Domingo 20 Mayo 2018

La Cuestión Nacional en Marx: El ejemplo del caso colonial irlandés (Jorge Enea Spilimbergo)

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MarxJorge Enea Spilimbergo ha sido y es uno de los principales expositores, literarios y políticos, de la corriente de pensamiento socialista conocida como la Izquierda Nacional. Sus análisis y estudios aportaron una concepción original y distinta al pensamiento político continental. Autor de una extensa obra, se destacan: "Nacionalismo Oligárquico y Nacionalismo Revolucionario", "La Cuestión Nacional en Marx", "Historia del Socialismo en la Argentina" e "Historia Crítica del Radicalismo", "Clase Obrera y Poder", entre otros.  

Reproducimos un capítulo fundamental de su libro "La Cuestión Nacional en Marx" de 1962, donde Spilimbergo sigue la trayectoria intelectual de Marx con respecto a la "cuestión irlandesa", cuya liberación nacional apareció como condición para la liberación social de los trabajadores ingleses.

 

CAPITULO VIII  

IRLANDA  

El otro gran problema nacional que absorberá a Marx y a Engels durante Los mismos años en que se lucha por la unificación alemana, es el problema de Irlanda. La conquista de Irlanda por Inglaterra tiene su origen poco después del establecimiento de los normandos sobre las ruinas del reino sajón.  

Sigue un proceso lento, tenaz y fluctuante, con períodos de inimaginable crueldad como el de Cromwell. Puede estimarse consumada a principios del siglo pasado, al establecerse la Ley de Unión. Pero Irlanda, a diferencia de Gales y Escocia, no disolvió su fisonomía nacional, aunque las epidemias de hambre, las represiones llevadas hasta el exterminio, las emigraciones, el despojo de tierras y la implantación compulsiva de colonos ingleses, casi eliminaron el idioma nacional gaélico (de la familia celta) y mezclaron las sangres hasta suprimir toda identidad racial. Durante el siglo XIX se acrecienta la resistencia nacional irlandesa, y asume caracteres terroristas e insurreccionales con el partido feniano, cuya violenta campaña conduce a la revolución de 1867.

Marx y Engels siempre consideraron con simpatía al sufrido pueblo irlandés, lo admiraron por su resistencia y heroísmo. Pero durante la sexta década, que es la que sigue al fracaso revolucionario del 49, tendieron a subestimar la importancia política de la agitación irlandesa, como subestimaron, en general, la de los restantes pueblos oprimidos. Creían, durante todos esos años, que el triunfo del socialismo en los países mas avanzados, al suprimir toda explotación de clase, suprimiría también la opresión de un grupo nacional por otro. Dicho en otros términos, llegaron a no creer demasiado en la capacidad de las naciones sometidas para liberarse políticamente antes de que la clase trabajadora lo hiciese socialmente.

Pero esta opinión descansaba sobre el pronóstico de una crisis próxima del sistema capitalista. La verdad era que el sistema continuaba desarrollándose y expandiéndose. La crisis económica de 1857, que tan alegre ponía a Engels en medio del pánico general de sus colegas, los fabricantes de Manchester, no trajo el colapso ni la insurrección, sino un nuevo período de florecimiento.  

En Inglaterra, el país de la gran industria, el proletariado superaba gradualmente las espantosas condiciones de existencia descriptas por Engels en 1845 y por Marx en el tomo I de El Capital. Las esperanzas cifradas en el cartismo resultaron vanas. En lugar de suscitar un movimiento mas avanzado, de clara proyección anticapitalista, el cartismo fue absorbido por al auge de la prosperidad, que aunque en mínima parte, también alcanzaba ahora a los proletarios de Inglaterra. Los nuevos sindicatos que se crean en la próxima oleada, se circunscriben a la lucha por el salario, sin poner en tela de juicio el orden social existente. Si algunos adhieren a la Internacional, es por cálculo: en los períodos de huelga, la Internacional entera se moviliza para impedir la contratación de carneros en el Continente.

Pero cuando el Consejo Central asume la defensa histórica de la Comuna de París, vilipendiada por los explotadores del mundo como si hubiera sido un vómito del infierno, se rompe para siempre ese matrimonio de conveniencias. El reformismo ha corrompido los tuétanos del movimiento sindical británico. Es que la misma clase obrera se aburguesaba rápidamente. Esto resultaba de la privilegiada situación económica de Inglaterra.

"Aparentemente -escribía Engels, en 1850- la más burguesa de las naciones tiende a poseer una aristocracia burguesa y un proletariado también burgués, además de una burguesía. Para una nación que explota a todo el mundo, esto se justifica, naturalmente, hasta cierto punto."  

La situación llegó a su colmo al aprobarse la ley de 1867 sobre sufragio universal. En las elecciones del año siguiente, los obreros hicieron uso del voto contra sus propios candidatos de clase.  

"En todas partes -vuelve a comentar Engels- el proletariado es la cola, el trapo de piso y el furgón trasero de los partidos oficiales, y si algún partido ha ganado fuerzas de los nuevos votantes es el conservador."  

La comprensión de este cambio llevaría a Marx y a Engels a rectificar sustancialmente sus pronósticos sobre el desarrollo de la revolución en Inglaterra. Es aquí donde el caso de Irlanda aparece en toda su magnitud. Ya en su viaje de 1856 por el "verde país de Erin", Federico Engels (que tenía un motivo personal para simpatizar con Irlanda, por la nacionalidad de su esposa) transmite a Marx agudas observaciones, que luego ampliará en estudios históricos y económicos especiales.  

"La llamada libertad de los ciudadanos ingleses -puntualiza Engels- se funda en la opresión de las colonias."  

Esta lúcida frase pone al desnudo un hecho fundamental. El gobierno democrático no nace de una amable predisposición a tolerar "todas las opiniones", sino de las condiciones materiales de convivencia. Gracias al saqueo de los pueblos sometidos y a su hegemonía sobre el mercado mundial, Inglaterra aseguraba a sus ciudadanos, incluso a los obreros, un fundamento de holgura que excluía toda enconada disputa por el poder. Semejante "democracia", basada en el reparto pacífico del botín colonial, tenía, naturalmente, su reverso: "Las medidas de violencia son visibles en cada rincón de Irlanda. El gobierno se mete en todo. Ni rastros del gobierno propio."  

La gran víctima era el campesino, cuya infrahumana miseria alimentaba a los explotadores extranjeros y a una nube de parásitos "nacionales" tan numerosa como rudimentarias eran las condiciones de la economía irlandesa: "Policías, curas, abogados, burócratas, están mezclados en agradable profusión, y hay una ausencia total de toda industria, de modo que sería difícil entender cómo pueden vivir todas esas excrecencias parásitas, si no fuera que la miseria de los campesinos constituye la otra mitad del cuadro."  

Los ojos de Engels registran los elementos morales de la situación, todo ese drama oculto que no logran disimular ni el pintoresquismo ni el paisaje: "El irlandés sabe que no puede competir con el inglés, quien llega con medios superiores en todo... Cuantas veces han empezado a tratar de hacer algo, siempre han sido política e industrialmente aplastados, de manera artificial, en una nación espantosamente desmoralizada." He aquí la técnica del "complejo de inferioridad colonial" inculcada como un virus para postrar a la víctima indefensa.  

En su inconclusa monografía sobre Irlanda, Engels pondrá de manifiesto las maniobras de Inglaterra para mediatizar a su colonia en la miseria del monocultivo y el suministro de alimentos y materias primas, Complementario de la economía dominante. Refuta con vehemencia el determinismo de las "condiciones naturales" con que se pretende ocultar la raíz social de aquella deformación económica.  "Comparada con Inglaterra -dice- Irlanda es más apropiada para la cría de ganado; pero comparada con Francia, Inglaterra es más apta." ¿Por qué, entonces, a nadie se le ocurre que Inglaterra se reduzca a una economía pastoril y abastezca de ganado la economía industrial francesa? No es a la naturaleza a la que debe culparse, sino al manejo inescrupuloso de una economía colonial por la nación opresora:  "Hoy Inglaterra necesita trigo en condiciones de rapidez y seguridad. Irlanda parece hecha para el cultivo del trigo. Mañana, Inglaterra necesita carne, e Irlanda es apta solamente para la crianza del ganado."  

Pero la simpatía por el país admirable que, a pesar de un genocidio secular, mantenía tenazmente su fisonomía moral e histórica frente a la "pérfida Albión", pronto se transforma en una revalorización de Irlanda como palanca de la revolución social dentro de Inglaterra. Ya no sería el triunfo del socialismo en la metrópolis el que liberaría a Irlanda, sino la conquista de la independencia nacional irlandesa la que permitiría al socialismo triunfar en Inglaterra.  

"Yo acostumbraba a pensar -escribe Marx a Engels el 2 noviembre de 1867- que la separación de Irlanda de Inglaterra era imposible. Ahora creo que es inevitable." Y dos años después, en diciembre del 69: "Está en interés directo de la clase obrera inglesa que ésta se libre de su actual vínculo con Irlanda... Durante muchos años creí que sería posible derrocar el régimen irlandés por el ascendente de la clase obrera inglesa... pero un estudio más profundo me ha convencido de que la clase obrera inglesa nunca hará nada mientras no se libre de Irlanda. La palanca esta en Irlanda."  

Llegamos al nudo de la cuestión: "Irlanda es el baluarte de la aristocracia terrateniente inglesa. Irlanda es, por ello, el gran medio por el cual la aristocracia inglesa mantiene su dominación en la propia Inglaterra. (1)  En efecto, ambos países constituían, por así decirlo, un sistema de complementarios. La explotación del campesino irlandés, ejercida por la clase terrateniente inglesa, fortalecía la posición interna de esta última y, con ello, toda la estructura de las clases dominantes. Pero la independencia de Irlanda, es decir, la retirada del ejército inglés, traería como consecuencia una revolución agraria, que sólo las tropas de ocupación estaban conjurando. De esta manera el sistema se desmoronaba desde su punto más débil donde se agolpaban las contradicciones más virulentas, "puesto que en Irlanda no se trata de una simple cuestión económica sino, al mismo tiempo, de una cuestión nacional." (2)  

Por este camino, la cuestión de Irlanda alcanzaba envergadura europea: "Desde que la clase obrera inglesa echa el peso decisivo en el platillo de la emancipación social en general, es aquí donde hay que aplicar la palanca." Pero en este punto se presentaban graves problemas de conducción, que guardan analogía con los examinados al estudiar el caso de Italia. También aquí los líderes burgueses se esfuerzan por suprimir las reivindicaciones sociales del obrero y del campesino (escudándose tras un patriotismo abstracto) y por separarlo del movimiento socialista internacional.  

"Una nación de campesinos (escribe Engels a Marx el 9 de diciembre de 1869) siempre tiene que tomar sus representantes literarios de la burguesía urbana y de su intelectualidad... Pero para esta clase media todo movimiento obrero es pura herejía, y el campesino irlandés no debe saber, a ningún precio, que sus únicos aliados en Europa son los obreros socialistas."  

No obstante el acuerdo patriótico, la lucha de clases se da objetivamente en el seno mismo del movimiento nacional. Es lo que Marx puntualiza en su respuesta del 10 de diciembre: "Puede demostrarse fácilmente que en el propio movimiento irlandés había un movimiento de clase... En cuanto al movimiento irlandés actual, hay tres factores importantes: 1) oposición a los abogados y políticos comerciantes, y a la adulación; 2) oposición al dictado de los curas, quienes (los superiores) son traidores...; 3) la clase trabajadora agrícola comienza a oponerse, en los últimos mítines, a la clase de los agricultores." La consecuencia táctica de esta conducción burguesa era el empleo de la violencia controlada, en sustitución del movimiento de masas Marx y Engels tributaban homenaje al heroísmo de los terroristas fenianos. Ni por un instante caían en la hipocresía de negarles derecho moral al atentado como respuesta a la "legalización" del terror político por los dominadores. Pero también para el caso de Irlanda, rechazaban que el terrorismo y la conspiración condujeran al fin propuesto. Estos métodos de lucha aislaban a la vanguardia más decidida, de la gran masa del pueblo, le impedían movilizarla en una gradación de acciones posibles y cada vez más extensas. Terroristas y conspiradores eran como un contingente aguerrido que acepta dar la batalla a todo el ejército adversario, dejando el suyo acampado y sin combatir.  Esta discordia táctica era la principal "diferencia que existe entre una sociedad política secreta y una auténtica organización obrera." Por tal motivo, Marx saludaba todo paso tendiente a transformar la conspiración en movimiento de masas. Cuando los fenianos se deciden a actuar también electoralmente, Marx aplaude el abandono de la "huera conspiración" y de la "fabricación de pequeños golpes", en aras de un camino que, "si bien legal en apariencia, es aún mucho más revolucionario que lo que han estado haciendo desde el fracaso de la insurrección."  

La mejor caracterización del problema irlandés en su influencia sobre Inglaterra, la encontramos en la carta a Meyer y Vogt del 9 de abril de 1870. Marx señala a sus corresponsales norteamericanos que todas las clases sociales de Inglaterra se benefician por la colonización de Irlanda, amortiguando así sus discordias recíprocas. La burguesía industrial busca en Irlanda carne y lanas baratas para sus obreros y sus manufacturas, respectivamente. La renta anual extraída a Irlanda por los terratenientes ausentistas es una inyección de riqueza no trabajada que lubrica los antagonismos sociales. Por ultimo, la importación de obreros irlandeses (corridos de su patria por el hambre, como los argelinos en Francia, hoy, y los portorriqueños en Estados Unidos) suministra mano de obra barata y no la especializada a la industria inglesa, con este doble resultado: o bien el de deprimir competitivamente los salarios; o bien el de reservar a los obreros ingleses las labores calificadas y de mejor remuneración. En ambos casos, se produce una mortal discordia en el seno mismo del proletariado.  "Todo centro industrial y comercial de Inglaterra posee ahora una población obrera dividida en dos campos hostiles, los proletarios ingleses y los proletarios irlandeses. El obrero inglés común odia al obrero irlandés en cuanto competidor que baja su nivel de vida. En relación con el obrero irlandés, se siente miembro de la nación dominante, convirtiéndose así en un instrumento de los aristócratas y capitalistas en contra de Irlanda, reforzando de este modo la dominación de aquellos sobre si mismos... Por su parte, el obrero irlandés... considera al obrero inglés como partícipe del pecado de la dominación inglesa sobre Irlanda... (En) este antagonismo, mantenido e intensificado artificialmente... por las clases dominantes... (reside el secreto) de la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su organización. Es el secreto del mantenimiento del poder por la clase capitalista."  

En consecuencia, "la tarea especial del Consejo Central de Londres (3), es despertar en los obreros ingleses la conciencia de que para ellos la emancipación nacional de Irlanda no es cuestión de justicia abstracta ni de simpatía humana, sino la condición primera de su propia emancipación." (4) En un sentido inmediato, los hechos se apartaron de los pronósticos de Marx sobre la cuestión de irlandesa. Ni la clase obrera de Inglaterra se movilizó a favor de la colonia, ni esta alcanzó su independencia hasta después de la primera guerra. Pero en otro sentido (considerablemente más profundo) el análisis de Marx ha recobrado su más plena actualidad. En efecto, las cartas sobre Irlanda examinan por vez primera, de que modo la dominación colonial permite a la burguesía metropolitana corromper a su proletariado. En estas condiciones, la liberación nacional de la colonia obra como palanca de la revolución socialista en el país dominador. Marx se equivocaba al considerar a Inglaterra-Irlanda un sistema cerrado, que al ser afectado uno de sus términos, se derrumbaba el otro. Aun perdiendo a Irlanda, Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX conservaba otras importantes bases de sustentación.  

Desde fines del siglo, Estados Unidos y los principales países de Europa, sistematizan su expansión orgánica, la "irlandizacion" del mundo, al pasar a su etapa imperialista. Y es entonces -vale decir, hoy- cuando el análisis de Marx sobre Irlanda adquiere una formidable actualidad analógica, pues hoy se dan, en escala mundial, los presupuestos de hecho que eran el punto de partida de Marx. En efecto, ya en nuestros días, el capitalismo es un sistema cerrado que se debate en el dilema de hierro de sus contradicciones críticas, incapaz de seguir descargándolas, en la medida de sus necesidades, sobre la periferia colonial y semicolonial.  

Al ramificarse como capital financiero y expandirse bajo forma política y militar, el imperialismo suscitó el despertar de los pueblos coloniales y semicoloniales de América Latina, Asia, y África. Ante el imperialismo, la actitud de estos pueblos oprimidos es esencialmente dual. Por un lado, el proceso de autoconciencia nacional nace como respuesta dialéctica a la miseria y la crisis provocada por las potencias dominantes. Por el otro, los pueblos coloniales se proponen como modelo y meta los niveles de civilización, de cultura, de técnica y de ingresos de sus explotadores nacionales. Pero, al hacerlo, descubren que ya no es posible repetir el antiguo ciclo clásico hacia el régimen burgués desarrollado, porque ese régimen fundado en la economía del mercado, en la competencia y el lucro, en la expansión incesante hacia zonas vírgenes sobre las cuales establecer un monopolio colonizador, es ya un sistema cerrado que no tolera nuevos contrincantes.  

Esto da a las burguesías semicolonia les una estructura económica larvada, una atrofia material que se refleja en su conciencia histórica y en su trayectoria política, no de un modo absolutamente nuevo, porque ya hemos visto cómo la burguesía alemana del 48 fue un pálido y tembloroso fantasma de la burguesía francesa del 89.  Pero el conflicto nacional subyace, no sólo a pesar de la traición de la burguesía a su papel histórico, sino agravado por esa misma traición. De esta manera, los pueblos oprimidos se ven empujados a buscar nuevas formas de organización económica, política y social. El imperialismo, al irrumpir en las sociedades atrasadas, las empuja brutalmente hacia el progreso histórico; pero no les ofrece un porvenir a su imagen y semejanza. Es para él, cuestión de vida o muerte mantener sofocado lo mismo que despertó, inmóvil lo que echó a andar, prisionero lo que liberó. Así, las masas populares (el proletariado incipiente, los campesinos agobiados, las clases medias pauperizadas por el raquitismo económico) no sólo cifran en la lucha nacional- revolucionaria, junto a sus anhelos patrióticos, la esperanza de un mejoramiento social y político, sino que encuentran un vacío de poder allí donde esperaban hallar un tercer estado, una dirección burguesa-revolucionaria. Este vacío, combinado con la presencia de un proletariado nucleador, permite trascender rápidamente las reformas nacionales circunscriptas al marco capitalista, y pone en cuestión el propio capitalismo nacional, cuya viabilidad histórica ha desaparecido.  

Cada vez más, revolución nacional y socialista se aproximan, hasta hacerse como aspectos de un mismo proceso revolucionario combinado. Cada vez más, las revoluciones nacionales se enlazan y articulan con el gran movimiento mundial dirigido al socialismo, y sólo desde esa perspectiva pueden ser interpretadas e impulsadas hasta el fin.  

En la vasta obra de Marx y Engels hemos encontrado inapreciables puntos de referencia y métodos para orientarnos sobre la realidad. Durante el período de la primera guerra imperialista, Lenin y los bolcheviques rusos actualizaron aquellas enseñanzas y les dieron triunfal expresión en la Revolución de Octubre.  Hubo una época dorada para la expansión imperialista, en que sectores predominantes del socialismo europeo -y sus puntuales cipayos, como "nuestro" Juan B. justo- creyeron que Marx "envejecía" y optaron por el compromiso amigable y cómplice con las clases dominantes. Pero mientras presenciamos la descomposición penosa de sus "teorías" y el deshonor policial de los partidos que las adoptaron (desde los socialistas franceses de Mollet, a los fusiladores "argentinos" de Ghioldi) los más inteligentes representantes de la reacción deben admitir -también ellos- la actualidad y lozanía del pensamiento de Marx. Sus escritos (aun en los errores e insuficiencia inesenciales) conservan la vida, el impulso y las sugestiones que tuvieron al aparecer. Nueva luz, matices nuevos, descubre en ellos la experiencia histórico posterior.  Es que Marx (como Engels, como Lassalle) eran revolucionarios. Escribieron para las épocas revolucionarias. Ellas los acogen y utilizan.        

Notas:  

(1) Carta a Meyer y Vogt, 9 de abril de 1870.  

(2) Marx a Kugelman.  

(3) El Consejo Central de la I Internacional, con sede en Londres.  

(4) Efectivamente, bajo la abierta inspiración de Marx, el Consejo intervino una y otra vez en defensa de la nación irlandesa. En cierta ocasión, cuando se publicó un manifiesto desenmascarado la demagogia de Gladstone, que agitaba la "cuestión irlandesa" con fines electorales, para traicionarla en el mismo momento de ser nombrado primer ministro, Marx escribe a su amigo Kugelman:  

"Estos emigrados demagógicos que andan por aquí, prefieren atacar a los déspotas continentales guardando una prudente distancia. Para mí, los ataques no tienen encanto mas que cuando se los lanza vultu instanti tiranni" (de cara al tirano).