Política de consumo. De moriscos y mudéjares.

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CONSUMO

Una de las características de la sociedad consumista en la que el capitalismo del S.XXI ha sumido a las sociedades occidentales es el de la satisfacción de los deseos consumistas de forma inmediata. Lo quiero, y lo quiero ya¡. La publicidad nos incita a ello y nos ofrece las soluciones para que nuestros deseos de adquirir bienes innecesarios o superfluos se puedan cumplir: nos ofrecen pagos aplazados, prestamos, descuentos ...para satisfacer esa “necesidad” impuesta por el sistema y por unas dinámicas sociales donde lo aparente y superficial predomina en la escala de valores. Y si a pesar de todas las facilidades para entrar en la rueda del consumo, no lo conseguimos, rechazamos la compra en lugar de intentar el ahorro para efectuar dicha compra en el plazo necesario para acumular los fondos imprescindibles. Y tras el rechazo al “deseo” originario, viene otro deseo mas accesible de forma inmediata, tras considerar al deseo primitivo como inalcanzable, a pesar de que el nuevo deseo sea de inferior calidad y de menos prestaciones que el originario.

 

También existe una “política de consumo” que funciona de igual manera que el consumo de objetos y bienes materiales. Hay personas que se acercan a ideologías liberadoras y anticapitalistas, atraídas por doctrinas soberanistas, socialistas o feministas y que tras un corto tiempo militando en organizaciones que tienen estos principios por bandera, desisten y abandonan la militancia al constatar que los principios en los que cree no se van a ver implementados a corto plazo, que los avances hacia la meta fijada son lentos y que incluso en determinados momentos se producen retrocesos.

 

Tras la decepción por la falta de resultados inmediatos y lo incierto del futuro, el “consumidor político” se fija en otro objeto y lo compra. Normalmente es un “objeto” mucho más barato (requiere mucha menos inversión en tiempo y en esfuerzo) y con unos objetivos a corto, medio y largo plazo mucho más modestos, pero que es “vendido” como un producto de éxito a corto plazo que va a satisfacer las expectativas y las ilusiones creadas. En este punto, el “consumidor político” ya ha cambiado mentalmente el marco de actuación sobre el que desarrollar la actividad política, cambiando la difícil tarea de concienciación social y de participación en las luchas colectivas que de alguna manera están siendo desarrolladas por los colectivos más castigados por la crisis capitalista que estamos padeciendo, por los procesos electorales que lleven al producto adquirido a las instituciones, renunciando a esa antigua idea de que las cosas se solucionan luchando en las calles y en los tajos, por otra mucho más “moderna” y cómoda que plantea la solución a los problemas desde las instituciones del capital, impuestas por la potencia colonial que nos gobierna.

 

La militancia política en organizaciones revolucionarias no es fácil ni cómoda ni produce satisfacciones en modo de logros inmediatos. Quién viene a esta trinchera sabe que la lucha es difícil, larga; que los objetivos son a largo plazo y que es posible que tras una vida de lucha y sacrificios no lleguemos a ver los resultados que nos hemos propuesto a través de la lucha política, social y sindical. Para nosotras la política no es un objeto de consumo, es el medio por el cual transformar la realidad social que nos ha tocado vivir. No esperamos nada, ni sillones en las instituciones ni siquiera satisfacciones personales por la consecución de metas fijadas. La única satisfacción que encontramos en esta trinchera es la de formar parte de una resistencia política, cultural y social al poder constituido, preparando las herramientas organizativas que nos permitan un avance en el camino hacia la independencia y el socialismo cuando las circunstancias sean propicias, sin buscar atajos que siempre terminan por alejarnos de la meta.

En la historia de la humanidad y de Andalucía ha habido revolucionarios que han alcanzado el éxito y han tomado el poder para construir el socialismo, pero también ha habido muchas revolucionarias que han dejado su vida en el intento sin llegar a conseguir los objetivos. Por ello, ¿su vida y su sacrificio ha sido inútil? Yo pienso que no, que gracias a esas gentes que desde el mismo instante en que se consumó la conquista de Andalucía por Castilla dedicaron su vida a recuperar su tierra, su cultura y su dignidad como pueblo, hoy, hay andaluzas que continúan el ejemplo de aquellos moriscos que no aceptaron la sumisión a Castilla y cogieron las armas para defender sus derechos, a pesar de que el resultado de su lucha se sabía incierto al luchar contra el mayor ejército de la época; o el Duque de Medina Sidonia y Tair al Horr en el intento independentista de 1641; o los Federales andaluces que durante todo el S.XIX continuaron la lucha por la soberanía a pesar de la represión del Estado español, o el andalucismo revolucionario del S.XX con Blas Infante a la cabeza, hasta las luchas por la soberanía en la llamada “transición española” con el 4D de 1977 como momento simbólico de aquellas luchas. Todos estos movimientos de liberación tienen un denominador común: la confrontación con el Estado español para conseguir los derechos que como pueblo nos corresponden y la no participación en las instituciones del colono.

 

Frecuentemente, a quienes hemos decidido continuar el camino de aquellos que nos precedieron en la lucha por la liberación andaluza, nos lanzan una pregunta en forma de dardo: ¿Qué habéis hecho?, esperando el silencio por respuesta al no poder exhibir una lista de concejales o diputados, o unos resultados electorales que pudieran abrirnos a la posibilidad de un éxito electoral; ni siquiera hemos podido incidir para que el Estado español o la Junta de Andalucía modifiquen algunas de sus políticas más dañinas hacia Andalucía o hacia la clase trabajadora. Como decía antes, en el marco mental de la política de consumo no cabe otra cosa que la inmediatez a través de la aceptación de las normas impuestas por el Régimen del 78 y la valoración de lo conseguido en base a los valores de la burguesía dominante. Para esta gente no cuenta el mantener vivo el espacio político de la izquierda independentista andaluza mediante las acciones contra las bases extranjeras, abandonadas por la “izquierda española” y por ese “nuevo andalucismo” que quiere representar Teresa Rodriguez; el trabajo en medios de comunicación o en editoriales que difunden el andalucismo revolucionario en todas sus facetas, o la lucha contra el fascismo que cada 2 de enero se concentra en Granada, o nuestra participación en procesos independentistas como el catalán o nuestro apoyo a otros procesos independentistas como el vasco, el gallego o el canario, sin olvidarnos de la lucha antiimperialista, o de los derechos de los pueblos como el palestino, el saharaui, el cubano o el venezolano. Eso no se traduce en votos y por lo tanto no cuenta para esa gente instalada en la política de lo posible y del respeto a las leyes.

 

También nos dicen frecuentemente que hay que hacer política en la calle pero también en las instituciones. Bueno, esto no pasa de ser una pueril justificación para captar votos de ingenuos, puesto que la realidad de lo que conocemos nos dice todo lo contrario. Podemos nació del 15M, con la promesa de llevar las luchas de las calles a las instituciones. Varios años después hemos comprobado como se ha convertido en un partido tradicional con una estructura tradicional como el resto de partidos, abandonando las calles y provocando la desmovilización popular. Su sucursal en Andalucía, Adelante Andalucía, actúa de la misma manera a pesar del intento de desmarcarse de la matriz madrileña en su disputa por el control de la organización en Andalucía: han renunciado a las movilizaciones contra las bases militares, han renunciado a plantar cara al fascismo en las calles, no se les ve en las luchas por la sanidad o la educación públicas, durante el proceso independentista catalán estuvieron ausentes, su solidaridad con pueblos como el palestino o el saharaui no se ve en las calles…

 

Tras la conquista castellana, aquellos andaluces que no aceptaron la sumisión a las imposiciones castellanas fueron denominados moriscos, andaluces y andaluzas sublevados contra el poder impuesto, cogiendo las armar para defender sus derechos ante quienes se los habían arrebatado. El resto de andaluces, los que aceptaron las leyes castellanas y el papel asignado por estas, eran denominados “mudéjares”, palabra procedente del árabe y cuya traducción es la de “domesticados”. Nuevamente los procesos políticos en Andalucía se debaten entre moriscos y mudéjares, entre “sublevados” y “domesticados”.