Viernes 30 Julio 2021

El nuevo andalucismo y su tercera ola

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Una de las técnicas de marketing más utilizadas y exitosas para vender un producto cuyas ventas van en descenso por llevar mucho tiempo en el mercado y haber sido superado por otros productos tecnológicamente más avanzados, es la de poner al producto la etiqueta de “nuevo”; modelos de coches, de electrodomésticos, hoteles, artículos de aseo personal, perfumes...se les añade la palabra “nuevo” al nombre comercial para alargar la vida útil del producto en el mercado.

En política pasa tres cuartos de lo mismo. Cuando un partido o un espacio político queda relegado al olvido, o sus votantes le dan la espalda por haber defraudado sus expectativas o por encontrar otro producto que les parezca de más calidad, centran su propaganda en publicitar el producto o el partido como algo nuevo, algo que no existía antes, o un producto anterior mejorado.

En el espacio político de esa cosa a la que llaman andalucismo y que lo han convertido en una moneda de cambio con la que cualquiera puede mercadear, desde la rancia burguesía andaluza organizada antiguamente en torno al PA, hasta partidos como el PSOE o incluso el PP, sin olvidarnos a Podemos y su entorno, incluyendo sus marcas blancas y las diferentes formas organizativas que están en disputa, incluyendo el nombre de la coalición con la que se presentaron a las últimas elecciones autonómicas, Adelante Andalucía, y que han entrado en el “andalucismo” de la mano de dos viejas conocidas del mundillo político andaluz por haber ocupado cargos de responsabilidad en el extinto PA del señorito Rojas Marcos. Los mismos que han vivido políticamente del “viejo andalucismo”, nos presentan un “nuevo andalucismo” de la mano de los nuevos conversos al andalucismo, los “anticapitalistas” de Teresa Rodriguez.

Para conocer de qué va esto del nuevo andalucismo, hay que irse a la historia del viejo andalucismo, no al del andalucismo de la mal llamada “transición”, sino al andalucismo del primer tercio del S.XX cuando entraron en colisión dos conceptos diferentes y antagónicos de andalucismo. Uno era el andalucismo revolucionario de Blas Infante, cuyos pilares estaban situados en una historia genuina andaluza, como Al-Andalus como último periodo donde Andalucía fue libre e independiente, la Constitución andaluza de 1883 firmada en Antequera, donde deja muy claro cual debe ser la relación de Andalucía con España cuando el texto constitucional de Antequera afirma en su artículo 1º que “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior...”, así como una Reforma Agraria que devuelva la tierra a los jornaleros andaluces, cuya propiedad fue a parar a manos de la nobleza castellana, el clero y el ejército castellano por derecho de conquista.

Esta concepción de “andalucismo” se convierte en mayoritaria en base a la aceptación y a la relevancia que le dio el pueblo andaluz, a pesar de la pugna con otros sectores que también se denominaban andalucistas aunque no compartían la visión de Andalucía que tenían Infante y sus correligionarios. Este sector de un andalucismo conservador estaba liderado por José Gastalver, notario de profesión al igual que Blas Infante, pero con un modelo para Andalucía muy diferente, basado en la aceptación de la soberanía española, la relación región-nación entre Andalucía y España, la unidad de España y unas propuestas para Andalucía que pasaban por la modernización de la agricultura y del modelo productivo, pero sin plantearse el problema ancestral de la propiedad de la tierra ni de los medios de producción.

En el post-franquismo y tras la muerte del dictador, algunos sectores de la burguesía sevillana ven la posibilidad de participar en política de una forma exitosa mediante una fórmula diferente de las tradicionales “izquierdas” y “derechas” que habían pactado el modelo político plasmado en la Constitución española del 78: el andalucismo. Pero el modelo de andalucismo que asume Rojas Marcos en el PSA, transformado después en el PA, fue el andalucismo de Gastalver, camuflándolo tras el prestigio de Blas Infante, lo que le apartaba del antiguo Régimen y ocultaba el carácter burgués y colaboracionista de la formación al reivindicar a una figura del andalucismo revolucionario asesinado por el franquismo bajo la acusación de separatista y revolucionario.

Esta operación de blanqueamiento del “andalucismo conservador” para convertirlo en algo nuevo tuvo un éxito innegable, utilizando la figura de Blas Infante para todo aquello contra lo que Infante luchó. Este partido sirvió para afianzar el Estado surgido del pacto del franquismo con la socialdemocracia y que se caracterizaba por la Unidad de España, cuya soberanía residía en el “pueblo español” y el órgano de esta soberanía, el Congreso de los Diputados, cedía algunas de sus competencias a los gobiernos autonómicos; el sistema capitalista como el único sistema económico aceptable, la aceptación de la entrada en la Unión Europea y la OTAN, además de actuar como ariete del españolismo contra las naciones con una fuerte conciencia nacional como Euskalerría y especialmente Catalunya, por contar con una numerosa población de origen andaluz, con la estrategia continua del agravio comparativo como elemento arrojadizo contra las exigencias nacionales catalanas. Esta política que tan poco se diferencia de las políticas llevadas a cabo por el resto de formaciones políticas españolas les llevó a formar gobierno en la Junta de Andalucía con el PSOE. Después de esto, el trabajo ya estaba hecho: apalancar el Régimen del 78 y servir de tapón a un nacionalismo revolucionario que aumentara las tensiones territoriales entre el Estado y la periferia nacionalista. Tras cumplir con el rol establecido, el Régimen del 78 deja morir a un PA que implosiona por decisión de sus dirigentes y fundadores.

Tras la implosión del PA, hay muchas organizaciones y personas que pelean por la herencia política de una forma oportunista, buscando el nicho de votos que se le supone al PA o simplemente utilizarlo para justificar una estrategia política.

La confusión creada en torno al ideario de Infante, la manipulación del mismo y el oportunismo de gente que solo ve la posibilidad de votos, está creando un caldo de cultivo para cualquier aventurero que quiera probar suerte y auparse a las instituciones. Al “nuevo andalucismo” no le faltan novias ni gente que erigiéndose en líderes de este “nuevo andalucismo” negocian puestos en las listas, o puestos de asesores en la instituciones a cambio de sumar sus supuestos votos a los de la formación que más ofrezca. La guerra por hacerse con el liderazgo de ese espacio político se va a ver en toda su crudeza conforme se acerquen las elecciones. Del éxito en la lucha por ese espacio político depende la posibilidad de llegar a acuerdos con Adelante Andalucía o con Unidas Podemos.

A pesar del lavado de cara del “nuevo andalucismo”, este se está comportando como un púgil “sonado”, golpeado por sus propias contradicciones al no superar el techo ideológico impuesto por la Constitución española y por lo tanto la imposibilidad de ofrecer a las andaluzas un proyecto transformador encaminado a la consecución de la soberanía nacional y económica de las clases trabajadoras y populares andaluzas.

Lo poco que conocemos de las propuestas políticas del “nuevo andalucismo” o del “andalucismo de la tercera ola”, otro de los nombres adoptados por sectores surgidos de la implosión del PA y del fracaso político y la división interna del SAT tras el paso de Cañamero por el Congreso como diputado de Podemos, son cuestiones ambiguas que no definen los objetivos políticos de ninguna organización, sino un mero enunciado de palabras y frases que no les comprometen con unos objetivos políticos y mucho menos con un enfrentamiento con las instituciones del Estado y su ordenamiento jurídico, acatándolo e intentando participar en el mismo.

Por ello, se les debe exigir definición clara y concisa para que el pueblo andaluz y más concretamente aquellas personas que se consideren ideológicamente adscritas al “andalucismo”, bien en su vertiente regionalista o independentista, puedan formarse una opinión objetiva.

Se manosea con exceso la palabra “soberanía” sin definir en qué consiste, en base a otro concepto igual de ambiguo, el “derecho a decidir”, sin precisar para qué quieren ese derecho a decidir ni qué pretenden hacer con él.

“Que se oiga la voz de Andalucía en el Congreso de los Diputados” es otra de las ambigüedades con las que nos quieren convencer para que les demos un voto que les sirva para dar el salto a los cómodos sillones de Madrid. Ya hemos visto en el año 2017 y siguientes como el Estado español ha tratado a Catalunya a pesar de contar con 23 diputados independentistas, cuando estos han querido ejercer el “derecho a decidir” y a cumplir la voluntad popular. Pero en el caso del “nuevo andalucismo” o el “andalucismo de la tercera ola”, parece que se conforman con ser oídos, por lo que nunca tendrán un problema de presos políticos ni tendremos a los “piolines” en ninguno de los puertos andaluces.

Y todo esto al amparo de una organización “española” como Anticapitalistas, cuyo oportunismo político en la lucha por el control interno de Podemos en Andalucía les ha llevado a buscar unas diferencias con la matriz madrileña para justificar la petición de una “autonomía” que le asegure el control de la organización en Andalucía.

El “hecho diferencial andaluz” sobre el que basan sus diferencias con Podemos y su propuesta política para acceder a las instituciones no pasa de un reclamo “regionalista” cuando sobre la existencia de peculiaridades en Andalucía, reclaman de las instituciones del Estado una cesión de competencias y de recursos materiales. Pero la soberanía no recae sobre el pueblo andaluz. Con el modelo político del “nuevo andalucismo” y del “andalucismo de la tercera ola”, la soberanía continúa recayendo sobre el “pueblo español” y es ejercida por sus representantes, es decir, el Congreso de los diputados y el gobierno de España, reservándose este la posibilidad retroactiva y la suspensión de las cesiones competenciales y económicas en función de sus intereses, tal y como sucedió en Catalunya tras el proceso soberanista del otoño del 2017.

La idea de que se puede cambiar España y por lo tanto, cambiar Andalucía desde España continúa siendo una falsedad recurrente tras 42 años desde la conversión del franquismo en “democracia”. La frase atribuida al dictador de que “está todo atado y bien atado” no es un chiste, sino una absoluta realidad. Para cualquier modificación de la Constitución del 78 se necesitan los votos favorables de dos tercios de los miembros del congreso más dos tercios de los miembros del senado. Esto hace que solo el acuerdo entre el PSOE y el PP pueda afrontar con éxito una reforma constitucional. Una representación andaluza en Madrid solo tiene la capacidad de mendigar.

El nacionalismo andaluz, el de Blas Infante, el de Diego Ruiz...es el que considera a Andalucía una NACIÓN, y por lo tanto detentadora del derecho a la autodeterminación y a la soberanía, afirmando que la soberanía recae en el pueblo andaluz y no en ninguna institución ajena a este como el parlamento español, y por tanto, la organización política y social del territorio no depende de las cesiones del Estado español, sino de las decisiones de las andaluzas. Andalucía no es parte de una nación, sino una nación plena con los derechos inherentes al hecho nacional: autodeterminación e independencia.

La lucha por la República Andaluza es dura y difícil, y su consecución no pasa por la participación en las instituciones del mismo Estado que nos ha privado de soberanía, pasa por la lucha directa y clara, sin concesiones políticas ni ideológicas ni estratégicas. Participar en las instituciones coloniales españolas no es un avance hacia la Independencia nacional de Andalucía ni hacia la soberanía de la clase trabajadora andaluza; supone apalancar el Régimen del 78 y su modelo de Estado, taponando a las organizaciones de la izquierda independentista andaluza y a las aspiraciones de autogobierno y soberanía real de parte de la población andaluza, sobre la base de una República Andaluza de Trabajadoras.

En homenaje a la clase trabajadora

EDITORIAL HOJAS MONFIES


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BLAS INFANTE: REVOLUCIONARIO ANDALUZ

 

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