Blas Infante, el muñeco de paja de la islamofobia española

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Por Antonio J. Torres

Ya desde su primera obra, El Ideal Andaluz (1915), Blas Infante sentenció la necesidad de una solución política que hiciera al propio pueblo andaluz dueño de su destino con el fin de acabar con la situación de marginación social y económico endémicos, o más bien históricos de Andalucía. Decía: “Este es el problema: Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación política, un remedio económico, un plan de cultura y una fuerza que apostole y salve”. El plan para la liberación del pueblo andaluz comprendía un remedio integral político, económico, social y cultural. Si a la publicación de El Ideal Andaluz le siguió una frenética actividad política, paralizada durante la dictadura de Primo de Rivera, pero que se reanudó con la llegada de la II República hasta su fusilamiento por los fascistas en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936, a ella siempre siempre le acompañó una intensa labor de investigación histórica y cultural cuya meta era definir Andalucía como pueblo fuera de los esquemas impuestos por las teorías nacionalistas burguesas de la época eurocéntricas.

Al principio de las nacionalidades del presidente norteamericano Wilson, que perseguía en última instancia y a pesar del reconocimiento formal de los derechos nacionales y la libre autodeterminación, la dominación de unas naciones sobre otras y el reparto colonial, Blas Infante opuso el principio de las culturas, es decir, la autodeterminación y soberanía de los pueblos en fraternidad y alianza. En definitiva, para Infante, los males de Andalucía, empezando por la penosa y terrible situación del proletariado del campo -los jornaleros- tenían unas raíces histórica, en el devenir de Andalucía como pueblo, como pueblo sometido; comprender dónde y cómo surgió la opresión y el sometimiento andaluz era pues vital y esencial.

Es inevitable que para Blas Infante y para el conjunto del movimiento andalucista de la época, Al Andalus tuviera un papel ineludible, un papel que había que explicar y someter a una visión crítica fuera de los esquemas nacionalcatólicos españoles. Es aquí donde al conjunto del movimiento se le abren las puertas a un mundo a la par que desconocido, contradictoriamente, familia -muy familiar, casi maternal-, extraño y emocionante, como si de repente lo habitual, lo que siempre había estado ahí, empezaba a tener sentido. Para Infante, el nacionalcatolicismo español y la Europa colonialista

Intentó enterrar y, aún, llegó a conseguirlo durante dos siglos, no sólo la historia de aquella cultura, y por consiguiente, sus fecundidades, sino hasta la historia social y política de los vencidos, enseñando a la prole a odiar al progenitor, estigmatizando a éste con el anatema de la barbarie; llegando hasta a realizar un acto de trágica teatralidad, como la expulsión de los moriscos, para abrir una absoluta solución de continuidad entre nuestros padres y nosotros… Tan enterrada quedó esa cultura, tanto odio y tanto desprecio impotente se llegó a arrojar sobre su memoria que ¡cuánto trabajo nos ha costado a los investigadores empezar a imponer a los científicos de Europa verdades que con el instrumento del árabe se encuentran casi a flor de tierra (...).

La emoción era lógica en Infante y en el conjunto del movimiento, pero jamás se dejaron embargar por ella para separarse de su momento y de su lugar; Al Andalus fue el punto de partida desde donde empezar a tener un perspectiva del presente y del futuro de Andalucía; Al Andalus sirvió para dotar al movimiento de un programa político estratégico para la liberación del pueblo andaluz de la miseria, del hambre, de la marginación y la opresión. En definitiva, el “volver a ser lo que fuimos” no era un volver a un pasado más o menos idílico o idealizado, sino un proyecto de presente, de hombres y mujeres verdaderamente libres en una Andalucía libre y soberana, una Andalucía de personas de luz que, como en el pasado, iluminasen a un mundo en tinieblas; recordemos el momento, estamos a principios de los años 30 del siglo XX, en mitad de una de las más tremendas crisis sistémicas del capitalismo, con el fascismo instalado en Italia y en la vecina Portugal, a Hitler ya le quedaba poco para llegar al poder y a Franco poco también para iniciar la guerra. El principio de las nacionalidades de Wilson había hecho aguas por todas partes, los derechos nacionales quedaron en una simple formalidad que ocultaba la realidad del capitalismo en su fase imperialista y la dominación de unas naciones por otras.

En ese proyecto político de presente y de futuro, la nación andaluza no se podía definir únicamente en los términos de los nacionalismos europeos, algo parecido ocurría con los pueblos balcánicos y en general del Sur de Europa, de Oeste a Este; Andalucía no era solo, en su constitución y formación, Europa, era también África y Asia. El futuro de Andalucía no estaba únicamente en Europa, sino también la llamada lucha de los pueblos de Oriente.

Esta posición no significaba, en absoluto, desentenderse de la lucha de los otros pueblos ibéricos o del continente europeo, la solidaridad de Infante con un Lluís Companys encarcelado en Jerez por llevar a cabo los ideales de soberanía y unidad voluntaria de los pueblos quedó patente; igualmente, la preocupación de Infante por la suerte de los pueblos eslavos, pueblos que como el andaluz no podían ser solo Europa, estuvo presente. Que Blas Infante definiera a Andalucía como la “Irlanda de España” no fue una simple casualidad o capricho, pero para principios de los años 30 del siglo XX, la suerte de Andalucía para Infante y para el conjunto del movimiento andalucista, se unía a la lucha de los pueblos de Oriente por su liberación, en la lógica del anfictionado de pueblos, es decir, de la unión libre y voluntaria de pueblos libres y soberanos. De nuevo, recordemos el momento, de Rabat a Bagdad el mundo afrosiático árabe y musulmán aparecía repartido entre las potencias europeas, fundamentalmente entre Gran Bretaña y Francia, sin olvidar a Italia o la propia España. “Andalucía es el puente de Brooklyn audazmente tendido entre Oriente y Poniente, ella es oriental en el extremo mundo de los occidentales” diría el andalucista Abel Gudrá en Delhi ante representantes de los pueblos oprimidos de Oriente. Si España era el amo que Europa le impuso a Andalucía, como afirmó Infante en El complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía (1931), entonces, había una causa común, más allá de un pasado más o menos lejano o idealizado.

Hasta aquí, hemos tratado de situar resumiendo al máximo qué significaba Al Andalus para Blas Infante y el conjunto del movimiento andalucista de la época, porque si una capacidad tiene el fascismo tanto en su pasado histórico como en el presente es el de crear muñecos de paja y con Blas Infante han creado uno. El muñeco de paja sirve para ser golpeado, insultado y escupido, en él se pueden descargar toda la rabia y las frustraciones, no se va a quejar. Con cada golpe, con cada insulto el muñeco de paja se deforma más y más en una impostura, en una apariencia desagradable, grotesca y esperpéntica.

La islamofobia pretende, igualmente, provocar una imagen deformada, grotesca, desagradable y esperpéntica del islám. Son muchos los recursos que emplea para ello: generalizaciones extremas, simplificaciones, reduccionismos, etc., en definitiva toda la complejidad de variantes que se pueden dar en los países de mayoría musulmana, variantes étnicas, lingüísticas, sociales, culturales queda reducidas a una imagen de un islam violento, opresivo, intransigente, intolerante, sexista y homofobo, incompatible con la democracia y los derechos humanos. Para Daniel Gil-Benumeya

La islamofobia es una forma de racismo culturalista contra las personas musulmanas o consideradas como tales, con independencia de su práctica religiosa real o de la importancia subjetiva que esta tenga. Como todos los racismos, la islamofobia se imbrica con otras formas de alterización e inferiorización social, tanto de raza como de clase y de género, y basa su efectividad en que funciona con sentidos comunes ampliamente extendidos, que crean una ilusión de saber objetivo y la hace tan «respetable» como en otro tiempo lo fue el antisemitismo.

Esta cuestión es muy importante: aunque la islamofobia tome a la religión como punto de partida, termina por trascender el hecho religioso, afectando a personas cuyas practicas religiosas distan de los estereotipos, o son creyentes pero tienen una práctica laxa o directamente ni la practican, o yendo más allá aún, tienen hasta una practica religiosa diferente al islam o incluso son ateas, pero tienen la “degracia” de vivir o de proceder de un país de mayoría musulmana. La tremenda y compleja diversidad del islam, que va más allá de suníes y chiíes, y la realidad de las personas que viven en el espacio árabe y musulmán, que supera con creces lo religioso, queda reducida a una foto fija grotesca y deformada.

Por tanto, no se trata de defender una religión y, ni mucho menos, de utilizar la lucha contra la islamofobia para ocultar, negar o blanquear prácticas discriminatorias y opresivas, en nombre del “derecho a la diversidad”. No, en absoluto, se trata de no discriminar, sin evidentemente permitir otras discriminaciones, se trata de que alguien por ser musulmán no es automáticamente sospechoso de un acto indiscrimando de terrorismo para las fuerzas de seguridad, por poner un ejemplo práctico y que tristemente ha ocurrido con demasiada frecuencia. Nada favorece más al islám más reaccionario que la islamofobia y el sentimiento de reacción comunitarista excluyente que provoca; la islamofobia termina alimentando esas tendencias reaccionarias.

El nacionalismo español se fundamenta, tiene su razón esencial de ser, en la guerra contra el islam, en la conquista del Reino nazarí granadino -el último reducto de Al Andalus- y en el exterminio, persecución y expulsión del moro vencido que no estuviera dispuesto a adaptarse. El nacionalismo español es esencialmente islamófobo, pero además se ha alimentado de todos los nuevos discursos (neo)fascistas que han venido surgiendo en Europa desde los años 90 del siglo pasado para acá. Para este nacionalismo, Al Andalus era un cuerpo extraño injertado por la fuerza en el “solar hispánico”, sus habitantes eran todos árabes, conquistadores extranjeros que había que expulsar o eliminar, por eso, para esa retórica y su obsesión con Abderramán III, éste dejaba de ser cordobés para convertirse en un ejercicio de presentismo absurdo, en un habitante de Riad o Abu Dhabi que vivía en Córdoba.

Con estos antecedentes, con el ascenso de una fuerza política fascista como Vox, es normal que el considerado legalmente como Padre de la Patria Andaluza, Blas Infante, se haya convertido en uno de esos muñecos de paja que el fascismo siempre necesita para proyectar odios y frustraciones. Recordemos que Vox en la campaña electoral para las elecciones autonómicas andaluzas del 2018 utilizó toda una serie de elementos que presagiaban el ataque y la conversión de Blas Infante en un muñeco de paja: reconquistas a lomo de caballo, “liberar Andalucía del islam”, traslado del día oficial de Andalucía del 28 de febrero al 2 de enero, o, como hemos aludido antes, tratar a Abderramán III como si fuera un personaje del presente, etc., ya indicaba el camino que iban a seguir. Sin querer desviarnos del tema que nos ocupa, llama la atención toda la batería de argumentos que tratan de reducir el islám a una única y exclusiva visión -la fanática- por parte de Vox cuando uno de sus máximos responsables, el conocido analista internacional de webs fascistas y amigo del magnate ultra Steve Bannon, Rafael Bardají, consideraba al Estado Islámico como “factor de estabilización de Oriente Medio”. Curioso, muy curioso, que en no pocas ocasiones el integrismo islámico y los fascistas islamófobos se complementen tan tan tan bien en sus discursos. Como hemos dicho antes, la mejor gasolina para el islam reaccionario es la islamofobia.

Para los fascistas españoles, en Infante se vendría a condensar una suerte de “separatismo islamista”. En él concentran todas las deformaciones del islam y de Andalucía que se puedan dar o ocurrir. Si se pasean por las redes sociales y repasan al respecto los mensajes de los divulgadores del odio nacionalista español, no tendrán ninguna duda: Blas Infante era una mezcla entre enfermo mental aquejado de episodios de delirio y grandeza que pretendía instaurar una suerte de califato. Igualmente, es muy común aludir a uno de elementos más apreciados y productivos del fascismo islamófobo: el uso del hiyab, por eso, inciden en que en la Andalucía islámica supuestamente idealizada por Blas Infante todas las mujeres estarían veladas. Para los fascista islamófobos, gracias a la conquista castellana, las andaluzas hoy pueden vivir en libertad, sin velos. Y todos estos argumentos, vienen, nada más y nada menos, de quienes han hecho del movimiento feminista otro muñeco de paja al que apalear.

Esto ha de llevarnos a reflexionar hasta qué punto la islamofobia es muchas veces andalufobia, y viceversa. Más allá de manipulaciones, intoxicaciones y mentiras mesetarias sobre Andalucía, Blas Infante y Al Andalus, como señala el activista Antonio Manuel Rodríguez, el morisco es una hipérbole del nacionalcatolicismo español, necesitado continuamente de legitimar su pureza de sangre, como hoy, muchos andaluces y andaluzas son una hipérbole de España, necesitados de demostrar una constante  adhesión nacionalista española, por encima de sus intereses materiales.

El problema no es solo de una guerra cultural sin incidencia real para el grueso de la población andaluza trabajadora. De momento, hay dos cuestiones muy importantes a tener en cuenta: una, que en la llamada izquierda también hay islamofobia, y dos, que estos debates terminan afectando al proyecto socialista de liberación nacional andaluz y a las alternativas políticas concretas que se deben desplegar.

Por desgracia, en la izquierda española existe una suerte de islamofobia que considera al islam y a los países de mayoría musulmana como atrasados, personas y países que no han alcanzado la modernidad. Gil-Benumeya lo explica de esta manera:

Uno de los mecanismos discursivos más habituales de la islamofobia progresista se basa justamente en la idea de progreso. Las musulmanas y musulmanes son presentados como no coetáneos: viven en otra época, no han alcanzado las cotas de civilización de Occidente y su presencia (sobre todo cuando pretende ejercer sus derechos de ciudadanía) amenaza con devolvernos a épocas «ya superadas» de nuestro pasado: el fascismo, el clericalismo, el patriarcado, la represión sexual.

La extensión de etiquetas, de reduccionismo y los orientalismos han hecho mella en una izquierda que hace mucho tiempo dejó los instrumentos del método dialéctico bien guardados en el cajón y arrojó las llaves al mar. Al respecto, nos encontramos con argumentos que basándose en el legítimo rechazo a todas las religiones, no alcanzan a hacer un análisis concreto de las situaciones concretas, sustituyendo cualquier razonamiento materialista con el uso y abuso de etiquetas, reforzando estereotipos racistas y eurocentristas, pero, por otro lado, también nos encontramos con tendencias que, desde el supuesto rechazo al eurocentrismo, legitiman prácticas opresivas apelando al “respeto a la diversidad”. Una y otra acaban alimentando la islamofobia.

La islamofobia nace de unas relaciones de poder económicas y sociales, relaciones de clase, que criminaliza al inmigrante musulmán, que considera a éste un mero objeto de super explotación laboral, y mucho más si es mujer, como es el caso de las mujeres musulmanas que trabajan en la recogida de los frutos rojos de Huelva, o en el envasado de alimentos en Almería; cuando no lo considera un terrorista o un narcotraficante en potencia. Adoptando una visión más global, sin perder de vista los intereses de clase, el discurso islamófobo es plenamente funcional a los intereses imperialistas occidentales de saqueo y reparto de recursos y la dominación de los pueblos del espacio árabe y musulmán. Las bases militares norteamericanas en suelo andaluz sirven a la geopolítica de los imperialistas, a la geopolítica del terror contra los pueblos del Mediterráneo. 

En estos momentos en el que se habla de una “tercera ola del andalucismo”, comprobamos cómo estas cuestiones a penas si son tenidas en cuenta. Debido a la penetración tanto de la “islamofobia progresista” como de quienes caen en la defensa acrítica de “las diversidades”, la llamada “tercera ola andalucista” no ha sido capaz de articular un discurso verdaderamente anti islamofobia, lo que hace que en muchas ocasiones se adopte la técnica del avestruz -meter la cabeza en el hoyo- y evitar la cuestión. Por otro lado y a diferencia de la llamada “primera ola andalucista” con Blas Infante, el “nuevo andalucismo” carece de una visión geopolítica de Andalucía y de su papel en el contexto Mediterráneo; cuestiones como la OTAN, la presencia de bases militares norteamericanas, británicas o el militarismo español, nuestro papel en el tablero internacional o todos los conflictos que sacuden el espacio mediterráneo, empezando por la muy cercana situación del Rif, pasen desapercibidos. Blas Infante supo tener una visión mucho más estratégica, mucho más política, del pasado andaluz y del papel de Andalucía en el mundo y en el espacio mediterráneo de lo que el “nuevo andalucismo” está demostrando.

Recuperar a Blas Infante es también situar hoy a Andalucía, a la lucha por la liberación nacional y el socialismo, en el contexto internacional.

 

 

Antonio J. Torres "Antón"