidad de Cervera y la castellanización de la Administración de Justicia. Hasta entonces, las lenguas administrativas de la corona catalanoaragonesa habían sido el latín, el aragonés y el catalán” y “para el primer Borbón español la implantación del castellano en los diferentes ámbitos de uso lingüístico debía realizarse, en esta primera etapa, de manera sutil y progresiva, […] a fin de vencer la previsible resistencia de las diferentes naciones que se pretendía subsumir en una sola” (ibíd.: 64), por lo que “a partir de la Academia Española y con pleno apoyo del poder real, se intenta proponer una modalidad de lengua para que se convierta en lengua del reino” (p. 65). 
 
A este repaso histórico podríamos añadir el castigo físico en el ámbito escolar contra el empleo del catalán en las épocas más recientes, como nos reveló personalmente un docente andaluz destinado en Cataluña durante las postrimerías del tardofranquismo, en tanto práctica habitual ejercida, las más de las veces, por maestros naturales del área de Castilla y León, según su testimonio personal. 
 
En definitiva, de la denominación de lengua propia explicitada en la citada Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos avalada por la Unesco se desprenden consecuencias que por otra parte son de cajón: el catalán es la lengua propia de Cataluña y no de Castilla, igual que el castellano es la lengua propia de Castilla. Si el segundo no se originó en Cataluña, no debe resultar extraña la idea de que esa lengua no es propia de la nación catalana, independientemente de que el castellano, como lengua sobrevenida que conoce la gran mayoría de la población, sea una lengua de Cataluña. La población catalana no considera al castellano como lengua propia porque no se ha desarrollado ni cultivado deliberadamente una variedad específica catalana del castellano, más allá de determinadas particularidades léxicas, fraseológicas y gramaticales con cierta estabilidad en los registros orales y escritos (Moreno Cabrera, op. cit.: 140). 
 
El españolismo lingüístico empezó a atacar el concepto de lengua propia justo cuando empezó a tomar cuerpo la recuperación de las lenguas de las comunidades nacionales históricas como desarrollo de sus respectivos estatutos de autonomía. Preocupado por el hecho de que dicha lengua autóctona pueda tener alguna ventaja legislativa sobre la castellana, trata de desacreditar y desvirtuar el concepto asociándolo al nacionalismo tradicionalista, como hemos visto que hace exactamente Peña Díaz. Esto explica que este se permita utilizar como peregrino argumento, con risa incluida, que “muchos siglos atrás, más de la población de Cataluña no hablaba catalán porque no existía el catalán”, a pesar de ser una lengua que se hablaba en ese país de forma generalizada mucho antes que el castellano, igual que el gallego, el euskera o el asturiano en sus respectivos territorios antiguos. Constatamos que “En un alarde obsceno de cinismo, el españolismo lingüístico convierte su propia ideología justificativa del etnocidio de las lenguas distintas del castellano en acusaciones contra aquellos que han sido víctimas de ese intento de etnocidio y se ríe cruelmente, desde la prepotencia insolente de la etnia dominante, de los limitados intentos de promover esas lenguas” (op. cit.: 143). 
 
Tal actitud, traducida en la acusación de “identitarismo” de tipo “supremacista, etnicista y excluyente” y “utilizando la lengua” catalana, en las palabras de Peña, se ejerce a pesar de que, en el caso que nos ocupa, el propio Estatut vigente refrendado en 2006, lejos de remedar en su territorio de aplicación la ideología monolingüe castellanoparlante del reino de España con una supuesta uniformización étnica en clave catalanohablante, reconoce en su artículo sexto, apartado quinto, que “La lengua occitana, denominada aranés en Arán, es la lengua propia de este territorio y es oficial en Cataluña, de acuerdo con lo establecido por el presente Estatuto y las leyes de normalización lingüística” [4] , independientemente de que en términos cuantitativos esta última lengua se encuentre circunscrita a un ámbito territorial muy reducido, el Valle de Arán, una comarca concreta cuya población, por otra parte, tampoco la habla en su totalidad a día de hoy. De hecho, el Valle de Arán es el único territorio de todo el dominio lingüístico de Occitania donde el occitano tiene un reconocimiento oficial y protección institucional, utilizado allí como lengua vehicular de la enseñanza ya en 1984. En 2010, en cumplimiento del citado artículo 6.5 del Estatut, fue aprobada en el Parlament de Catalunya la ley del aranés, hablado en ese momento por 5.000 personas, la cual lo declaraba de uso "preferente" en todas las instituciones aranesas, así como en los medios de comunicación, las escuelas y la toponimia de la comarca, al efecto de salvarlo de su desaparición. La ley, aprobada por amplia mayoría con 117 votos favorables, solo contó con la oposición de los 17 de PP y Ciutadans (Abc.es, 22/IX/2010 [5] ). 
 
Del mismo modo que desde determinadas posiciones sexistas que no asumen el privilegio social del varón se han vertido altas dosis de sarcasmo o violencia simbólica contra las diferentes variedades de medidas de acción positiva en la paridad de género, el imperialismo lingüístico españolista ataca la protección legislativa de las lenguas no castellanas, incapaz de reconocer el privilegio social del castellano y la raíz impositiva de su extensión actual, la cual se traduce en una situación anómala: desde hace décadas en la historia más reciente ha sido posible hacer la vida diaria en Cataluña sin saber una palabra de catalán, idioma que, lejos de ocupar el lugar adecuado en toda sociedad moderna, pasó de lengua mayoritaria durante siglos a ser progresivamente minorizada hasta quedar arrinconado al ámbito familiar, donde debía permanecer según el españolismo lingüístico de Unamuno o Menéndez Pidal (respectivamente: Unamuno, 1931; cit. en Moreno Cabrera, op. cit.: 42-44). Frente al sarcasmo expresado por el tertuliano de La memoria de Andalucía TV remontándose a la época del latín, “el catalán no es una lengua más entre las decenas de lenguas que se hablan en este momento en Cataluña o en el resto del Reino de España (si tenemos en cuenta las de las personas que, de otros países, vienen a trabajar para nosotros)”, aspecto este último que, de acogernos hasta las últimas consecuencias a la argumentación de Peña Díaz, nos llevaría a declarar inmediatamente cooficial el árabe, por ejemplo. Muy al contrario, el catalán “es la lengua propia del pueblo catalán. Por ello, está dentro de toda lógica y normalidad que se pongan las bases para que el catalán pueda volver a ser la lengua predominante en Cataluña y ello no tiene nada que ver con actitudes reaccionarias o regresivas, como el españolismo lingüístico afirma”. Precisamente porque las lenguas no las hablan las tierras sino las personas, como decía Peña Díaz, la premisa esgrimida no nos aboca al negacionismo en torno a la existencia de lenguas propias y la pertinencia de reconocerlas, sino todo lo contrario, puesto que las personas forman comunidades y, por tanto, “El pueblo catalán tiene ese derecho, porque las lenguas las hablan las comunidades y las comunidades lingüísticas y culturales tienen derechos, incluidos los lingüísticos”, ejercidos por cierto de forma democrática a través de los representantes legítimos de esa comunidad en un parlamento que aprobó el Estatut de 2006, “por más que los españolistas digan que solo las personas los tienen”; una concepción esta última, la del derecho lingüístico individual, a la que los nacionalistas de Estado solo recurren “cuando critican las acciones que van dirigidas a que una lengua minorizada, como el catalán, sea también lengua común en Cataluña” (op. cit.: 147-148). 
 
De acuerdo con la tergiversación españolista, la anomalía no es la paulatina minorización de la lengua de una comunidad, otrora mayoritaria y originada en ella, sino el bilingüismo, situación social cuya no aceptación atribuyen incluso a la población catalanohablante cuando es precisamente la castellanohablante la que se niega a ser bilingüe en zonas próximas a la suya, como hacen quienes reivindican el derecho a ser educadas/os exclusivamente en castellano en Cataluña. Esto da cuenta de que mientras quien nace en familia catalano-, gallego- o vasco-hablante tiene la obligación constitucional de aprender una lengua que no es la suya nativa, un castellanohablante nacido en zona donde catalán, gallego o euskera es lengua oficial no tiene obligación constitucional de aprender estas últimas. La ideología del monolingüismo castellano (o del bilingüismo castellano-inglés, ese sí) lleva a que en la escuela pública del Reino no exista la posibilidad de que un castellanohablante, de cualquier punto del Estado, llegue a ser bilingüe en catalán, gallego o euskera (ibíd.: 149-150). 
 
Como último leitmotiv tomado del manual del españolista lingüístico con que nos obsequia Peña Díaz en el canal de la RTVA nos encontramos con la mención falaz a la superioridad cuantitativa del castellano, el cual, según opinaba el catedrático de la Universidad de Córdoba, “también es lengua propia, en tanto que la habla más de la población de Cataluña”. Existen multitud de manifestaciones en el mismo sentido expresadas por representantes de la ideología de Estado en diversas declaraciones, entrevistas, ensayos y textos apocalípticos en general donde una de las jeremiadas estrella se basa en que solo una minoría de la población tiene como lengua materna la propia del territorio, o bien en que la casi unanimidad habla y entiende el castellano. “Curioso razonamiento” en tanto que “Si el castellano es claramente dominante en Cataluña, entonces que el catalán sea la lengua de la educación está más que justificado, dado que es la lengua que está en inferioridad de condiciones y que, por tanto, si no se enseña en la escuela corre peligro de grave minorización” (ibíd.: 152).
 
Bajo la retórica blandida por el nacionalismo español en cuanto a las lenguas propias negando un concepto cuyo conjunto de rasgos incluso comparte el propio castellano en Castilla (no así fuera de dicha nación), a pesar de la mitología que lo caracteriza como lengua común universal y des-nacionalizada (mismo autor, 2010: 13-14), el rechazo a la idea de lengua propia, que el tertuliano orgánico del régimen reitera en su aparición televisiva, representa, en suma, en lo que al plano lingüístico se refiere, “la idea de la nación española proyectada como una unidad de destino en lo universal, que no es otra cosa que la expresión de un chauvinismo nacionalista, con rasgos claramente jingoístas, de la peor especie posible” (ibíd: 155). 
 
REFERENCIAS
 
FRANCH I FERRER, Vicent (1979): “Vicent Tomàs i Martí i la idea de Països Catalans”, L' Espill, 4, pp. 33-46. http://issuu.com/faximil/docs/1979-espill-04/3?e=1018559/8727208 
MORENO CABRERA, Juan Carlos (2014): Los dominios del español. Guía del imperialismo lingüístico panhispánico. Madrid: Euphonía Ediciones. http://www.euphoniaediciones.com/plataforma/libros/los-dominios-del-espanol-13-45-1-2-1 
- (2010): Lengua / nacionalismo en el contexto español, http://bretemas.blogaliza.org/files/2010/06/Texto_Juan_Carlos_Moreno_Cabrera.pdf
SENZ, Silvia (2011): Una, grande y (esencialmente) uniforme. La RAE en la conformación y expansión de la «lengua común». En SENZ, Silvia y ALBERTE, Montserrat: El dardo en la Academia. Esencia y vigencia de las academias de la lengua española. Volumen II. Barcelona: Melusina. 
UNAMUNO, Miguel de (1931): “Discurso de Unamuno en el Congreso sobre las lenguas hispánicas y a propósito de la oficialidad del castellano”. Diario de Sesiones, 18 de septiembre de 1931. http://www.euskara.euskadi.eus/contenidos/informacion/euskara_mintzagai/eu_mintzaga/adjuntos/Unamuno_Congreso_lenguas_hispanicas.pdf 
 
NOTAS
[2] Original en catalán.
 
Manuel Rodríguez Illana